Eduardo Bandrés

Cuando en el ya lejano mes de mayo de 2006 se anunciaba la llegada de Eduardo Bandrés Moliné, hasta entonces Consejero de Economía, Hacienda y Empleo del Gobierno de Aragón, a la presidencia ejecutiva del Real Zaragoza, el apoyo a esa medida fue casi unánime. Eduardo Bandrés había realizado una magnífica labor al frente de ese Departamento tan complicado de gestionar, impulsó proyectos muy importantes para la gestión contable y consiguió equilibrar las cuentas autonómicas.

Cuando en el ya lejano mes de mayo de 2006 se anunciaba la llegada de Eduardo Bandrés Moliné, hasta entonces Consejero de Economía, Hacienda y Empleo del Gobierno de Aragón, a la presidencia ejecutiva del Real Zaragoza, el apoyo a esa medida fue casi unánime. Eduardo Bandrés había realizado una magnífica labor al frente de ese Departamento tan complicado de gestionar, impulsó proyectos muy importantes para la gestión contable y consiguió equilibrar las cuentas autonómicas.
Además contaba con su bagaje como profesor universitario y Catedrático de Economía Aplicada en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Zaragoza. Y para concluir, es un zaragocista de pro. No podía tener mejores credenciales.

Desgraciadamente todo ese apoyo casi unánime que tenía en mayo de 2006 se ha convertido en crítica, también casi unánime, a su gestión. Todos sabemos la complejidad del mundo del fútbol, que no se parece a ningún otro ámbito empresarial o administrativo porque conjuga el sentimentalismo del amor a unos colores con la crudeza de la gestión económica. Se confiaba en que la capacidad de trabajo e intelectual de Eduardo Bandrés iba a saber dominar ambos impulsos, pero desgraciadamente cuando tira de uno, abandona el otro y su presidencia ha acabado siendo un fracaso.

Probablemente es muy injusto achacarle toda la responsabilidad en la debacle, pero lo cierto es que no ha sabido o no ha podido conectar con el zaragocismo de a pie. Las primeras medidas que tomó fueron un mazazo que, quizá por lo evidente de su necesidad y por la ambición de la masa social que quería creerse que esta vez sí que esta vez sí que había proyecto serio, aceptó unas enormes subidas en los abonos.

Pero poco a poco se empezó a filtrar cierto desencanto, no ya con los resultados deportivos, que en el primer año fueron muy interesantes y esperanzadores, sino con la ausencia de otras medidas complementarias a la simple subida de abonos. Una vez más quedó en agua de borrajas la posibilidad de dar mejor trato a los socios y a los accionistas, el club no se modernizó, no se adecentó ni siquiera de cara al exterior, las estructuras antediluvianas, pesadas e inoperantes no se modificaron. Nadie se preocupó de potenciar la imagen del club entre los chavales, nadie prestó atención a las sugerencias de los aficionados, se perdió en el limbo el carné de simpatizante, las comunicaciones regulares con los abonados, las publicaciones del club, la organización de actividades abiertas, el contacto directo con el socio…

La resignación se cebó en nuestros apaleados espíritus y todos entendimos que Bandrés había venido con una tarea concreta y sencilla: sanear al club en lo económico. Lo demás no estaba en el cuaderno de viaje. Una pena, porque Bandrés tenía la capacidad humana e intelectual para haber conectado con la afición, podría haber sido la cara amable del Zaragoza, aún con subidas de abonos, pero su misión le cegó el horizonte.

Luego vino la sorprendente “Operación Acordeón” y más de lo mismo: oscurantismo y desinformación. El club seguía moviéndose como un elefante por una cacharrería sin, sin explicar nada a los aficionados y sin tenerlos en cuenta. Se ninguneó a los accionistas minoritarios y en resumidas cuentas se nos invitó a marcharnos de forma elegante. Es la culminación de un club que lejos de mejorar cada día está más atascado, más alejado de sus aficionados y más cerrado en sí mismo. Cómo en los peores tiempos de la época de Soláns. Nuevas caras y la misma tragedia.

Quizá Bandrés sólo sea la cabeza de turco del proyecto, quizá sólo ha hecho su trabajo, aquel para el que le contrató Agapito Iglesias y por el que se le paga espléndidamente, pero lo cierto es que es el canto del cisne, la decepción final, la prueba tangible de que este club está en estado catatónico y absolutamente descabezado en la gestión deportiva. Tras el descenso la reacción ha sido patética. Una carta de disculpas que suena a hueco y una caja de pastillas de menta. Se han realizado cambios en la estructura deportiva pero continúan en sus bien remunerados puestos algunos de los culpables de los dos últimos descensos. El club sigue en las antípodas de su afición y subsistiendo en su particular mundo de Yuppi, pensando en la renovación de los 30.000 abonados y que nos acompañarán otros 10.000 en el infierno. El Real Zaragoza es gobernado por una monarquía absoluta en el que se gobierna para el pueblo pero sin el pueblo. Una vez más la única medida real ha sido la económica, con una bajada de los abonos más que necesaria.

Quizá sea duro, pero la realidad está ahí. Bandrés subió los abonos dos años y los baja el tercero. A mitad de camino tocó un poquito el acordeón. Pobre bagaje para un hombre de su valía y es una auténtica lástima. Y continuamos con la eterna sensación de que el club y su afición caminan por sendas paralelas condenadas a no converger jamás. La desesperación y el hartazgo de una afición que es el objeto de las soflamas en los malos momentos, pero de la que nadie se acuerda en la bonanza, esa afición tan teóricamente importante y a la que nunca se le ha prestado una atención real.

Por Gualterio Malatesta y Jeremy North.

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