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En 1989, el entonces Secretario de Estado para el Deporte
del gobierno socialista, Javier Gómez Navarro, se
encargó de elaborar la Ley del Deporte, que supuso
la conversión obligada en sociedades anónimas
de la mayoría de los clubes de fútbol y baloncesto,
y participó en el Plan de Saneamiento de la Liga
Profesional de Fútbol. En 1991, el Real Zaragoza
pasó a ser una Sociedad Anónima Deportiva
(SAD), y Alfonso Soláns Serrano, empresario zaragozano
propietario de la empresa de colchones Pikolín, se
convirtió en el máximo accionista y por lo
tanto Presidente del Real Zaragoza SAD.
Dos
conceptos emanan con fuerza de este punto de partida y no
deben ser ignorados por la crucial importancia que adquirirán
en el devenir de los acontecimientos: el primero es precisamente
la obligatoriedad de la transformación. No
existió una opción real a la elección.
La transformación debía hacerse y se hizo,
sí o sí, deprisa, sin información y,
sobre todo, sin una experiencia previa que usar cómo
referencia en el riesgo que se asumía. La afición
zaragocista no respondió cómo muchos hubiéramos
deseado y así sucedió en la mayoría
de los casos. Poco se puede argumentar ante tal evidencia.
Quizás tan sólo esa mencionada opacidad en
las reglas de la transformación, ese desconocimiento
de las consecuencias de la nueva estructura que se estaba
creando. Quizá fuera el apático carácter
aragonés, la desconfianza, o quizá simplemente
no nos dimos cuenta de lo que había en juego.
El
segundo y aún más fundamental es la creación
de un binomio legendario: Familia Soláns y el
Real Zaragoza SAD. Soláns salvó al Real
Zaragoza. La áulica historiografía del reciente
Real Zaragoza sustituyó la transacción comercial
realizada, probablemente impulsada por un sincero amor a
los colores, por una épica gesta de rescate, cual
caballero, dragón y dama en el castillo. La familia
Soláns nos salvó de la ruina, de la hecatombe.
Sentada esa base, la evolución era sencilla. Hablar
del Real Zaragoza SAD era hablar de los Soláns y
criticarle a ellos, ser un mal zaragocista.
Más
D. Alfonso Soláns (padre) fue un buen presidente,
gran aficionado al fútbol y un enamorado del Real
Zaragoza, que desarrolló su labor con acierto y ciertas
dosis de ambición. Acertó en confiar la parcela
técnica de la sociedad a Víctor Fernández
y con él se consiguieron los mayores éxitos
deportivos de nuestro club, culminados con el apoteósico
triunfo en la Recopa de 1995, y aquel D. Alfonso que, en
un multitudinario pero simbólico abrazo, se fusionó
en el Parque de los Príncipes con los que, cómo
él, llevábamos años soñando
ese momento de gloria. Hizo realidad su sueño y de
paso el de decenas de miles de zaragocistas. Quizá
se le puede reprochar al Sr. Soláns Serrano que no
supiese aprovechar convenientemente el tirón de la
victoria europea, con alguna venta innecesaria, como la
de Cáceres, ni percatarse a tiempo del nivel de contestación
existente en el vestuario zaragocista contra el inflado
ego de Víctor Fernández, pero cuando falleció,
a finales de noviembre de 1996, se sintió mucho su
pérdida en todos los sentidos.
Su
hijo, Alfonso Soláns Soláns, recogió
la herencia de su padre y se puso al frente del club, pero
desgraciadamente ni tenía la ilusión de su
progenitor por la aventura futbolística ni su capacidad
para sacar adelante una empresa muy distinta a las que le
habían mostrado como ejemplos prácticos en
su máster de Harvard: en el Real Zaragoza no sólo
había que cuadrar un balance y una cuenta de resultados,
también había que satisfacer los corazones
de personas de carne y hueso.
Y
de nuevo conviene detenerse en aspectos reseñables:
D. Alfonso Soláns (padre) compró al Real Zaragoza
porque quiso hacerlo. Fue su capricho, el regalo a toda
una vida de trabajo. D. Alfonso Soláns (hijo)
heredó el club. Y el asunto no es baladí.
Hay una ostensible diferencia entre querer poseer algo
y simplemente tenerlo.
Tampoco
debemos dejar de insistir en el cariz netamente empresarial
con el que Soláns Jr. tomó el timón
de la gestión de la herencia de su añorado
padre, como recibió también Pikolín.
El Real Zaragoza SAD era una más de las empresas
recibidas y cómo tal comenzó a ser tratada
y a ser gestionada. De la creación de la Ley del
Deporte sólo prestó atención a la conversión
de los clubes en SAD, pero pasó por alto que muchos
miles de personas en Zaragoza viven esto cómo una
pasión, cómo un sentimiento inexplicable.
No dudamos que un club de fútbol puede ser gestionado
en parte cómo una empresa, pero también existen
los sentimientos y éstos no entienden de balances
o contabilidades.
Desde
el principio de su mandato Soláns Jr. llevó
a la práctica su principio absoluto de gestor rancio:
máximo ahorro, mínimo gasto. El mundo
del fútbol estaba a finales de la década de
los 90 en plena transformación, en un salto sin red
hacia la globalización de su mercado. Los ingresos
televisivos se dispararon y los clubes decidieron aprovechar
los pingües beneficios que se ofrecían desde
los imperios mediáticos para mejorar sus estructuras;
pero hubo una excepción en ese universo de globos
hinchados: el Real Zaragoza de Alfonso Soláns Soláns.
El máximo mandatario comentó que era mejor
guardar ese dinero para otros tiempos, al contrario de lo
que estaban haciendo el resto de los equipos, que se lo
gastaban con la simple expectativa del cobro, y nos aseguró
que "mientras otros equipos pasarán
graves problemas económicos o desaparecerán,
el Real Zaragoza mantendrá una economía equilibrada
y estable". Ese fue el punto de partida, la
"marca de la casa", el Real Zaragoza SAD iba a
ser una empresa prudente y se iba a salvar de la anunciada
catarsis traumática. Muy bien, adelante con los faroles,
pero a la larga se demostró que ese fue el gran error
de su mandato y que produjo consecuencias más nefastas.
Soláns
no supo rodearse de la gente adecuada. Introdujo en el Consejo
de Administración a personas afines a su pensamiento,
que nunca iban a poner en entredicho sus decisiones y en
el aspecto técnico, del que desconocía todos
los entresijos, colocó al mando a un desdichado Pedro
Herrera Sancristóbal, el peor empleado que ha podido
soportar un club de fútbol. Siempre nos quedará
la duda de si la mediocre actuación de sus empleados
se debió a su incompetencia natural o a la omnipresente
figura del presidente, sin cuyo consentimiento nadie en
el club podía dar un solo paso. Nuestra naturaleza
malpensante nos impide otorgar la inocencia al máximo
mandatario que fue siempre el responsable final de toda
la gestión del Real Zaragoza.
Esa
gestión nos llevó a Segunda División
y no por casualidad. Fue el fruto de una exasperante
cicatería inversora, un absoluto desacierto en las
incorporaciones y una irritante apatía de los dirigentes.
Y no fue una sorpresa. Era la crónica de una muerte
anunciada que sólo los ciegos de mente se negaron
a ver. La incapacidad en la gestión destrozó
en mil pedazos el sueño de D. Alfonso Soláns
Serrano y el de toda una afición.
Lo
más triste del caso es que ese año negro,
esa quiebra, se convirtió en la piedra angular de
la "nueva" etapa del Real Zaragoza. La consecuencia
de una nefasta gestión se convirtió en la
espada de Damocles que pendía sobre el futuro del
club. Los gestores nos dijeron que habían comprendido
su error, que asumían su culpa y que esto no volvería
a pasar; pero la reciente experiencia del paso por el infierno
sumado a la quiebra económica consecuencia de la
misma lastraban cualquier posibilidad de resurrección.
Desde aquel momento reescribimos nuestra historia y nos
convertimos en un equipo modesto, sin posibilidades, que
rara vez va a la UEFA por vía de la liga, que "es
lo que es" y demás ornamentaciones lingüístico-florales
del fichaje embellecedor de excusas oficial, Miguel Pardeza
Pichardo. Quedamos anclados en la más absoluta mediocridad,
los puestos del undécimo al decimoséptimo
se convirtieron en nuestro hábitat natural.
Y
lo más indignante del caso es que el binomio Solans–Real
Zaragoza, lejos de romperse, se fortaleció. La prensa
entró de lleno en esa paranoia injustificable y bendijo
el letargo. El control de los medios de comunicación
zaragozanos, en su inmensa mayoría complacientes
con el poder, sirvió para que la afición fuese
partícipe pasiva de la política de descapitalización
del equipo, en aras de la tan manida responsabilidad económica
y con la idealización del triunfo de la austeridad
que significó el 4º puesto en la temporada 1999-2000.
Nadie levantó la voz, nadie cuestionó, con
honrosa excepción alrededor de una mesa dónde
siempre se decían las verdades. El miedo a la desaparición
atenazó la capacidad de preguntar, y las letanías
de la amenaza con la futura quiebra se convirtieron en letanías
justificadas por la pasada crisis. Más de lo mismo.
Cambiaron las palabras, pero no el discurso.
Pero
de repente algo nuevo ha surgido en el panorama. El binomio
legendario se ha roto y no ha habido quiebra. El héroe
salvador nos abandona y se abre la veda. Los silenciosos
aúllan, los que estaban callados sentencian y señalan
con el dedo. Sólo unos pocos cómplices glosan
los brillos de una de las décadas más tortuosas
y oscuras del zaragocismo, que muchos idealizaron hasta
hacerla buena.
Es
una pena. Solans ha sido un mal gestor, ha fracasado en
lo deportivo y en lo económico nos deja con una deuda
salvaje e injustificada. Sinceramente: hasta nunca, señor
Solans. No podemos decir que haya sido un placer. Seguro
que cualquier tiempo futuro será mejor. Como diría
Enrique Bunbury ¡Qué le vaya bonito!, pero bien
lejos del Real Zaragoza.