Lógicamente,
en una reacción muy humana, los cambios despertaron
las suspicacias esperadas. Quién era el comprador,
por qué o para qué compraba, sería
cierto que Soláns se llevaría “lo suyo…”.
Pero a pesar de esos temores, la afición zaragocista
recibió los cambios con la esperanza de que había
vida más allá de Soláns y de que la
realidad de mediocridad incuestionable e inmutable que se
nos vendía sólo era una de las posibles realidades.
En
esta columna de “A Fondo” hemos comentado hasta
la saciedad la gestión del Sr. Soláns y nos
cansa repetir argumentos muy manidos. Ha sido una etapa
de lobotomización general, de frialdad absoluta,
con chispazos de genialidad con las dos copas del rey obtenidas
y con la enorme afrenta para el zaragocismo del descenso
a segunda división, huella indeleble que marcará
para siempre el mandato de Soláns. Pero ha llegado
el momento de cerrar ese libro y comenzar la lectura de
uno nuevo, a pesar de que aún nos quedan recuerdos
del anterior, algo de lo que tampoco podemos evadirnos en
este artículo.
Agapito
Iglesias no ha resultado ser un máximo accionista
al uso del consumidor normal: no ha querido guardarse el
protagonismo de la presidencia, y para ese puesto ha escogido
a Eduardo Bandrés, un Profesor de Económicas
que había realizado una buena labor al frente del
difícil departamento de Economía, Hacienda
y Empleo del Gobierno de Aragón. El Sr. Iglesias
además demostró un importante conocimiento
de la afición zaragocista contratando como entrenador
de la primera plantilla a Víctor Fernández.
Y avanzó las líneas maestras de su programa
con el fichaje de Pablo Aimar, un salto brusco en las aspiraciones
deportivas con la contratación de jugadores en su
mejor momento como futbolista.
Ya
se habían puesto los dos pilares fundamentales para
la creación de una nueva esperanza. Zapatero a tus
zapatos que decía aquel. Un economista a ocuparse
de la economía y un gran conocedor de la afición
zaragocista, amén de gran entrenador, a ocuparse
de la faceta deportiva. Pero quedarse en esa división
sería una superficialidad imperdonable.
En
primer lugar, no es un economista cualquiera el que se hace
con las riendas. Además de ser uno de los mejores
en su trabajo, es un hombre con muchos contactos y con muy
buenas relaciones. Es la persona que tenía que sacar
al Real Zaragoza del marasmo de sordera que parecía
responder desde las instituciones a los constantes lamentos
victimistas del anterior mandatario. Llegaba la hora de
comprobar si la sordera era intencionada o, cómo
muchos creemos, los lamentos eran inadecuados, en el momento
impropio y por un cauce incorrecto. Habrá que darle
tiempo al tiempo.
Lo cierto es que todo parece indicar que las cosas se están
haciendo mejor en ese apartado. O al menos con más
coraje y más decisión. La impopular subida
de los abonos fue el primer paso, pero se hizo cómo
parte de un órdago a la grande. Se iba a confeccionar
un buen equipo y para ello, todos debíamos aportar
nuestra parte. En cuestión de días, se recalificarán
los terrenos de las oficinas del Real Zaragoza junto a La
Romareda y eso ayudará a salvar el ambicioso presupuesto
recién aprobado. El Real Zaragoza está casi
en “situación de quiebra” en palabras
del propio Bandrés, pero en vez de recurrir al falso
aprieto de cinturón y a la descapitalización
de la plantilla con traspasos a precio de ganga, se busca
un incremento de los ingresos por otros vías. La
queja y el lamento han sido sustituidas por el intento y
el arrojo. Y es que en el fútbol, lamentarse no sirve
de nada, hay que tirar a puerta. Bandrés lo está
haciendo, esperemos que la apuesta económica le salga
bien.
En
segundo lugar la figura de Víctor Fernández
no supone sólo la llegada de un gran entrenador,
sino que supone muchas otras cosas añadidas. Supone
volver la mirada a la maltrecha afición blanquilla
y traer a alguien que entienda el fútbol cómo
ellos, supone el retorno del recuerdo de la época
dorada del zaragocismo, supone ambición frente a
la tristeza amarga de los Rojo, Flores y demás. Supone
buena prensa en el ámbito nacional, supone intentarlo
frente a conformarse. Supone un indiscutible salto de calidad
en el banquillo que traerá amarrado necesariamente
un salto de calidad en la plantilla y supone un proyecto
a cuatro años en los que por primera vez en mucho
tiempo se quiere crecer de verdad y se están poniendo
los peldaños necesarios para ascender al sitio que
todos deseamos y creemos merecer.
Estos
arriesgados movimientos necesitaban de un buen comienzo
de Liga, y eso ha sucedido. La labor de Víctor Fernández,
hasta el momento muy correcta, y una plantilla competitiva,
con mayor carácter ganador que las anteriores, están
correspondiendo al interés de los nuevos propietarios
del club para agradar a la masa social. No olvidemos que
la parte económica depende en gran medida de la marcha
deportiva, algo que se olvidó lamentablemente en
la anterior etapa y que los actuales mandatarios parecen
ser conscientes de ello.
Las
cosas han cambiado y hasta ahora para bien, la esperanza
sustituye al conformismo, el Real Zaragoza vuelve a ilusionar.