Siempre
me ha preocupado la gestión económica del
Real Zaragoza. Antes y ahora. Lo que pasa es que de Alfonso
Soláns, tras diez años al frente del club,
ya no esperaba nada. Simplemente tenía asumido que
las cosas irían empeorando poco a poco hasta llegar
a un punto de ruptura. En cambio, de Agapito Iglesias espero
algo más.
La filosofía
de Agapito puede resumirse en invertir recursos para hacer
un buen equipo con el objetivo de obtener buenos resultados
deportivos que permitan obtener mayores ingresos típicos
y atípicos. Pero hay quien dice que esto es imposible,
porque el Real Zaragoza no tiene la misma capacidad de generar
ingresos que otros clubes y por lo tanto esta política
nos llevará al desastre. Yo estoy de acuerdo en que
es una filosofía arriesgada, pero también
digo que al desastre ya íbamos con la gestión
anterior. Habrá que dar una oportunidad a Agapito
de demostrar si es capaz de encontrar soluciones.
Por
supuesto, hace falta algo más, algo que muchos hemos
pedido durante todos estos años: apoyo de las instituciones.
Hay que reconocer que Soláns sólo lo obtuvo
al final de su etapa, pero finalmente llegaron los avales
de la DGA, el proyecto municipal de construcción
de un nuevo estadio (paralizado en los juzgados por la oposición,
justo antes de comenzar) y la recalificación de las
oficinas (paralizada en los juzgados por un particular,
ya en época de Agapito) a lo que se unía la
perspectiva de la recién nacida televisión
autonómica. Entonces Soláns vendió
el club a Agapito, de quien se dice que cuenta con importantes
apoyos políticos (algo que parece confirmar la contratación
de Eduardo Bandrés), así que cabe esperar
que todas estas ayudas se hagan realidad e incluso se mejoren
y que el Real Zaragoza cuente por fin con ese respaldo institucional
que tanto hemos demandado.
Pero
que Agapito sea constructor y que pueda contar con respaldo
institucional, parece ser el compendio de todos los males
para algunos, que incluso se han olvidado de que Soláns
también era constructor y que en su momento pidieron
que las instituciones le apoyasen. Dicen que es que Soláns
era de fiar porque cuidaba de la herencia de su padre (que
se llevó con él cuando dejó el club,
tal como había anunciado que haría, sin haber
puesto jamás un duro de su bolsillo) mientras que
hay que desconfiar de quien compra un negocio sin rentabilidad
económica como es un club de fútbol, porque
no lo hace por zaragocismo, sino por intereses oscuros.
Y se llega al punto de decir que con tal de conseguir sus
fines, no le importa arruinar el club y abocarlo a la desaparición.
Personalmente
creo que es verdad que quien compra un club de fútbol
lo hace para ganar algo, pero no veo cómo encaja
eso con la idea de arruinarlo. Lo lógico es pensar
que si Agapito tiene el club como instrumento para hacer
negocios, cuando menos se preocupará de mantenerlo
a flote. Y tampoco creo que políticos como Bandrés
quieran arruinar su carrera con un baldón de tan
gran calibre como la destrucción del Real Zaragoza.
Otra cosa es que puedan resultar ser unos incompetentes,
pero eso todavía está por ver.
Yo no
me dejaré llevar por conjeturas más o menos
verosímiles sobre los oscuros intereses de Agapito
(a Soláns nunca lo acusé de chanchullero y
a este tampoco, a menos que salga a la luz algo ilegal),
ni por predicciones catastrofistas sobre la desaparición
del club bajo su gestión (que de momento no dejan
de ser meras especulaciones). Lo que pienso hacer es seguir
esa gestión muy de cerca, dentro de mis posibilidades,
y por supuesto criticar aquello que en conciencia crea que
tengo que criticar, con los datos en la mano.
Y en
todo caso, pondré esos datos a disposición
de todo aquel que quiera examinarlos para que cada cual
extraiga sus propias conclusiones.
Comienza
aquí una miniserie de artículos sobre la gestión
de Agapito, que espero que arroje algo de luz sobre la situación
actual de nuestro Real Zaragoza.