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¡Atención,
minuto 111 de partido! Es el rapado el que controla
el balón. Avanza Movilla hacia campo madrileño.
Pasa ante la mirada de un desaparecido Zizou. Cede
a Galletti en buena posición. No se lo piensa.
¡Tira y !
Era
el día perfecto, el Real Zaragoza jugaba la
final esa noche en Montjuïc frente al equipo
de los galácticos. Aquel día era especial
y el ambiente que se vivía en la calle era
distinto, como si todos pensásemos en lo mismo
pero nadie dijera nada a nadie. Se oían pitidos
de coches que emulaban una conocida musiquilla que
hacia recordar que eras uno de los elegidos que se
iban a la final. Gritos y risas adornaban el asfalto
vestido de blanquiazul salvo contadas e inmundas excepciones
para llamar la nota. La gente andaba, unos hacia un
autobús que les llevase a Barcelona, otros,
a otro lugar, pero todos pensando lo mismo.
Aun
faltaban unas cuantas horas para el comienzo del partido
pero los primeros cánticos no fueron en el
Olímpico sino en el autocar. El ambiente se
animaba, la gente no pensaba en quién era el
rival, todos cantaban con una misma voz, con una misma
camiseta, con unos mismos colores, con el mismo deseo
de ver a Cuartero alzar la grandiosa Copa del Rey
por encima de todo. 5 minutos. Luego cada uno se zambulló
en sus pensamientos y preocupaciones mientras los
120 kilómetros por hora ya se alcanzaban. ¿Ganaría
el Real Zaragoza la Copa? ¿Y si no? No, no
creo, ni pensarlo. ¿Pero? No, no. Vamos a ganar.
Claro que si. Mira ya sólo faltan 174 kilómetros
para Barcelona. A ver si paramos a mitad de camino
De nuevo unos cánticos dispersos de un aficionado
rompieron la monotonía por unos segundos, hasta
que se dio cuenta que la final aun no había
comenzado, que el viaje era largo y que la gente más
que ganas de cantar tenía deseo de llegar.
Dicho y hecho. Los kilómetros se recortaban
y la ciudad condal se acercaba ante mis ojos abiertos
y soñadores. Entonces me acordé de algo
que había oído antes acerca de los atascos
y aglomeraciones a la entrada a Barcelona. En hora
mala me acordé ya que al acercarnos al horizonte
pudimos ver cientos de lucecitas rojas de posición.
Entonces pensabas que aun quedaba mucho tiempo para
el comienzo del encuentro y la preocupación
no te afectaba. La gente seguía ocupada burlándose
de los autobuses madrileños. Comenzaba la preparación
para la final.
La
presión y la impotencia, ya previstas por el
conductor, empezaban a cundir. Fue una hora y media
interminable llena de pitidos e indicaciones que al
final mereció la pena ya que a falta de un
cuarto de hora para el comienzo del partido llegamos
todos a Montjuïc.
Costaba encontrar la puerta de entrada pero cuando
las prisas reinaban en la gente, una luz de los focos
del estadio que más que cegar, atraía,
me iluminó el rostro, pintado con una sonrisa.
Aquello
fue una sensación indescriptible que se amplió
cuando, al subir unas escaleras, te metías
de lleno en la grada del estadio donde los latidos
de más de 20.000 leones latían y rugían
al compás del cántico de ¡Zaragoza,
Zaragoza! Aquella visión, aquella sensación
me marcará para siempre.
De
pronto la gente enmudeció al sonar un pitido,
y, con un minuto de silencio que unos impresentables
rompieron, se homenajeó a las víctimas
del 11-M. De nuevo otro pitido y el balón comenzó
a rodar por el campo. Entonces sentí que algo
grande iba a pasar aquella noche pero me lo guardé
porque quería guardar aquel precioso presentimiento.
Todos los zaragocistas éramos uno, nuestros
gritos eran a la vez que ensordecedores, animosos
e indomables, y, ni el gol de la barbie Beckham de
falta bien botada en la que poco pudo hacer el de
Silos, pudo acallarnos, ya que, aquel día,
íbamos a ganar.
Nuestro
júbilo no paraba y aunque pareciera increíble
nuestros cantos no pararon en todo el partido y ello
hizo que el Madrid bajará el listón
y dejará jugar al fútbol al Zaragoza.
Se veía venir, internada perfecta del carioca
Savio por su banda, centro medido al área para
un Dani sensacional que, tras el error garrafal de
la defensa madrileña, abría de par en
par las puertas de la victoria con un derechazo imparable
al que poco le faltó romper la red.
La noche había cambiado, el cierto miedo que
se podía sentir por el marcador en contra se
había esfumado y la gente entonces supo que,
si Lainez seguía parando todo, Milito seguía
providencial, Álvaro seguía seguro en
el corte, Cani y Savio seguían creando peligro,
Toledo y Cuartero se-guían ayudando al centro
y a la defensa, Movilla seguía distribuyendo
el juego, Dani corría y tiraba y Villa seguía
buscando su gol, la Copa se iba a ir al ciudad del
Ebro.
Todo
siguió igual y como si de un sueño se
tratase, Villa abría su particular tarro de
las esencias al transformar un penalti claro cometido
sobre él mismo al final del primer tiempo.
El guaje estallaba de alegría y la afición
se moría de gozo. Se había dado la vuelta
al marcador y la afición maña disfrutaba
viendo jugar a su equipo con un fútbol de clase
que estaba bajando a la tierra a los supuestos galácticos.
Llegó así un merecido descanso no sólo
por el esfuerzo de los jugadores sino también
por el derroche de la afición maña.
No había que esperar más. El tiempo
de descanso se cumplió y la segunda parte arrancaba
ya con el 2-1 favorable al Real Zaragoza. De nuevo
volvieron los cánticos, los gritos, los ánimos
y los miedos, ya que a los pocos minutos, era el mono
de Roberto Carlos el que ponía el empate con
un potentísimo disparo que sorprendió
por bajo a Lainez en un saque de falta.
La
emoción estaba servida. Casi 45 minutos por
delante, no aptos para cardiacos, restaban para el
pitido final. El vendaval de juego que ofrecía
el Zaragoza albergaba seguridad e ilusión y,
aunque los maños se quedaran con un jugador
menos por la expulsión de un fantástico
Cani, el derroche de buen fútbol que mostraba
hacía pensar en la sexta.
Era
el momento del baile de cambios y el salesiano Víctor
sacó al huesitos Galletti, al incansable Generelo
y al pichón Juanele por parte del Zaragoza
mientras que un improvisado Portillo fue sacado al
campo por parte de un mal Queiroz.
Se
acababa el tiempo y la prorroga llegaba. Todos nos
acordábamos entonces de las oportunidades falladas,
de que estábamos con uno menos y de que la
suerte podía favorecer a cualquiera.
Comenzó la prorroga y como si de una aviso
se tratase, Zidane sacó un disparo que muchos
vieron dentro pero que repelió Lainez con una
habilidad felina vista sólo en los grandes
porteros, y éste lo era.
El susto fue pasajero puesto que el Zaragoza dominaba
aunque no acertaba a sentenciar. Con esta sensación
se alcanzó ya la mitad de la segunda parte
de la prorroga.
La
afición se dio cuenta pues de que el Zaragoza
no merecía los penaltis. Cantó más
fuerte que nunca y animó incansable. Ello hizo
que el espíritu de los 20.000 aficionados presentes
saltase al campo y se posara en el argentinito Galletti
que al coger el balón y, como bajado del cielo
y ungido por la bota de Nayim, disparó con
la potencia de los dos colores zaragocistas y consiguió
un gol que valía una final, una Copa, unos
colores, una afición. El efecto del Roteiro
fue imparable para el por-tero César.
La
euforia se desató en el Olímpico que
veía como la palabra gol retumbaba en sus cimien-tos:
¡Gooooooooooool! ¡Gooooooooooooooooool!
¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!
¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Goooooooooooooooooooooooooool
del Zaragoza, Galletti, Galletti, Galletti!
No dio tiempo para más y al canto de campeones,
campeones concluyó una de las mejores finales
de la historia que dio como justo vencedor al Real
Zaragoza.
La
alegría se liberó, una sensación
de júbilo recorrió el cuerpo de 20.000
forofos que se habían entregado a su equipo,
y un equipo fue a la grada a celebrarlo ya que se
había entregado a su afición. Cuartero,
el eterno capitán alzo por fin el deseo de
todos. La ocasión lo justificaba, el Zara-goza
había ganado el partido, la final, era el campeón
de la Copa del Rey 2004.
La
fiesta acababa de empezar, el viaje de vuelta fue
un mero trámite y la alegría desbordada
de la afición se hacía notar.
Se acababa de escribir con letras de oro una página
del libro del zaragocismo donde yacían momentos
históricos como la Recopa de París.
La final de Barcelona pasará a la historia
como una hazaña heroica donde el león
venció al presunto juego galáctico con
fervor, ambición y humildad, características
todas del equipo de la Pilarica.
Existe una leyenda que cuenta cada vez que pasas al
lado de Montjuïc puede oír los gritos
de campeones, campeones que cantaron los aficionados
maños. Quizá sea cierto. Probablemente.
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