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28 de septiembre de 2007
Después
del desastre sin precedentes del Camp Nou (no tanto
por el resultado como por la imagen de indolencia
que se vio) y el pobrísimo partido ante el
Sevilla a pesar del impresionante y milagroso resultado
(en juego, realmente no distó mucho de lo visto
en Murcia o Barcelona) parece más que justificable
que cunda la desilusión en el zaragozismo.
Ahora
bien, si después del cambio que hemos visto
en la gestión del club, reflejado en una política
de fichajes más ambiciosa que nunca, todavía
somos incapaces de cambiar nosotros en lo que a nuestra
actitud en la grada se refiere...
El
Real Zaragoza sí ha cambiado, vemos un equipo
con un potencial que ha dado alas a nuestra ilusión
antes incluso de que empezara a rodar el balón,
y precisamente esa ilusión es la que debe hacer
que nos contengamos a la hora de iniciar el conciertos
de silbidos ya en el descanso.
¿Que
el equipo no está jugando bien? Está
claro que es así; ¿que no hay jugadores
de banda? ¿que ha habido momentos en los que
el equipo ha mostrado indolencia? Es cierto...
Pero
repito, sabemos del potencial de este equipo, que
quizá no arranque nunca pero, al mismo tiempo,
también sabemos que si lo hace hay tiempo de
sobra incluso para encadenar victorias en el momento
en que se alineen los astros (nunca mejor dicho).
Y
por supuesto, no hace falta tener demasiada memoria
para saber lo que Víctor Fernández es
capaz de hacer por su club...
Por
todo ello, hay motivos de sobra para guardarnos los
silbidos para el final de los partidos, porque no
puede ser que el club demuestre día a día
que ha cambiado mientras la grada no hace lo propio
y se limita a contemplarlo como si estuviera en el
circo romano, bajando el dedo pulgar antes incluso
del descanso.
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