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por
Falçao |
El Real Zaragoza acababa de descender a 2ª división;
la temporada había sido nefasta y la situación
del club era de bancarrota tanto económica
como deportiva. El presidente que nos había
conducido a 2ª, D. Alfonso Usón Sanagustín,
había dimitido con toda su junta directiva
y no se vislumbraba en el entorno del zaragocismo
a nadie que quisiera hacerse cargo del equipo.
El equipo estaba desmantelado; de la plantilla del
descenso, ya de por sí bastante descolorida,
habían desaparecido diversos efectivos: Villa,
quien ya nada tenía que decir como futbolista,
se había retirado; dos valores de la cantera,
que podían haber formado parte de la base de
los planes de regreso a 1ª, el portero Izcoa
y el interior Chirri fueron traspasados al Granada,
en aquella época frecuente receptor de jugadores
blanquillos, mientras otro canterano, Miñes,
se iba al Levante; también habían abandonado
el club unos cuantos de los fichajes baratos e inútiles
de los últimos años: Iznata, que fichó
por el Villarreal y Borrás, que regresó
a Cataluña para incorporarse a las filas del
San Andrés. Otro jugador del equipo del descenso,
Pepe Juan, frustrada promesa procedente del Tenerife,
era relegado a la plantilla del Deportivo Aragón.
En medio del naufragio aparecieron dos nombres que
dieron pasos decisivos para reabrir, aunque fuera
en un mínimo resquicio, la puerta de la esperanza:
José Ángel Zalba, que tuvo las agallas
–para algunos el instinto y la ambición-
de presentarse a las elecciones presidenciales y José
Luís Violeta, el “León de Torrero”,
que no escuchó las tentadoras ofertas de los
clubes grandes y estuvo dispuesto a liderar en la
división de plata el regreso de su club de
toda la vida a la élite futbolística
de España.

Jose
Luis Violeta
José Ángel Zalba aportó juventud
y arrojo; hay quien decía que tenía
poco que perder, que sus negocios estaban por los
suelos y que buscó la aventura del fútbol
como medio de recuperar terreno y alcanzar fama. Formó
un equipo joven, del que recuerdo a los vicepresidentes
Eduardo y José Gil, que no eran hermanos, a
Jesús Castejón, que a los pocos años
fallecería de un infarto en pleno partido del
Zaragoza en el campo de La Rosaleda de Málaga,
a quienes serían dos convencidos y valientes
defensores de la cantera, Jesús Sampietro y
Manuel Aznárez, y otros más cuyos nombres
han huido de mi memoria.
Para dirigir la plantilla hubo que optar por lo barato
y asequible, recurriéndose a un hombre de la
casa, Rosendo Hernández, quien no hacía
mucho había entrenado con buen rendimiento
a la Unión Deportiva Las Palmas, un clásico
entonces de la 1ª División. Era un técnico
que confiaba en la cantera y que estaba dispuesto
a conformarse con los retales que le consiguieran.
El tiempo tardó poco en demostrar que la elección
no fue acertada.
Sin un duro en las arcas zaragocistas la tarea de
reconstruir la plantilla no era nada fácil.
La línea defensiva aportaba cierta solvencia,
con Nieves en la portería, Rico, un lateral
navarro muy ofensivo y que iba a más, la sobriedad
de Manolo González y las aportaciones de Vallejo,
un lateral tosco y difícil de superar que había
llegado del Málaga años atrás,
Ángel Royo, un sobrio y eficaz defensa que
había salido de la cantera e Irusquieta, uno
de los pocos supervivientes del equipo histórico
de los años 60. También se contaba con
Juan José Ruiz Igartúa, un central llegado
el año anterior del Arenas de Guecho y que
siempre cumplió. Al mando de todos ellos estaba
Violeta, un coloso, un jugador que unía a una
indudable calidad, un pundonor y una entrega ejemplares.
Mucho más corto de efectivos estaba el centro
del campo; tan sólo quedaban del año
anterior Javier Planas, toda una garantía como
volante e interior, Fernando Molinos, que había
terminado la desgraciada campaña anterior como
la más firme promesa de la cantera zaragocista
y Duñabeitia, un navarro sobrio y cumplidor;
junto a ellos estaban el último magnífico,
Eleuterio Santos, ya en plena decadencia y Luís
Costa, el fichaje estrella del año anterior,
que no había dado buen resultado y a quien
se quiso colocar, sin éxito, en el mercado.
El plantel de delanteros tampoco era para tirar cohetes;
seguía en plantilla el conflictivo paraguayo
Ocampos, pero su temporada había sido pésima
y no gozaba de la confianza de los técnicos,
quedaban dos extremos muy “limitaditos”,
Oliveros y el argentino Martín y se había
repescado a un extremo zurdo brasileño, Totó,
quien había estado cedido la campaña
anterior en el Córdoba. Lozano, un joven ariete
traído el año anterior del Salamanca,
no ofrecía garantía alguna y, de hecho,
no llegaría a jugar ningún partido en
la campaña que se avecinaba.
A pesar de la penuria, Zalba comenzó a demostrar
su capacidad de sacar petróleo del desierto;
una de sus mejores gestiones, que con el tiempo sería
uno de sus más grandes aciertos, fue negociar
con el F.C. Barcelona la cesión de Pablo García
Castany; se trataba de una de las perlas de la cantera
barcelonista, un interior muy técnico, con
mucha fuerza y con un disparo durísimo; no
gozaba de minutos en el Camp Nou y tenía que
hacer el servicio militar en Zaragoza: el acuerdo
fue fácil y rápido y se consideraba
que podía convertirse en jugador clave para
el regreso a la división de honor, en una de
las estrellas del equipo; acabaría siendo cierto
lo segundo …. pero un año más
tarde.
Ya quedó dicho que Rosendo Hernández
era un hombre valiente a la hora de dar oportunidades
a los jóvenes; de esta manera, se trajo a dos
medio-campistas a los que se auguraba un buen futuro:
el medio volante Bustamante, que jugaba en la Gimnástica
de Torrelavega y el interior derecho Emilio Lacruz,
en esos momentos la gran figura del Huesca. Asimismo,
se subió al primer equipo al goleador del filial,
Francisco Galdós, un donostiarra al que llamaban
“el capuchino de oro”. Los tres comenzarían
la temporada de titulares, aunque su trayectoria posterior
fuera muy distinta.
Para completar el equipo llegó Manolo Villanova,
guardameta aragonés que había causado
baja en el Real Betis y que comenzaba una nueva época
en Zaragoza que se prolongaría muchísimos
años, primero como guardameta y posteriormente
en la dirección técnica.
A lo largo del verano hubo otros rumores y noticias
que la memoria no llega a precisar; vinieron dos jóvenes
jugadores argentinos de tercera fila, García
Pardo y Alonso (portero y defensa respectivamente)
que estuvieron unos días a prueba sin que llegaran
a convencer a nadie. También se adquirió
a un centrocampista español que jugaba en Bélgica,
llamado Galindo y que acabó comenzando la temporada
con el filial para abandonar el club a la vista de
su escasísimo rendimiento.
En el filial no había demasiados jugadores
con posibilidades de aportar algo al primer equipo;
el meta Alonso, Eusebio, un lateral izquierdo ofensivo
y Moles, interior izquierdo de buena técnica
que había debutado en la Copa del año
anterior, eran los más destacados e hicieron
parte de la pretemporada con el primer equipo, el
resto –González, Oliver, Fabra, Padilla,
Lamarca,….- eran jugadores sin relieve.
La pretemporada fue una sucesión de partidos
sin relieve y de actuaciones que no ofrecían
excesiva confianza a la afición. El colofón
lo puso el Barça, que se ofreció a visitar
La Romareda para contribuir a que al menos los zaragocistas
pudieran ver a un grande en el campo municipal. Como
era de prever, los azulgrana ganaron sin despeinarse.
Con esta disposición y estos mimbres el Zaragoza
se enfrentaba al reto de regresar en un año
a la división de honor, única forma
de salir cuanto antes del pozo en el que se encontraba.