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por
Falçao |


Rosendo Hernández González
El
capricho del calendario quiso que el primer partido
del campeonato se jugara en campo del club que había
acompañado al Zaragoza en el triste viaje del
descenso: el estadio de Altabix de Elche. El equipo
ilicitano había sufrido una importante renovación;
para intentar dirigir al equipo de nuevo a primera,
se había contratado a Roque Olsen, un entrenador
experto y que parecía una garantía en
el banquillo. Del viejo Elche que había hecho
historia en durante casi una década quedaban
los internacionales Canós y Vavá y el
medio volante Llompart, habiéndose fichado
un ramillete de buenos jugadores: el portero Valentín
Mora, del Barcelona, Montero, un volante paraguayo
que dio un gran resultado, dos jóvenes atacantes
de la cantera del Barça: Sitjá y Chiva,
autor este último de 18 goles con el Barcelona
Atlético la temporada anterior, y Melenchón,
delantero que con el Cartagena había sido máximo
goleador del grupo IV de la Tercera División.
También se contaba con un joven jugador local,
Alvarito, quien acabaría triunfando en 1ª
división, aunque para ello tuviera que irse
al Rayo Vallecano. También destacaban en el
equipo el central paraguayo González y el interior
Romea, nacido en Ejea de los Caballeros y que había
llegado a jugar en el Barcelona.
El debut no fue bueno, cayendo el equipo por 1-0,
con un solitario tanto de Alvarito marcado en el primer
tiempo que el Zaragoza no fue capaz de nivelar. Rosendo
Hernández sacó un equipo bisoño,
con un centro del campo formado por jugadores jóvenes
e inexpertos: Lacruz, Bustamante, Molinos,…. y una
delantera roma (Galdós y Totó). La defensa
mantenía el tipo, pero al equipo no se le veía
la consistencia necesaria para garantizar el necesario
ascenso.
El equipo no había respondido y ya se empezaban
a escuchar las primeras críticas hacia su entrenador;
Rosendo Hernández estaba depositando su confianza
en jugadores aún inexpertos, mientras dejaba
en el banquillo a puntales como Javier Planas o ni
siquiera contaba con hombres de la talla de Ocampos
o Luís Costa.
El siguiente rival era el Racing de Santander, que
iba a visitar una Romareda que se preparaba después
de muchos años de gloria para volver a ser
escenario de un partido de la división de plata.
El equipo cántabro, que había empatado
su primer partido ante el Pontevedra en El Sardinero,
era por aquella época un conjunto flojo, destinado
a sufrir para mantener la categoría. Sus tres
mejores jugadores: el portero Corral, el extremo Aguilar
y el ariete Santillana se habían marchado al
Real Madrid y no contaba en sus filas con sustitutos
de ese nivel. En la referida operación de venta
de jugadores, habían entrado tres jóvenes
valores de la cantera madridista: los laterales De
la Fuente y Espíldora y Barba, un fino centrocampista
que había sido capitán del Real Madrid
juvenil, había ascendido la temporada anterior
con el Betis y cuya carrera quedó en su día
frustrada, ya en primera con el Racing, por una lesión
de corazón. Destacaban también el portero
Santamaría, el fornido central Chinchón,
el medio volante Díaz y el interior izquierdo
Portu, todos los cuales tendrían relevancia
en el ascenso del equipo a primera, evento que se
produciría una temporada más tarde.
Su entrenador era Fernández Mora, un histórico
de la casa y al que aún quedaban muchos triunfos
que disfrutar con su equipo.
Para este partido, Rosendo Hernández volvió
a confiar en casi todos los jugadores que habían
salido de titulares en Elche, si bien incluyó
al veterano Luís Costa para que aportara experiencia
al equipo, a la vez que para el extremo zurdo cambiaba
de sudamericano y Martín sustituía a
Totó.
El equipo resolvió la prueba sin ningún
problema, imponiéndose con toda comodidad al
Racing por 3-0; Javier Galdos comenzó a demostrar
su olfato de gol, marcando los dos primeros tantos,
mientras que Violeta cerraba la cuenta. El partido
no tuvo historia y el equipo se mostró muy
superior a su rival, pero al mismo tiempo, muy poco
brillante. Hubo aspectos positivos, como la seguridad
defensiva y la aparición goleadora de Galdos,
pero, a la vez, había muchas cosas que no funcionaban
bien: el centro del campo no respondía como
se esperaba y García Castany se mostraba fallón
y frágil de moral, mientras Lacruz no acababa
de dar la talla, posiblemente por no jugar en su puesto.
La
semana fue moderadamente tranquila, pero seguía
habiendo inquietud: empezaban a correr rumores de
mala relación entre entrenador y jugadores
y el siguiente domingo se visitaba a uno de los gallitos
de la categoría: el Castellón ….. el
tiempo no tardaría en demostrar que los temores
eran aún más justificados de lo que
parecían.
El Castellón era, efectivamente, un rival de
cuidado; la temporada anterior ya había presentado
sus credenciales acabando en sexto lugar y quedándose
tan sólo a 5 puntos del ascenso. Para dirigir
al equipo habían fichado a un entrenador de
postín: el francés Lucien Muller, y
a su disposición se había puesto un
equipo muy serio. Para la portería había
llegado ese mismo verano el veterano Araquistaín,
exmadridista que formó parte del equipo que
había ganado la última Copa de Europa
que reposaba en las vitrinas del equipo merengue.
La defensa era sólida y experta, con el también
exmadridista Babiloni, el veterano capitán
Cela y el duro central canario Oscar como puntales,
en el centro del campo destacaban los locales Cayuela
y Ferrer, un medio centro que con el tiempo se fue
al Español, y habían conseguido un fichaje
de postín: Planelles, una de las joyas de la
cantera del Real Madrid, cedido por los blancos; la
delantera era de auténtico lujo, con Manolo
Clarés como estandarte, un auténtico
matador del área que jugaría en el Barcelona
de Johann Cruyff; junto a él destacaba Leandro
un fino interior izquierdo con olfato de gol, Félix,
un gallego que jugaba de falso extremo zurdo y al
que sobraba calidad que acabaría en el Celta
de Vigo, donde ahora es el director técnico
y Miguel Planas, fichado ese año del Calella,
donde había marcado 17 goles, hermano mayor
del zaragocista y salido de la cantera aragonesa.
A todos ellos había que añadir un excelente
elenco de jóvenes jugadores levantinos que
completaban una plantilla diseñada para subir:
Figueirido, Corrales, Tonín, ….
Jugadores del Castellón (Los del centro
son Clarés y Félix)
El partido fue un completo desastre; el Zaragoza naufragó
de principio a fin y fue barrido sin piedad por los
castellonenses, quienes dejaron en evidencia a un
equipo al que no se veía capaz de responder
a la única exigencia que podía tener
en la temporada: el regreso a primera. Ya no quedaba
ni la seguridad defensiva, jugadores que debían
de ejercer el liderazgo del equipo –García
Castany, González, Rico, …- navegaban como
almas en pena, y apareció con claridad por
vez primera el claro divorcio entre el entrenador
y la estrella del conjunto, Violeta, que acabó
siendo sustituido. Clarés hizo un hat-trick,
mientras Leandro y Félix completaban la manita;
Galdós marcó el gol zaragocista, el
cual no salvaba ni el honor.
El desencanto entre la afición zaragocista
fue superlativo, la semana siguiente se convirtió
en un mentidero de rumores y negros presagios, mientras
en la prensa los comentarios eran más negativos
que nunca. "Zaragoza Deportiva", auténtico
barómetro del estado del zaragocismo comenzaba
a plantear la necesidad de un movimiento de timón
que debía afectar, como suele ocurrir, al mister
del equipo. A su vez, la directiva imponía
una fuerte sanción económica a la plantilla
por entender que no se había comportado con
la mínima profesionalidad exigible en el partido
de "Castalia".
El siguiente domingo el Pontevedra visitaba La Romareda
en un partido que se consideraba fundamental para
enderezar el rumbo y se convertía en la última
oportunidad para Rosendo Hernández.
El Pontevedra, en condiciones normales, no podía
ser rival para los blanquillos; era un equipo que
había permanecido varios años seguidos
en primera, en aquellos tiempos del "hay que roelo",
pero ya llevaba dos temporadas en segunda y no se
había reconvertido, formando parte del pelotón
de los mediocres de la división intermedia.
En su plantilla no había jugadores de gran
relevancia: sus estrellas eran Plaza, un buen interior
zurdo salido de la cantera soriana y el goleador Carballeda;
en nómina figuraban también dos jugadores
que acabarían destacando en primera, si bien
entonces no eran titulares: el asturiano Rubial, un
velocísimo extremo que pertenecía al
Real Madrid y que al año siguiente llegaría
al Zaragoza y el medio defensivo Geñupi, que
cubriría excelentes temporadas en el Racing
de Santander; el resto del equipo estaba formado por
discretos jugadores de la cantera (Bea, Norat, Clemente,
Ardao….) o retales de equipos de primera división
como el ex sevillista Hachero y el ex valencianista
Huerta; los fichajes que habían llegado en
verano carecían de relevancia: Pataco, joven
promesa frustrada del Atlético de Madrid, Masferrer,
extremo catalán y el regreso de Antonio, un
buen medio volante que en su día había
traspasado el Pontevedra al Sevilla, donde apenas
jugó y que acabaría falleciendo pocos
meses después en un trágico accidente
de tráfico. Al mando del equipo estaba Juncosa,
un entrenador de larga experiencia en equipos secundarios
y que el año anterior había ascendido
a 1ª al Córdoba.
Para el partido frente a los gallegos Rosendo Hernández
se decidió a hacer la revolución, si
bien no está claro que lo hiciera con el acierto
y el equilibrio necesario. Confío por vez primera
en dos extremos natos: el argentino Martín
y el brasileño Totó y otorgó
la titularidad a Duñabeitia, que siempre solía
cumplir ….. todas estas decisiones entraban dentro
de lo razonable, el problema es que, al mismo tiempo,
se le ocurrió sacar de su sitio a dos jugadores
fundamentales, colocando a José Luís
Rico, que siempre había sido lateral derecho,
como medio volante y a Violeta …. como ¡interior
derecho!..... daba la impresión de que el divorcio
entre el entrenador canario y el león de Torrero
estaba consumado.
El equipo fue recibido con una sonora pita y el partido
comenzó en un ambiente tenso que se reflejó
pronto en los jugadores, a quienes se veía
con muchas ganas de agradar, pero nerviosos y precipitados.
No obstante, mediada la primera parte el equipo pareció
sentenciar el encuentro con dos goles muy seguidos:
un tremendo tiro lejano de Rico y un espectacular
cabezazo en plancha de Martín. Parecía
que se había hecho lo más difícil,
y tras dos goles bonitos y con una diferencia importante
en el marcador, se podían crear las bases de
la necesaria reconciliación …. pero no fue
así, pues poco antes de llegar al descanso,
un fallo de Manolo Nieves permitió a los gallegos
acortar distancias con un gol de Carballeda y devolver
la zozobra al campo y a los espectadores.
La segunda parte comenzó con nervios, se veía
a los jugadores sin rumbo y desquiciados; los peores
presagios se cumplieron y, a los pocos minutos de
la reanudación, un lejano disparo de Plaza
sorprendió adelantado a Nieves y se coló
por su escuadra: el partido estaba empatado y el equipo
a al deriva. Rosendo Hernández tomó
dos decisiones drásticas: quitó a Nieves,
que abandonó el campo llorando, propiciando
el debut de Manolo Villanova y sustituyó a
Violeta por Molinos. Villanova realizó varias
paradas de mérito que animaron al público
y el equipo comenzó a empujar con más
pundonor que criterio; de esta manera, en dos melés
ante la meta gallega, Bustamante y Martín volvieron
a crear distancia en el marcador, devolviendo así
cierto sosiego a las gradas. Antes de acabar el partido
Carballeda volvió a poner emoción con
un gol de última hora, si bien ya no había
tiempo para más sustos.
En la clasificación el Zaragoza tomaba oxígeno,
pero la estabilidad interna y la confianza estaban
muy lejos de recomponerse. Se estaba en el país
en plena campaña de las elecciones a procuradores
en Cortes por el tercio Familiar (una especie de simulacro
de la famosa "democracia orgánica") y la portada
del "Zaragoza Deportiva" del lunes fue elocuente:
"…. ¿Y si "botásemos" a Rosendo Hernández?".
La situación era insostenible, y así
lo entendió la directiva, que cesó al
canario y comenzó la búsqueda del nuevo
mister: esta vez no podían permitirse el lujo
de equivocarse.