Iriondo
Tras la primera vuelta el equipo daba más sensación
de solidez y conjunción que meses antes, pero
no acababa de cuajar del todo. A la ausencia de un
buen organizador, se sumaba la poca fiabilidad del
juego por las bandas, tan sólo Rico, cuya temporada
era excelente, era capaz de abrir las defensas por
los extremos, pues ni Martín ni Oliveros ni
Totó ofrecían soluciones y Leirós
aún no había demostrado sus cualidades.
A todo esto había que sumar que fuera de casa
era fácil que los rivales hicieran el partido
del año y costaba sangre, sudor y lágrimas
arañar puntos. Se habían conseguido
32 goles, cifra respetable, pero los 18 encajados
eran demasiados. Galdós llevaba 8 goles, un
buen montante para alguien que debutaba en el fútbol
de nivel, mientras que Ocampos había logrado
7, a los que habría que añadir las asistencias.
Por el contrario, al equipo le faltaban extremos incisivos
y centrocampistas con llegada.
El
Elche llegaba a La Romareda en alza; tras una breve
mala racha, había recuperado el buen ritmo
y tenía en la tabla los mismos puntos que el
Zaragoza. Su producción goleadora era notablemente
inferior a la del Zaragoza, pues había conseguido
22, aunque encajaba casi la mitad que nuestro equipo:
solamente 10. Casi todos sus goles se los repartían
dos de sus fichajes: el catalán Sitjá
(8) y el murciano Melenchón (7). No obstante,
la gran revelación del año lo había
sido el paraguayo Montero, un centrocampista de gran
planta, con un disparo tremendo y de un enorme despliegue
físico, sobre él, la veteranía
de Canós y los goleadores citados se sostenía
el edificio ilicitano. En la alineación que
puso sobre el césped Roque Olsen destacaba
el extremo diestro Vavá, un goleador que había
sido pichichi de primera e internacional en los tiempos
de Eduardo Toba y que ahora se encontraba ya en los
últimos momentos de su vida deportiva.
El mister zaragocista repetía equipo, aunque
con un ligero cambio, bajando a Molinos a la media
y adelantando a Planas al interior derecho; de esta
manera se ponía junto a Violeta un jugador
de brega y empuje, mientras se concedía al
de Almudévar mayor peso y responsabilidad en
el equipo. Enfrente, Roque Olsen, mister ilicitano,
presentaba una alineación muy conservadora,
con dos medios marcadamente defensivos –el paraguayo
González y el veterano Llompart- y dos interiores
de contención, como Silvio y el aragonés
Romea; quedaban claras las intenciones de Olsen, que
aspiraba al empate, a la espera de que sonara la flauta.
Pero esta vez la flauta no sonó, aunque costara
abrir la lata levantina más de lo que refleja
el marcador final. El primer tiempo fue un monólogo
de ataque zaragocista, con el mismo empuje que el
día del Oviedo y la falta de creatividad de
ese mismo día y los anteriores. Ocampos se
peleaba con la dura zaga del Elche, que tenía
a Bonet y González dedicados a machacar al
paraguayo, mientras ni Galdós ni los extremos
eran capaces de aprovechar el trabajo del fornido
ariete paraguayo.
Pero el Elche acabó pagando su conservadurismo
y cuando Ocampos, con un prodigioso cabezazo al acabar
el primer tiempo abrió el marcador, no tuvieron
capacidad de reacción, quedando a merced del
Zaragoza. En la segunda mitad el Zaragoza machacó
la victoria con goles de Javier Planas, al sacar magistralmente
una falta al borde del área ilicitana, y Galdós.
El triunfo fue merecido y supuso un bálsamo
para jugadores y afición.
Además del Elche, también perdieron
Castellón, Leonesa, Logroñés
y Valladolid, mientas el Oviedo sólo era capaz
de empatar en Jerez; la jornada había sido
completa, a lo que cabía añadir que,
con la precaución que hay que poner siempre
a la hora de hacer pronósticos en el fútbol,
que en el caso de Logroñés y Valladolid,
sus derrotas parecían descartarles de la lucha.
A pesar de todo, no era prudente lanzar las campanas
al vuelo, quedaba mucha liga y aún había
tiempo para nuevos tropezones. Por desgracia, éstos
llegarían mucho antes de lo previsto.
El equipo tenía que jugar el siguiente partido
contra uno de los colistas, el Racing de Santander;
efectivamente, tras los resultados del último
domingo, los cántabros compartían el
farolillo rojo con Jérez y Ferrol. La temporada
de los santanderinos estaba siendo nefasta, y no habían
dejado de ser el equipo débil y anodino que
había pasado por La Romareda a principios de
temporada. Llevaba encajados 25 goles, a la vez que
había marcado 17. Su máximo goleador
era el interior zurdo Tasio, que llevaba 5; destacaba
una defensa que solamente era cambiada por fuerza
mayor, comandada por Santamaría y Chinchón,
con dos laterales de la cantera del Real Madrid: De
la Fuente y Espíldora y un cierre de la casa,
Santi.
Parecía que Iriondo había encontrado
su equipo-tipo, y esta vez tan sólo efectuaba
la ya habitual modificación en el extremo derecha.
La visita a un rival tan débil como el Racing
parecía exigir una alineación con más
dinámica ofensiva, pero los jugadores creativos
parecían no ser tenidos en cuenta por el vasco.
El Real Zaragoza volvió a tropezar en la piedra
de siempre; se encontró a un rival enrabietado,
peleón, dispuesto a llevarse por delante al
“equipo grande” con casta y esfuerzo,
así como con el apoyo de una afición
que llenaba el campo. Frente a estos argumentos el
Zaragoza no fue capaz de hacer valer su teórica
superioridad, no mandó en el partido, se dejó
comer terreno y se puso nervioso. En este tipo de
encuentros, el equipo local, sabiéndose inferior,
suele salir a toda máquina, y solamente cuando
no consigue su objetivo de marcar, empieza a perder
el ánimo y baja la guardia; se trataba por
lo tanto de aguantar con paciencia y saber estar las
acometidas racinguistas de la primera media hora,
pero esto no lo pudo o no lo supo hacer el equipo
aragonés, que antes de ese límite temporal
ya perdía 1-0 merced a un gol de Platas, uno
de los jugadores más en forma del equipo del
Sardinero.
Quedaba mucho partido por delante, pero el Racing
puso el autobús, se empleó con fuerza
y entrega hasta el final y el Zaragoza ni siquiera
fue capaz de lograr el empate. Hubo ocasiones de hacerlo,
pero Ocampos estuvo siempre muy marcado y Galdós
tenía el día fallón; los extremos
Martín y Leirós siguieron mostrando
cual era el punto más débil del Zaragoza
en 2ª División. La derrota final supuso
un tremendo jarro de agua fría y un nuevo paso
atrás en las aspiraciones de ascenso.
Para colmo de males, todos los rivales del Zaragoza
en la tabla habían conseguido la victoria.
La situación no era la mejor para recibir al
líder, el C.D. Castellón. Los de La
Plana estaban realizando una Liga espectacular desde
el principio; habían tenido un pequeño
bache, pero éste había durado muy pocos
partidos. Era un equipo muy regular, el francés
Lucien Muller había conseguido un conjunto
compacto y con gran poder ofensivo. Efectivamente,
su delantera se había hinchado de marcar goles:
34; destacaban en esta faceta dos jugadores: Manolo
Clarés, típico delantero oportunista,
que llevaba diez tantos y el interior Leandro, un
jugador que hasta entonces había tenido un
discreto deambular por el fútbol levantino
y que al tiempo de llegar su equipo a Zaragoza había
logrado once goles; Leandro se aprovechaba de que
el teórico extremo, Félix, se retrasaba
al centro del campo para entrar con más facilidad
por el lado izquierdo del ataque rival. Lógicamente,
esa capacidad goleadora venía generada por
el trabajo de construcción que realizaban en
el medio campo Cayuela y Ferrer, con la colaboración
del citado Félix. La defensa era sólida,
con jugadores muy duros, como Oscar y Babiloni, a
quienes Muller permitía muy pocas aventuras
ofensivas. La gran estrella del Castellón era
el madridista Juan Bautista Planelles, un auténtico
lujo de jugador que llevaba varias semanas lesionado.
La prensa se encargó durante toda la semana
de insistir en la importancia del partido, animando
a los aficionados a llenar el campo con la esperanza
de que los jugadores respondieran con buen juego y,
sobre todo, con un triunfo.
El partido trajo un buen ambiente futbolístico
a Zaragoza. Vinieron muchos seguidores del Castellón,
animados por la buena campaña del equipo y
la relativa cercanía con Zaragoza. Los aficionados
locales también respondieron y, sin llenar
el campo, acudieron en masa a La Romareda.
Iriondo seguía sin hacer modificaciones, insistiendo
en privar de creatividad al medio campo y en retrasar
la posición de un Galdós que se había
mostrado más efectivo en posiciones de ataque,
donde el mister insistía en la ineficacia de
Martín.
El Zaragoza estuvo desde el principio muy metido en
el encuentro; con más fuerza que clase fue
el dominador de todo el primer tiempo, y como premio
a su esfuerzo, consiguió adelantarse en el
marcador merced a un buen cabezazo de Galdós
que no pudo atajar Araquistaín. La defensa
castellonense capeó el resto del temporal y
su veterano portero, muy seguro toda la tarde, pudo
irse al descanso sin encajar más tantos.
Por desgracia para el Zaragoza, en la segunda mitad
las cosas cambiaron; el Castellón, excelentemente
dirigido por Cayuela y Félix, se hizo dueño
del encuentro y puso cerco a la meta aragonesa; no
tardó en conseguir frutos, pues cuando quedaban
20 minutos una internada de Leandro por la izquierda
fue concluida con un tiro cruzado que se coló
en la portería, no sin cierta colaboración
de Manolo Villanova, que en esta ocasión no
tuvo la seguridad que solía mostrar.
El equipo no tuvo capacidad de reacción; el
Castellón pareció conformarse con el
empate, que era un excelente resultado para sus intereses,
mientras que el equipo de Iriondo acabó el
encuentro en un “quiero y no puedo”. El
entrenador sí que reaccionó esta vez,
metiendo a dos jugadores técnicos, Santos y
García Castany, pero éstos no tuvieron
tiempo de dar nuevo rumbo al equipo.
El empate final dejaba al Zaragoza en situación
aún más complicada, alejado del liderato
y con el “goal-average” desfavorable con
un rival directo. El Zaragoza acababa la jornada empatado
en el tercer puesto con el Elche, y aunque la Cultural
Leonesa llevaba varias dando muestras de desfondarse,
Castellón y Oviedo parecían muy firmes
en los puestos de cabeza.
Tras el paso de los favoritos por Zaragoza, la situación
había ido a peor; solamente se había
podido conseguir el triunfo ante el Elche, mientras
que la derrota en El Sardinero agravaba, si cabe,
el panorama. Había que visitar el viejo estadio
de Pasarón, donde esperaba el Pontevedra.
El Pontevedra era un equipo venido a menos; su estadio
de “Pasarón” había sido
en los tiempos de Primera un lugar donde los grandes
tenían que luchar hasta el final si querían
sacar algo positivo; ahora el equipo gallego deambulaba
sin pena ni gloria en la zona tibia de la tabla. No
tenía mala trayectoria atacante, pero su defensa
era débil y encajaba bastantes goles. Últimamente
el equipo había mejorado algo sus resultados,
destacando su centro del campo en el que el lider
era el veterano Antonio, un buen medio volante que
había regresado a Pontevedra tras un poco exitoso
paso por el Sevilla y que poco antes de acabar la
temporada fallecería en un trágico accidente
de coche, junto a él destacaban Pataco, cedido
por el Atlético de Madrid y Plaza; en el ataque
su goleador era Carballeda, con 5 tantos hasta ese
momento y la revelación el diminuto extremo
catalán Masferrer.
La victoria en Pasarón era obligada, aunque
Rafa Iriondo seguía sin cambiar de planteamientos;
volvió a dar una oportunidad a Totó,
pasando a Leirós a la otra banda …. El
resto seguian los de siempre.
El partido de Pasarón fue un calco del jugado
quince días antes en Santander; el Zaragoza
no pudo con la presión, ni la externa de un
campo lleno y enfervorizado ni la interna provocada
por los nervios y la responsabilidad. El Pontevedra
tardó algo más que el Racing en ponerse
por delante en el marcador, pues el gol de su ariete
Carballeda, a quien parecía sentarle bien jugar
contra los maños -en la ida ya había
marcado dos goles- llegó al comienzo de la
2ª parte, pero la incapacidad de rehacerse de
los aragoneses fue idéntica.
Recuerdo la impotencia del comentarista radiofónico
Eduardo González al narrar los avatares de
este partido, en el que el Zaragoza volvía
a defraudar de manera superlativa a la afición.
El partido acabó con una derrota que era una
nueva oportunidad perdida, y cada vez quedaban menos.
Venían ahora dos partidos seguidos en casa:
Tenerife y Jerez visitaban La Romareda y parecía
una oportunidad de oro para, cuando menos y bajo el
abrigo de los aficionados, enlazar dos victorias seguidas,
confiando que unido a posibles tropiezos de los rivales,
se pudiera recuperar algo del terreno perdido.
El Tenerife ya no era el equipo novato y recién
ascendido de la primera vuelta; había ido creciendo
y, tras una buena racha de resultados, estaba aposentado
en la zona tranquila de la tabla. Desde el principio
de la Liga se mostró como un equipo difícil
de batir, con dos buenos porteros que se alternaban
en la titularidad (Domingo y Del Castillo), un central
alto y muy seguro, Molina, y dos laterales de pocas
aventuras ofensivas, pero difíciles de superar,
Lesmes y Pepito; los medios volantes Roberto y Cabrera,
altos y fuertes, constituían una segunda barrera
muy difícil de pasar. Pero el equipo canario
fallaba en el ataque, hasta que llegó el nuevo
entrenador, el uruguayo Héctor Núñez,
concedió los galones de la titularidad al veterano
José Juán, que ya había encabezado
el ataque de la Unión Deportiva Las Palmas
en sus mejores años de Primera, y que había
respondido a la confianza en él depositada
con 9 goles, a José Juan le surtían
de balones dos extremos llamados a empresas mayores:
Juanito, que se iba a ir pronto al Barça y
Laguna, un joven valor cedido por el Atlético
de Madrid . El uruguayo Bergara, ex del Sevilla, ejercía
de cerebro del equipo.
El equipo contaba con las bajas de dos puntales: Rico
y Galdós; esta situación hizo que Iriondo
sacará del desván a Luis Costa, que
volvía a jugar después de muchos meses
sin vestirse de corto, y que a la larga acabaría
siendo una de las claves del ascenso. Leirós
había perdido loa titularidad y el veterano
Irusquieta cubría la ocasional baja de Rico.
El partido frente a los canarios fue muy difícil;
el Tenerife estuvo muy bien plantado sobre el terreno
de juego, los defensas marcaron con eficacia a los
atacantes zaragocistas, de manera muy especial a Felipe
Ocampos, quien llevaba además varios partidos
sin mojar; Cabrera, Roberto y Esteban taponaron el
centro del campo de tal manera que el Zaragoza no
pudo moverse con la comodidad de otras veces; pero
por encima de todos destacó un jugador que
era hasta entonces un desconocido, el extremo izquierdo
Laguna, que llevó el pánico a la defensa
aragonesa y mostró una clase excepcional.
El primer periodo terminó sin goles, y lo peor
era que no se intuía cómo el Zaragoza
podía abrir la lata canaria. A lo largo de
la segunda mitad Iriondo volvió a recurrir
a Santos, si bien éste no tuvo lucidez ante
sus paisanos, sacando igualmente a Leirós por
un ineficaz Martín, con quien además
la tenía tomada el público. Mediada
la reanudación, el árbitro señaló
un dudoso penalti a favor del Zaragoza; precisamente
al equipo no se le pitaba uno desde el partido de
la primera vuelta en el estadio tinerfeño;
el encargado de ejecutarlo fue de nuevo Totó,
que con un toque suave y magistral dejó clavado
a Domingo y adelantó a su equipo en el marcador.
Parecía que a partir de ahí todo sería
coser y cantar, pero instantes después Laguna
completó su fenomenal actuación con
una volea con la izquierda que dejó helados
a los espectadores de La Romareda y devolvió
al marcador un empate que empezaba a sonar a definitivo.
Pero en esta ocasión, la fortuna que tan pocas
veces había favorecido al equipo a lo largo
de la temporada se vistió con el uniforme blanquillo
y en una buena jugada de Nando Molinos por la banda
derecha, su centro pasado lo remató de cabeza
al fondo de red el central zaragocista González
viniendo desde la izquierda; faltaban menos de cinco
minutos y el tanto dio al Zaragoza una tan importantísima
como inmerecida victoria. Fue paradójico el
desenlace de este partido: uno de los equipos que
mejor fútbol había despegado en La Romareda
se marchaba de vacío merced a un tanto logrado
por uno de los jugadores que más estaban siendo
discutidos en los últimos meses, pues por ciertos
sectores de la prensa y afición se atribuía
a Manolo González la responsabilidad de algunos
de los goles que habían alejado al equipo zaragocista
de su único objetivo.
Las derrotas de Oviedo y Leonesa, unidas al empate
del Castellón daba aún más valor
a la victoria zaragocista; Logroñés
seguía de cerca y al grupo con aspiraciones
se había unido el Rayo Vallecano, con una segunda
vuelta excelente que aún le mantenía
las esperanzas de llegar por fin a Primera.
El trabajado y complicado triunfo ante el Tenerife
reabría la puerta de la esperanza; los demás
resultados habían favorecido y el acenso se
volvía a considerar un objetivo al alcance
de la mano, …. siempre que no se reincidiera
en nuevos tropezones.
Como se dijo, tocaba repetir partido en casa, y el
nuevo rival parecía mucho más asequible
que el Tenerife. El Jerez Deportivo llevaba una marcha
muy renqueante en la División de Plata y el
Zaragoza era muy superior. Se encontraba el equipo
andaluz a la cola de la clasificación, en un
cuádruple y fatal empate con Hércules,
Ferrol y Langreo. El principal mal que aquejaba a
los jerezanos era su poca mordiente atacante, pues
solamente había conseguido 14 goles en 23 partidos.
Su directiva ya había intentado el remedio
de cambiar de entrenador, sustituyendo a D. Villalonga
por un experto en la categoría, el levantino
Camilo Liz.
Pero el problema del Jerez era algo más que
el acierto de quien lo dirigiera desde el banquillo,
pues se trataba de un equipo de corto presupuesto
y que no se había reforzado convenientemente
para afrontar una nueva etapa en 2ª División.
Solamente el veterano capitán Ravelo, el exmadridista
Eduardo González y el veloz e incisivo extremo
derecho Del Pozo eran capaces de estar a la altura,
el resto eran un conjunto de jóvenes voluntariosos
y veteranos de vuelta de todo.
El entrenador zaragocista presentó una alineación
similar a la del Tenerife; Rico volvía a la
titularidad cumplida su sanción, Santos ocupaba
el puesto del lesionado Planas, mientras que Galdós
seguía en el dique seco y Luis Costa tenía
continuidad. El habitual carrusel de extremos se resolvía
esta vez a favor de Leirós y Totó.
Frente a los jerezanos el Zaragoza hizo un buen encuentro,
aunque el resultado no fue rotundo (se ganó
2-0) y los goles no llegaron hasta el segundo tiempo,
el equipo barrió del campo al rival y pudo
obtener una goleada de escándalo.
El verdadero protagonista del encuentro fue Ocampos,
que no solamente marcó los dos tantos, uno
con el pié y otro con la cabeza, sino que llevó
literalmente por la calle de la amargura a los defensas
andaluces, quienes no sabían lo que hacer para
parar la avalancha de juego del paraguayo. La nota
negativa fue la lesión de González,
que ya no pudo jugar en lo que quedaba de temporada.
Las dos victorias seguidas en casa habían dado
al equipo un fuerte empujón en la tabla, aunque
se seguía estando fuera de los tres primeros
puestos y era necesario confirmar la mejoría
en los siguientes encuentros.
El siguiente partido era propició para dar
un golpe fuerte en la mesa; se viajaba a Valencia
para jugar con el filial Mestalla, un conjunto que
solamente había sido capaz de ganar cuatro
partidos en su propio campo y que técnicamente
estaba muy por debajo del Zaragoza.
Iriondo contaba para este encuentro con las bajas
del lesionado González y el sancionado Vallejo,
suplidos por Molinos e Irusquieta, reapareciendo Planas
y contando el mister vasco con la veteranía
de Eleuterio Santos y Luis Costa.
El partido se disputó el domingo por la mañana
y el Zaragoza no pudo con los bisoños jugadores
valencianos. Manolo Mestre, un viejo zorro del fútbol,
hizo un planteamiento inteligente, le dio el dominio
al Zaragoza, pero maniató a sus jugadores y
sostuvo el empate a cero inicial hasta que el colegiado
pitó el final del encuentro. El punto conseguido
era un pobrísimo bagaje que dejaba una semana
más al conjunto aragonés distanciado
de la meta deseada.
Corría el mes de marzo y el rial que se presentaba
en Zaragoza era el San Andrés; los catalanes
llevaban una temporada discreta, sin ninguna aspiración
y sin problema alguno de permanencia. Parecía
un rival asequible y quienes acudimos a La Romareda
esperábamos ver unos cuantos goles de nuestro
equipo: desgraciadamente no fue así.
En la alineación aragonesa destacaba la vuelta
de Vallejo, el afianzamiento en la titularidad de
García Castany y una nueva oportunidad para
Armando Martín. En el rival llamaba la atención
el la presencia de Borrás, que regresaba al
campo donde había jugado las últimas
tres temporadas, el resto eran jugadores que no habían
pasado de la segunda división.
El partido fue muy flojo, posiblemente el peor jugado
por el Zaragoza en toda la temporada; el San Andrés
jugó de forma ordenada y no dejó resquicios
a una delantera zaragocista que no tenía su
día, en especial un desfortunadísimo
Felipe Ocampos; el meta Hernández, que no era
el titular habitual, tuvo una serie de intervenciones
destacadas y la afición contempló con
impotencia como al acabar el encuentro se repetía
el marcador del domingo anterior: un empate a cero
que suponía un revés todavía
más grave.
Faltaban doce partidos para acabar la Liga y el ascenso
parecía que se empezaba a alejar; dos puntos
en dos partidos a priori asequibles era un bagaje
muy pobre y el equipo de Iriondo veía como
el Castellón se distanciaba a 5 puntos, y el
Oviedo y el Elche a 4; eso sí, Logroñés
y Leonesa parecían perder fuelle.
En el mes de febrero se abrió y cerró
la participación del Zaragoza en la Copa; se
trataba de un Torneo históricamente propicio
al equipo, pero con las peculiares circunstancias
de esta temporada no existía ni interés
en el club ni expectación por parte de los
aficionados. El primer rival fue el Tarrasa, uno de
los gallitos del grupo III de tercera división
–de hecho acabaría segundo y jugaría
la promoción de ascenso-, un equipo en el que
sus jugadores más destacados eran el meta Capó,
que con los años jugaría en primera
con el Sabadell y el ariete canario Lo, salido de
la cantera de la Unión Deportiva Las Palmas.
En tierras catalanas el equipo cosechó un intrascendente
empate a cero, mientras en Zaragoza se imponía
por la mínima gracias a un gol de Totó.
El siguiente rival ya era de primera; el sorteo deparó
al Málaga, que estaba haciendo una buena temporada
y que además de los clásicos Martínez,
Montero, Monreal, Arias, Migueli, …. Tenía
como estrellas al meta Deusto y al volante argentino
Sebastián Viberti, que por entonces era objeto
del deseo de los dos gallitos de siempre, Madrid y
Barça y habían fichado ese año
a otro argentino, Vilanova, un fino interior con bastante
fútbol en sus botas. El partido de ida se jugó
en La Romareda y terminó con empate a un tanto,
siendo Ocampos el autor del gol zaragocista; como
en La Rosaleda los andaluces se impusieron 1-0 el
Zaragoza quedó fuera y se pudo dedicar a la
única tarea que ese año valía,
regresar a primera.
Imagen sacada de la
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http://personales.ya.com/hinshabetiko/entrenadores_html.htm