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19
de Febrero de 2008
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por
Falçao |
Tras
la primera vuelta el equipo daba más sensación
de solidez y conjunción que meses antes, pero
no acababa de cuajar del todo. A la ausencia de un
buen organizador, se sumaba la poca fiabilidad del
juego por las bandas, tan sólo Rico, cuya temporada
era excelente, era capaz de abrir las defensas por
los extremos, pues ni Martín ni Oliveros ni
Totó ofrecían soluciones y Leirós
aún no había demostrado sus cualidades.
A todo esto había que sumar que fuera de casa
era fácil que los rivales hicieran el partido
del año y costaba sangre, sudor y lágrimas
arañar puntos. Se habían conseguido
32 goles, cifra respetable, pero los 18 encajados
eran demasiados. Galdós llevaba 8 goles, un
buen montante para alguien que debutaba en el fútbol
de nivel, mientras que Ocampos había logrado
7, a los que habría que añadir las asistencias.
Por el contrario, al equipo le faltaban extremos incisivos
y centrocampistas con llegada.
El
Zaragoza viajaba a Langreo en situación de
extrema necesidad. El equipo minero se encontraba
hundido en la clasificación, pero ya se había
demostrado que en ocasiones esta circunstancia no
servía para nada y que ante el Zaragoza, que
aunque no había ido líder en toda la
Liga era el indiscutible “grande” de la
categoría, todos se crecían.
Frente a los asturianos Rafa Iriondo no pudo contar
con Ocampos, sancionado por acumulación de
tarjetas –era un auténtico coleccionista
de ellas- y presentó como mayor novedad la
inclusión en el equipo titular de Emilio Lacruz,
quien solamente había jugado un ratito en Pontevedra
desde que el bilbaíno había asumido
la dirección del equipo; dejando a Molinos
de volante defensivo, al oscense le acompañaba
un auténtico triunvirato de lujo: Planas, García
Castany y Luis Costa, es decir, un centro del campo
de primera; Galdós y Leirós compusieron
la dupla atacante.
El Langreo, en pura teoría poco podía
oponer frente a la calidad de su rival; su nuevo entrenador
Casas, que había sustituido a Laureano Ruiz
tenía a sus órdenes un grupo de jugadores
de tercera fila, con algún veterano segundón,
clase de tropa y unos pocos jóvenes sin mayor
futuro. Por una vez, la lógica imperó
en el fútbol y el Zaragoza se impuso por 0-1.
A pesar de lo exiguo del marcador, el Zaragoza fue
superior en todo a su rival; la Unión Popular
de Langreo apenas opuso resistencia y un gol de Galdós
antes del descanso dejó el encuentro sentenciado.
El centro de campo aragonés hizo honor al prestigio
de sus componentes y la victoria supuso una inyección
de moral para todos.
La
importancia del triunfo zaragocista aumentó
cuando se supo que los tres máximos rivales
para el ascenso, Oviedo, Castellón y Elche,
habían perdido sus partidos; tras las últimas
decepciones, la esperanza renacía, y con fuerza,
en Zaragoza. El día de San José había
sido redondo en todos los aspectos, se podía
seguir soñando. Se rompía, además,
una racha de más de dos meses sin ganar a domicilio.
Tras el Langreo, correspondía otro rival de
entre el grupo de los más firmes candidatos
al descenso: el Racing de Ferrol. Los gallegos estaban
pagando su pésimo inicio de liga, y aunque
al mando del argentino Rafael Franco habían
mejorado muchísimo, seguían en posición
muy precaria; no obstante el Zaragoza haría
bien en no fiarse, pues el Ferrol contaba entre sus
más recientes hazañas el haber vencido
al real Oviedo y haber empatado en Castalia. Su entrenador
había confiado la tarea de remontar posiciones
en la tabla a los jugadores “de siempre”
de la plantilla –Bastida, Arturo, Rivera, Germán,
Unzueta, …- que habían logrado conformar
un equipo experto, sólido y difícil
de batir, aunque, evidentemente, de una calidad muy
inferior a la del Zaragoza.
Rafa Iriondo repitió el equipo que había
vencido en Langreo, con la única novedad de
la vuelta del ariete Ocampos, que formaba el ataque
con Galdós y Leirós, quedando Lacruz
en el banquillo.
El Ferrol presentó las dificultades esperadas
y el Zaragoza solamente se pudo imponer tras luchar
mucho y gozar de algún que otro favor del colegiado
del partido Sr. Cabezas. Se adelantaron pronto los
blanquillos, al empujar a la red Leirós un
rechace del meta Santi, pero no se arredraron los
gallegos y empataron pronto por medio de su goleador
Germán en una desafortunada acción de
Villanova. El meta aragonés tuvo una larga
fase de desconcierto en la que el Zaragoza estuvo
a punto de encajar más goles, reclamando incluso
los gallegos un penalti. El portero titular del Zaragoza
alegaría con posterioridad al encuentro que
sus pérdida de concentración a lo largo
de la primera parte se había debido a una indisposición
por algo que había comido aquel día.
Con el marcador en tablas, corrió por la grada
la noticia de que el Castellón perdía
en casa con el Villarreal, lo que aumentaba, si cabía,
la importancia de una hipotética victoria zaragocista.
El árbitro volvió a lanzar una pequeña
ayuda al pitar un riguroso penalti por una mano de
dudosa voluntariedad. El máximo castigo lo
<lanzó García Castany –el especialista
Totó estaba en el banquillo- y puso por delante
de nuevo al Zaragoza. Era el primer gol del catalán
con la camiseta blanquilla; con el tiempo tendría
ocasión de marcar muchos más, mostrándose
como un auténtico especialista en el lanzamiento
de penas máximas.
Con victoria mínima del Zaragoza se llegó
al descanso; en la reanudación Villanova y
su defensa, que tampoco había estado fina,
enmendaron sus fallos y el Zaragoza pudo controlar
el partido; el escaso espectáculo del césped
quedó compensado por la doble alegría
de la grada, que a la euforia provocada por el gol
de la tranquilidad, materializado por Leirós
sumaba la que transmitían los corresponsales
de las distintas cadenas de radio en Castellón
al narrar el segundo gol del Villarreal que noqueaba
sorprendentemente a los de La Plana.
El partido frente al Ferrol no fue de los que dejaron
mejor sabor de boca a los aficionados, pero la clasificación
presentaba por vez primera en mucho tiempo un panorama
alentador: el Oviedo y el Elche la encabezaban con
38 puntos, el Castellón, que había perdido
sus dos últimos encuentros, tenía 37
y el Zaragoza, 36. Leonesa y Logroñés,
con 33 y 32, parecían ya con mínimas
posibilidades de ascender.
Al Zaragoza le correspondía un viaje nada fácil
a Alicante. El Hércules estaba en situación
difícil, una larga racha de derrotas le había
llevado a la zona peligrosa de la tabla y acababa
de sustituir a Ignacio Eizaguirre por Valera; pero
era un equipo con potencial superior al que aparentaba
su dramática situación clasificatoria.
En el equipo que se opuso al Zaragoza figuraban jugadores
como Santamaría, Rivera, Sarrachini o Alfonso
que habían jugado en primera, y otros como
Humberto, Pachón y Baena que lo harían
pocos años después.
Ocampos se había lesionado en el partido anterior
y Rafa Iriondo aprovechó su ausencia para reconstruir
el equipo, poniendo a Ruiz Igartua en el centro de
la defensa y bajando a Nando Molinos para ayudar a
Planas, Castany y Costa, que se habían convertido
en una de las claves de la última reacción.
El partido se disputó un domingo por la noche
y el Zaragoza, cuando saltó al viejo campo
de “La Viña” ya sabía que
el Castellón y el Elche habían caído
derrotados con claridad en sus viajes a Logroño
y Cádiz, con lo que una victoria le auparía
a puestos de ascenso tras muchas semanas fuera de
ellos.
Tal
vez por estar demasiado pendiente de lo antes comentado,
el Zaragoza salió poco concentrado al campo
y el Hércules comenzó mejor el encuentro
que su rival y dominó buena parte de la primera
mitad; fruto de su mejor juego y su vocación
atacante los alicantinos consiguieron marcharse al
descanso con un gol de ventaja, merced a un tanto
de Alfonso, un guipuzcoano que había jugado
años antes en primera con el Córdoba.
Una vez reanudado el partido el Zaragoza tomó
las riendas del encuentro y se lanzó sin ningún
tipo de reserva en busca del empate; en esta misión
desempeñó una labor fundamental Luís
Costa, quien jugaba precisamente en su tierra y ya
llevaba varios encuentros figurando entre los destacados
del equipo. El Zaragoza tuvo varias ocasiones de empatar
y fue precisamente el rubio interior alicantino el
que logró el gol que igualaba el marcador.
Luis Costa conseguía su primer gol ese año
con el Zaragoza, logro que iba a repetir a menudo
de aquí al fin de la temporada. Aunque el Zaragoza
intentó dar la vuelta del todo al resultado,
el empate final satisfizo a unos y otros y tuvo como
efecto inmediato el que los aragoneses, con 37 puntos,
alcanzaran al Castellón en la tabla, algo impensable
tan solo hacía tres semanas, aunque el goal-average
desfavorable les mantenía en la cuarta plaza,
a solamente un punto del Elche, que era segundo. El
Oviedo llegaba a los 40 puntos y parecía cada
día más afianzado en la tabla clasificatoria.
Frente al Villarreal, el siguiente equipo en viajar
a Zaragoza, los de Iriondo tenían que afianzar
sus últimos buenos resultados. El equipo levantino,
tras un buen comienzo de Liga, había acumulado
una racha pésima y sus dirigentes habían
decidido prescindir de su entrenador Álvaro
y darle las riendas del equipo a un clásico
de segunda, Lalo. El cambio había acabado teniendo
efecto, pues a la inesperada victoria en Castalia
de hacía quince días había sucedido
un rotundo triunfo por 3-0 frente al Pontevedra el
domingo anterior.
El rival parecía fiero, pero a la hora de la
verdad no ofreció resistencia; los de Lalo
se presentaron si su máxima estrella, el goleador
Burguete, con una defensa que hizo un encuentro desastroso
y con un buen número ex de primera que superaban
la treintena –Flores, Jorge, Casco, Erviti y
el viejo conocido Iznata- que deambularon por el césped
de La Romareda más en plan “viejas glorias”
que como jugadores de competición.
Iriondo presentó tres novedades: Nieves volvió
a la portería, Martín ocupó el
puesto de Leirós y Ocampos regresó al
centro del ataque. El Zaragoza solventó el
encuentro en el primer tiempo, que terminó
con un rotundo 3-0; Galdós, en dos ocasiones,
volvió a acreditar su oportunismo y Planas
marcó su segundo gol del año, al igual
que el anterior con un disparo seco al saque de una
falta al borde del área. El m arcador aún
pudo haber sido mayor.
Al inicio de la segunda parte Javier Galdós
marcó de nuevo, consiguiendo su primer “hat-trick”
como profesional y haciendo pensar a los aficionados
que la goleada podía ser de las que hacen época,
pero el Zaragoza levantó el pié del
acelerador y el Villarreal ni lo intentó. A
lo largo de esta segunda mitad el argentino Martín
marró unas cuantas ocasiones clarísimas,
siendo fuertemente silbado por los espectadores, en
una de esas reacciones tan poco elegantes que en ocasiones
tiene la gente del fútbol.
Esta vez los demás resultados no fueron favorables
a los intereses maños, y los tres principales
rivales para el ascenso consiguieron también
los dos puntos en juego. Leones y Logroñés,
por el contrario, perdieron sus partidos y, con ello,
la poca “chance” que les quedaba.
Con la moral por las nubes llegaba uno de esos encuentros
que tienen un atractivo especial, pues el Zaragoza
viajaba a tierras riojanas para enfrentarse con el
C.D. Logroñés, a la especial rivalidad
que da la cercanía, había que añadir
la excelente temporada del equipo rojiblanco y, sobre
todo, el momento decisivo de la temporada en que nos
encontrábamos.
Efectivamente, los de La Rioja llevaban una temporada
espléndida; el trabajo de León Lasa
estaba siendo excelente, habiendo conseguido un equipo
compacto y eficaz que se encontraba con todo merecimiento
en la parte noble de la clasificación. El Logroñés
no era un conjunto brillante, pero sí tremendamente
efectivo y aunque su cifra de goles a favor no era
excesiva, su seguridad defensiva le hacía sacar
mucho partido de los que conseguía. Su plantilla
estaba fundamentalmente compuesta por jugadores procedentes
del fútbol vasco, destacando esa temporada
de manera muy especial la aportación del centrocampista
Mellado, que estaba cedido por el Betis.
El partido era importantísimo y no se podía
fallar; Iriondo lo preparó a conciencia y realizó
un único cambio respecto al que había
goleado al Villarreal, introduciendo a Molinos en
lugar de García Castany, medida que acreditaba
el respecto que le causaban los riojanos.
A Logroño se desplazó un buen número
de zaragocistas, mientras los demás seguidores
lo seguíamos a través de las ondas,
algunos de ellos mientras veíamos al filial
enfrentarse en la Romareda al Salamanca, en un encuentro
que terminó sin goles.
El partido respondió a todas las expectativas
y sobre el césped de Las Gaunas se vio un enfrentamiento
a cara de perro en el que cada equipo puso de su parte
lo mejor que tenía. Fue un encuentro muy trabado,
en el que hubo pocas oportunidades y muchas interrupciones,
con pasión en gradas y césped y una
gran tensión. El Zaragoza se adelantó
con un tanto marcado por Ocampos, que se convertía
así en la auténtica bestia negra de
los riojanos, pues ya les había marcado dos
goles en la primera vuelta. Pero el Logroñés
no bajo la guardia y antes de llegar el descanso empató
por medio de su volante Marín. Se llegaba al
descanso con las espadas en todo lo alto.
El segundo tiempo resultó no apto para cardíacos
y en el tuvo protagonismo el colegiado del encuentro
Lamo Castillo, un madrileño que con los años
llegaría a internacional. Al poco de iniciarse
la reanudación, el citado árbitro pitó
penalti a favor del Zaragoza, decisión muy
protestada tanto por los jugadores como desde la grada;
no se encontraban sobre el césped ninguno de
los especialistas de la plantilla se encargó
de lanzarlo Armando Martín; recuerdo que en
las gradas de La Romareda, donde los seguidores del
filial seguían el partido de los mayores por
la radio, se comentaba con sorpresa el hecho de que
una pena máxima de tanta trascendencia la intentara
transformar un jugador que llevaba una temporada plena
de desaciertos cara a la portería; se cumplieron
las peores augurios y el pequeño exterior argentino
lanzó pésimamente el penalti por medio
de un disparo raso, flojo y poco colocado que detuvo
sin excesivos agobios el meta rival García
Hernández. La indignación de los seguidores
zaragocistas fue tremenda y, posiblemente, desmesurada
e injusta.
Pero el partido no había terminado y el Zaragoza
no se desanimó y siguió intentando ponerse
de nuevo por delante en el marcador; lo consiguió
en una jugada conflictiva: se había pitado
una falta a favor de los visitantes y el encargado
de sacarla lo hizo rápidamente, sin esperar
a que el colegiado tocara el silbato, recogiendo el
esférico Galdós que mientras los jugadores
rivales intentaban reaccionar batió por bajo
al portero riojano. A pesar de las protestas de los
locales, el gol subió al marcador, quedando
para la polémica de toda la semana la consideración
de si era esa la decisión correcta; el local
Berasategui fue expulsado y hasta que el colegiado
señaló el final del partido, este se
convirtió en un correcalles. No se movió
más el marcador, consiguiendo el Zaragoza dos
puntos vitales. Recuerdo que salí de La Romareda
sin escuchar el final del partido de Las Gaunas y
que el desenlace final lo comprobé en la quiniela
que todas las tardes aparecía en un tablero
situado en el exterior de las oficinas que tenía
“Zaragoza Deportiva” en la calle Marcial.
El Castellón continuaba dando señales
de desgaste y perdió en el Ramón de
Carranza, mientras el Elche no pasaba del empate en
Mallorca y el Oviedo se imponía al Rayo. Los
asturianos se destacaban, mientras Zaragoza y Elche
quedaban a tres puntos y el Castellón a cinco.
Al vencer en el goal-average a los ilicitanos, el
Zaragoza se acostaba ese domingo en el segundo lugar
de la clasificación: parecía que el
camino de la gloria quedaba despejado, pero todavía
quedaba mucho por sufrir.
Faltaban siete partidos para acabar la Liga y el Zaragoza
ya estaba situado donde quería: ya podía
afirmar que dependía de sí mismo. El
día de San Jorge, que en aquella época
no tenía la relevancia de ahora, visitaba La
Romareda el Real Valladolid; los de Pucela venían
realizando una buena temporada y aunque ya no se jugaban
nada, eran un conjunto de cuidado. Destacaban los
vallisoletanos por desplegar un juego ofensivo, lo
que no resultaba nada sencillo en una categoría
donde imperaba el juego físico y se especulaba
bien poco; solamente el Zaragoza y la Leonesa podían
presumir de haber marcado más goles que los
de Zorrilla. El goleador del equipo, Alvarez llegaba
a La Romareda habiendo marcado 10 goles –llegaría
a los 16-, pero sus interiores Lizarralde y Lorenzo
no le iban a la zaga, con 11 y 8 respectivamente,
un total de 29 goles a los que había que añadir
los 6 del extremo navarro Astraín.
Posiblemente el jugador de la plantilla vallisoletana
más conocido en el mundo futbolístico
era el volante uruguayo Endériz, un jugador
dotado de fuerza y técnica que había
jugado en el Zaragoza en la época de los magníficos
y había dejado un grato recuerdo en La Romareda;
había expectación por presenciar su
regreso al campo municipal, pero al final Endériz
no estuvo en la lista de convocados por Héctor
Martín.
Iriondo contó con el equipo que había
dado el do de pecho en Logroño, con Nieves
de nuevo en la puerta y la repetida ausencia de García
Castany; la única modificación fue la
entrada de Oliveros por el desafortunado Martín,
indicativa de que su fallo en Las Gaunas le había
pasado factura.
El Valladolid resultó u n hueso duro de roer
y complicó la vida al Zaragoza. El partido
se puso pronto cuesta arriba, pues un fallo enorme
de Violeta permitió a Lizarralde, un guipuzcoano
que había triunfado en el Sevilla, encarar
a Nieves y batirle por bajo. El león de Torrero
era un fenómeno, pero le gustaba mucho salir
con el balón controlado, loable costumbre que
le llevaba a veces a recrearse con regates en las
cercanías de su propia área, riesgo
que esa tarde costó a su equipo ir con el marcador
en contra cuando aún no se llevaba un cuarto
de hora de partido.
El miedo hizo acto de presencia en las gradas zaragocistas,
pero el equipo reaccionó y con la moral que
tenía y la verticalidad y potencia ofensiva
de su juego supo encerrar al Valladolid y darle la
vuelta al marcador antes de llegar al descanso. El
gol del empate lo obtuvo Javier Planas de falta indirecta
al borde del área, el gol fue idéntico
al que había logrado quince días antes
frente al Villarreal, aunque en esta ocasión
su trascendencia era mucho mayor. Cuando el reloj
se aproximaba al minuto 45 hubo una meleé en
el área del Valladolid, con intervenciones
de Ocampos y Galdós, siendo al final Oliveros
quien empujó el balón hasta el fondo
de la red, fue el único gol del sevillano en
toda la Liga, pero llegó como agua de mayo.
Quedaba todo un tiempo para acabar el partido y el
Valladolid no se rindió; su entrenador retiró
a Sedano, un jugador cuya edad no llegamos a conocer,
pero con unas entradas capilares y un aparente exceso
de quilos que hacían intuir muchos partidos
en sus piernas y que estaba jugando como falso extremo
zurdo, sacando a un entonces jovencísimo Julio
Cardeñosa, que en el tiempo que estuvo en el
campo dio muestras de la enorme clase que con los
años le llevaría a metas mucho más
altas. El Valladolid buscó el empate, y, como
ya se ha dicho, tenía argumentos para ello,
aunque acabó siendo el Zaragoza quien remató
el partido con un gol de Ocampos al aprovechar un
rechace del meta Llacer.
El 3-1 final supo a gloria a la afición y constituyó
un refuerzo para la posición de lujo que ocupaba
el Zaragoza en la tabla, además de resultar
providencial, pues Oviedo, Castellón y Elche
también habían resuelto sus compromisos
con victorias.
En el capítulo de lo anecdótico cabe
destacar las declaraciones de Héctor Martín,
mister vallisoletano, en la rueda de prensa posterior
al partido, criticando el juego del Zaragoza y afirmando
literalmente que el equipo maño era “muy
malo” y que si él jugaba así en
Zorrilla “le linchaban”; no había
sido el mejor encuentro en casa del Zaragoza, pero
las palabras del mister castellano fueron un exceso.
La Jornada 34 era importante, el Oviedo y el Elche
se enfrentaban entre sí y el Zaragoza tendría
la oportunidad de acercarse al primero o distanciarse
del segundo. Se viajaba a Cádiz para enfrentarse
a un rival con el que curiosamente no se habían
visto las caras, pues como ya se dijo el partido de
ida, que tenía que jugarse en Zaragoza, se
había dejado para el final.
El Cádiz estaba mal situado en la clasificación
y ya había tenido tres entrenadores, iniciando
el año con García de Andoaín,
sustituido luego por el veterano y viejo conocido
Fernando Daucik, que también fue cesado, haciéndose
cargo del mismo José Antonio Naya un joven
entrenador que presumía de duro y que tenía
bastante afición a las declaraciones altisonantes
y a marcarse algún que otro farol verbal.
La plantilla del Cádiz no era mala, con jugadores
que habían jugado bastantes partidos en primera,
como el interior diestro juanito y su goleador Machicha,
que lo habían hecho en el Málaga y el
extremo Otiñano, que había destacado
en el Málaga. También destacaban el
meta Paco, que se haría famoso en el Sevilla
con el alias de “SuperPaco”, el lateral
zurdo Soriano, el central Aguilera, cedido por el
Granada y el ratonil extremo Baena, que años
después ficharía, con poco éxito,
por el Atlético de Madrid. Aunque las dos auténticas
estrellas del equipo de la “Tacita de Plata”
eran sus dos medios volantes: el más defensivo
era Migueli, que dos años después se
iría al barça y sería indiscutible
en el Camp Nou y en la selección nacional y
el medio centro Andrés, que estaba realizando
una temporada sensacional, fichando al final de la
misma por el primer equipo del Real Madrid, donde
no consiguió destacar.
El Zaragoza llegaba enrrachado al Ramón de
Carranza, habiendo enlazado tres victorias seguidas,
con la moral en todo lo alto y la ambición
de consolidar su segunda plaza. Como cuando funcionan
las cosas no es bueno cambiar, la alineación
que saltó al campo gaditano fue la misma que
lo había hecho en casa siete días antes.
Pero las buenas perspectivas no se cumplieron y el
equipo volvió a las andadas, saliendo de Cádiz
derrotado y devolviendo al ambiente zaragocista una
incertidumbre que parecía olvidada.
El partido tuvo una buena parte de encerrona; la afición
gaditana, consciente de lo mucho que se jugaba su
equipo y de la insultante superioridad técnica
del rival, estuvo presionante y gritona y los jugadores
amarillos usaron, además de una encomiable
entrega y un tremendo despliegue físico del
mundo, todas las artes lícitas e ilícitas
para frenar primero y desquiciar después al
Zaragoza. Al descanso se llegó sin goles; el
empate no era un mal resultado, pero tal como iban
las cosas se consideraba que quedaba todo un mundo
por jugar.
Al poco de comenzar la segunda parte el veterano ariete
Machicha abrió el marcador, gol que el que
ya sumaba 14 e hizo temblar las estructuras blanquillas.
El Zaragoza se rehizo y Ocampos empató a los
pocos minutos, pero el tanto del paraguayo ni serenó
al Zaragoza ni desanimó al Cádiz, que
siguió luchando. El partido se calentó
muchísimo y al aparecer las provocaciones volvió
a caer el de siempre, acabando Felipe Ocampos expulsado.
A la expulsión del ariete aragonés siguió
el segundo gol gaditano, logrado por su figura Andrés
y a partir de allí el partido ya no lo controló
nadie, fueron expulsados los locales Migueli y Lara
y Rafa Iriondo hizo saltar al campo a Santos y García
Castany con la intención de utilizar la veteranía
del primero y la calidad de ambos para conseguir cuando
menos el empate, pero ya no pudo ser y se regresó
a Zaragoza de vacío.
El Oviedo se impuso por la mínima al Elche
y el Castellón solamente logró empatar
en Mallorca, lo que suponía mantener el segundo
puesto, pero la progresión se había
cortado de golpe y se temían las secuelas de
la batalla de Cádiz.
Comenzaba el mes de mayo y el primer rival iba a ser
la Cultural Leonesa; el equipo de León había
sido la revelación de la temporada, aunque
en la última recta de la Liga se había
desinflado. A pesar de ello seguía ocupando
un lugar preferente en la clasificación y podía
presumir de tener uno de los ataques más goleadores
de la categoría.
La Leonesa llegó a Zaragoza en cuadro, con
una defensa recompuesta y con la ausencia de sus tres
jugadores más brillantes: los interiores Villafane
y Larrauri y, sobre todo, su gran estrella, el goleador
Marianín, que había marcado 15 goles
y era una de las sensaciones del año en segunda
división.
Al final la batalla del Carranza no tuvo consecuencias
graves, Ocampos no fue castigado con partido alguno
y las únicas novedades de Iriondo fueron la
vuelta de Villanova a la portería, la presencia
de García Castany en el lugar de Planas, que
tenía molestias y no fue convocado y el enésimo
cambio en el extremo diestro, con una nueva oportunidad
para Martín.
Los castellanos notaron mucho sus bajas y se convirtieron
en el rival idóneo para que el Zaragoza restrañara
sus heridas. En un primer tiempo arrasador los de
Iriondo batieron en tres ocasiones al veterano meta
Bernardo: la primera en una falta al borde del área
resuelta por García Castany con un disparo
seco y fulminante, la segunda en una jugada de picardía
que culminó Luís Costa y por último
con un cabezazo desde cerca de Galdós. Pudieron
caer más, destacando el esfuerzo de Martín,
a quien la afición acabó aplaudiendo,
en una demostración de que el público
zaragozano tiene su corazoncito.
El segundo tiempo fue un auténtico “tostón”,
el Zaragoza estuvo sesteando los 45 minutos y la Leonesa
se estiró, logrando su gol por medio del carrilero
Godoy en un disparo que pasó por debajo del
cuerpo de Villanova. Con 3-1 acabó un encuentro
al que le sobró un tiempo.
Los resultados de los rivales supusieron un cierto
aldabonazo para el Zaragoza, pues mientras el Castellón
vencía al Rayo Vallecano, el Oviedo caía
en Santander y el Elche en Tenerife. No obstante,
los de Castalia estaban a un punto y los de Altabix,
dos, por lo que no cabían confianzas.
Pero no había tiempo de saborear la victoria
ante los de León; quedaban cuatro jornadas
y había que visitar el estadio Luis Sitjar
de Mallorca; el Oviedo y el Castellón se enfrentaban
entre sí en la capital del principado, mientras
el Elche recibía a un débil Racing de
Santander. Estaba claro que un pinchazo en las Islas
Baleares suponía correr un riesgo tremendo.
El Mallorca no tenía el agua al cuello, pero
no podía confiarse y necesitaba ganar cuanto
antes para asegurar la permanencia; llevaba una floja
segunda vuelta en la que solamente había obtenido
cuatro victorias. Su entrenador, Sasó, era
el tercero de la temporada y presentó ante
el Zaragoza un equipo con sin nombres relevantes,
con cuatro jugadores de la cantera y otros tantos
salidos del fútbol catalán; en el banquillo
figuraba Moya, un extremo que había estado
en el Zaragoza y que llevaba la temporada en blanco,
habiéndose vestido de corto por vez primera
el domingo anterior. Cuando comenzó el encuentro
nadie podía pensar que Moya iba a decidirlo
e iba a apear a su ex equipo de los puestos de ascenso.
El Zaragoza saltó al césped balear con
los mismos jugadores que habían vencido a la
Leonesa; en ese equipo titular llevaba varias semanas
afianzándose Juan José Ruiz Igartúa,
un central vizcaíno de excelente planta y un
juego muy sobrio y eficaz; accedió al equipo
al lesionarse González y había hecho
olvidar al granadino.
El conjunto aragonés nunca estuvo a la altura
necesaria y se dejó comer el terreno por su
rival. El primer tiempo transcurrió sin que
ninguno de los equipos hiciera demasiado por ponerse
con ventaja y terminó sin goles; el empate
era un resultado que satisfacía a los locales
y el Zaragoza no parecía aspirar a más.
La segunda mitad transcurría con el mismo tono
y daba la impresión de que el Zaragoza consideraba
que el empate le bastaba para confirmar en su propio
campo el ansiado ascenso, pero cuando se especula
en fútbol las consecuencias pueden ser funestas.
El ya citado Moya comenzó a calentar en la
banda, y por el pensamiento de muchos zaragocistas
que lo escuchábamos por la radio apareció
ese temor al gafe que no se sabe porqué suele
asomar en estos casos, tal vez por esos extraños
tópicos que corren por ahí, creo recordar
que el propio periodista que retransmitía el
encuentro manifestó su reticencia ante la salida
del ex zaragocista al terreno de juego. La cuestión
es que el maleficio se hizo realidad y a los pocos
minutos de entrar en sustitución del inoperante
argentino Doval, Moya batió a Villanova y puso
a su equipo por delante.
A partir de ahí todo fueron prisas, el Zaragoza
se volcó en los pocos minutos que faltaban
para terminar el encuentro sobre la portería
rival y tuvo alguna que otra ocasión, pero
el Mallorca se defendió bien y el marcador
ya no se movió. La derrota mínima supuso
una decepción enorme y tuvo consecuencias gravísimas.
El Oviedo y el Castellón empataron a cero,
mientras el Elche barría al Racing (3-0); el
equipo carbayón se destacaba con 51 puntos
y pie y medio en primera, mientras sus tres rivales
configuraban un triple empate a 45, situación
en la que quien perdía era, por desgracia,
el Real Zaragoza. Quedaban tres partidos, seis puntos
y el equipo aragonés volvía a caer a
puestos sin ascenso; era como comenzar de nuevo, aunque
ahora las oportunidades eran ya muy pocas. Faltaban
tres finales, tres partidos auténticamente
a cara de perro. |