Contacto AZ Haznos tu página de inicio Añadenos a tus favoritos Videos AZ Audios AZ ForoForo

<-- Entra en nuestro foro, la mayor comunidad zaragocista en internet

Saladeporte

1971-72 (6): Se llega al final
con las espadas en alto

19 de Febrero de 2008

por Falçao

Tras la primera vuelta el equipo daba más sensación de solidez y conjunción que meses antes, pero no acababa de cuajar del todo. A la ausencia de un buen organizador, se sumaba la poca fiabilidad del juego por las bandas, tan sólo Rico, cuya temporada era excelente, era capaz de abrir las defensas por los extremos, pues ni Martín ni Oliveros ni Totó ofrecían soluciones y Leirós aún no había demostrado sus cualidades. A todo esto había que sumar que fuera de casa era fácil que los rivales hicieran el partido del año y costaba sangre, sudor y lágrimas arañar puntos. Se habían conseguido 32 goles, cifra respetable, pero los 18 encajados eran demasiados. Galdós llevaba 8 goles, un buen montante para alguien que debutaba en el fútbol de nivel, mientras que Ocampos había logrado 7, a los que habría que añadir las asistencias. Por el contrario, al equipo le faltaban extremos incisivos y centrocampistas con llegada.

El Zaragoza viajaba a Langreo en situación de extrema necesidad. El equipo minero se encontraba hundido en la clasificación, pero ya se había demostrado que en ocasiones esta circunstancia no servía para nada y que ante el Zaragoza, que aunque no había ido líder en toda la Liga era el indiscutible “grande” de la categoría, todos se crecían.

Frente a los asturianos Rafa Iriondo no pudo contar con Ocampos, sancionado por acumulación de tarjetas –era un auténtico coleccionista de ellas- y presentó como mayor novedad la inclusión en el equipo titular de Emilio Lacruz, quien solamente había jugado un ratito en Pontevedra desde que el bilbaíno había asumido la dirección del equipo; dejando a Molinos de volante defensivo, al oscense le acompañaba un auténtico triunvirato de lujo: Planas, García Castany y Luis Costa, es decir, un centro del campo de primera; Galdós y Leirós compusieron la dupla atacante.

El Langreo, en pura teoría poco podía oponer frente a la calidad de su rival; su nuevo entrenador Casas, que había sustituido a Laureano Ruiz tenía a sus órdenes un grupo de jugadores de tercera fila, con algún veterano segundón, clase de tropa y unos pocos jóvenes sin mayor futuro. Por una vez, la lógica imperó en el fútbol y el Zaragoza se impuso por 0-1.

A pesar de lo exiguo del marcador, el Zaragoza fue superior en todo a su rival; la Unión Popular de Langreo apenas opuso resistencia y un gol de Galdós antes del descanso dejó el encuentro sentenciado. El centro de campo aragonés hizo honor al prestigio de sus componentes y la victoria supuso una inyección de moral para todos.

La importancia del triunfo zaragocista aumentó cuando se supo que los tres máximos rivales para el ascenso, Oviedo, Castellón y Elche, habían perdido sus partidos; tras las últimas decepciones, la esperanza renacía, y con fuerza, en Zaragoza. El día de San José había sido redondo en todos los aspectos, se podía seguir soñando. Se rompía, además, una racha de más de dos meses sin ganar a domicilio.

Tras el Langreo, correspondía otro rival de entre el grupo de los más firmes candidatos al descenso: el Racing de Ferrol. Los gallegos estaban pagando su pésimo inicio de liga, y aunque al mando del argentino Rafael Franco habían mejorado muchísimo, seguían en posición muy precaria; no obstante el Zaragoza haría bien en no fiarse, pues el Ferrol contaba entre sus más recientes hazañas el haber vencido al real Oviedo y haber empatado en Castalia. Su entrenador había confiado la tarea de remontar posiciones en la tabla a los jugadores “de siempre” de la plantilla –Bastida, Arturo, Rivera, Germán, Unzueta, …- que habían logrado conformar un equipo experto, sólido y difícil de batir, aunque, evidentemente, de una calidad muy inferior a la del Zaragoza.

Rafa Iriondo repitió el equipo que había vencido en Langreo, con la única novedad de la vuelta del ariete Ocampos, que formaba el ataque con Galdós y Leirós, quedando Lacruz en el banquillo.

El Ferrol presentó las dificultades esperadas y el Zaragoza solamente se pudo imponer tras luchar mucho y gozar de algún que otro favor del colegiado del partido Sr. Cabezas. Se adelantaron pronto los blanquillos, al empujar a la red Leirós un rechace del meta Santi, pero no se arredraron los gallegos y empataron pronto por medio de su goleador Germán en una desafortunada acción de Villanova. El meta aragonés tuvo una larga fase de desconcierto en la que el Zaragoza estuvo a punto de encajar más goles, reclamando incluso los gallegos un penalti. El portero titular del Zaragoza alegaría con posterioridad al encuentro que sus pérdida de concentración a lo largo de la primera parte se había debido a una indisposición por algo que había comido aquel día.

Con el marcador en tablas, corrió por la grada la noticia de que el Castellón perdía en casa con el Villarreal, lo que aumentaba, si cabía, la importancia de una hipotética victoria zaragocista. El árbitro volvió a lanzar una pequeña ayuda al pitar un riguroso penalti por una mano de dudosa voluntariedad. El máximo castigo lo <lanzó García Castany –el especialista Totó estaba en el banquillo- y puso por delante de nuevo al Zaragoza. Era el primer gol del catalán con la camiseta blanquilla; con el tiempo tendría ocasión de marcar muchos más, mostrándose como un auténtico especialista en el lanzamiento de penas máximas.

Con victoria mínima del Zaragoza se llegó al descanso; en la reanudación Villanova y su defensa, que tampoco había estado fina, enmendaron sus fallos y el Zaragoza pudo controlar el partido; el escaso espectáculo del césped quedó compensado por la doble alegría de la grada, que a la euforia provocada por el gol de la tranquilidad, materializado por Leirós sumaba la que transmitían los corresponsales de las distintas cadenas de radio en Castellón al narrar el segundo gol del Villarreal que noqueaba sorprendentemente a los de La Plana.

El partido frente al Ferrol no fue de los que dejaron mejor sabor de boca a los aficionados, pero la clasificación presentaba por vez primera en mucho tiempo un panorama alentador: el Oviedo y el Elche la encabezaban con 38 puntos, el Castellón, que había perdido sus dos últimos encuentros, tenía 37 y el Zaragoza, 36. Leonesa y Logroñés, con 33 y 32, parecían ya con mínimas posibilidades de ascender.

Al Zaragoza le correspondía un viaje nada fácil a Alicante. El Hércules estaba en situación difícil, una larga racha de derrotas le había llevado a la zona peligrosa de la tabla y acababa de sustituir a Ignacio Eizaguirre por Valera; pero era un equipo con potencial superior al que aparentaba su dramática situación clasificatoria. En el equipo que se opuso al Zaragoza figuraban jugadores como Santamaría, Rivera, Sarrachini o Alfonso que habían jugado en primera, y otros como Humberto, Pachón y Baena que lo harían pocos años después.

Ocampos se había lesionado en el partido anterior y Rafa Iriondo aprovechó su ausencia para reconstruir el equipo, poniendo a Ruiz Igartua en el centro de la defensa y bajando a Nando Molinos para ayudar a Planas, Castany y Costa, que se habían convertido en una de las claves de la última reacción.

El partido se disputó un domingo por la noche y el Zaragoza, cuando saltó al viejo campo de “La Viña” ya sabía que el Castellón y el Elche habían caído derrotados con claridad en sus viajes a Logroño y Cádiz, con lo que una victoria le auparía a puestos de ascenso tras muchas semanas fuera de ellos.

Tal vez por estar demasiado pendiente de lo antes comentado, el Zaragoza salió poco concentrado al campo y el Hércules comenzó mejor el encuentro que su rival y dominó buena parte de la primera mitad; fruto de su mejor juego y su vocación atacante los alicantinos consiguieron marcharse al descanso con un gol de ventaja, merced a un tanto de Alfonso, un guipuzcoano que había jugado años antes en primera con el Córdoba.

Una vez reanudado el partido el Zaragoza tomó las riendas del encuentro y se lanzó sin ningún tipo de reserva en busca del empate; en esta misión desempeñó una labor fundamental Luís Costa, quien jugaba precisamente en su tierra y ya llevaba varios encuentros figurando entre los destacados del equipo. El Zaragoza tuvo varias ocasiones de empatar y fue precisamente el rubio interior alicantino el que logró el gol que igualaba el marcador. Luis Costa conseguía su primer gol ese año con el Zaragoza, logro que iba a repetir a menudo de aquí al fin de la temporada. Aunque el Zaragoza intentó dar la vuelta del todo al resultado, el empate final satisfizo a unos y otros y tuvo como efecto inmediato el que los aragoneses, con 37 puntos, alcanzaran al Castellón en la tabla, algo impensable tan solo hacía tres semanas, aunque el goal-average desfavorable les mantenía en la cuarta plaza, a solamente un punto del Elche, que era segundo. El Oviedo llegaba a los 40 puntos y parecía cada día más afianzado en la tabla clasificatoria.

Frente al Villarreal, el siguiente equipo en viajar a Zaragoza, los de Iriondo tenían que afianzar sus últimos buenos resultados. El equipo levantino, tras un buen comienzo de Liga, había acumulado una racha pésima y sus dirigentes habían decidido prescindir de su entrenador Álvaro y darle las riendas del equipo a un clásico de segunda, Lalo. El cambio había acabado teniendo efecto, pues a la inesperada victoria en Castalia de hacía quince días había sucedido un rotundo triunfo por 3-0 frente al Pontevedra el domingo anterior.

El rival parecía fiero, pero a la hora de la verdad no ofreció resistencia; los de Lalo se presentaron si su máxima estrella, el goleador Burguete, con una defensa que hizo un encuentro desastroso y con un buen número ex de primera que superaban la treintena –Flores, Jorge, Casco, Erviti y el viejo conocido Iznata- que deambularon por el césped de La Romareda más en plan “viejas glorias” que como jugadores de competición.

Iriondo presentó tres novedades: Nieves volvió a la portería, Martín ocupó el puesto de Leirós y Ocampos regresó al centro del ataque. El Zaragoza solventó el encuentro en el primer tiempo, que terminó con un rotundo 3-0; Galdós, en dos ocasiones, volvió a acreditar su oportunismo y Planas marcó su segundo gol del año, al igual que el anterior con un disparo seco al saque de una falta al borde del área. El m arcador aún pudo haber sido mayor.

Al inicio de la segunda parte Javier Galdós marcó de nuevo, consiguiendo su primer “hat-trick” como profesional y haciendo pensar a los aficionados que la goleada podía ser de las que hacen época, pero el Zaragoza levantó el pié del acelerador y el Villarreal ni lo intentó. A lo largo de esta segunda mitad el argentino Martín marró unas cuantas ocasiones clarísimas, siendo fuertemente silbado por los espectadores, en una de esas reacciones tan poco elegantes que en ocasiones tiene la gente del fútbol.

Esta vez los demás resultados no fueron favorables a los intereses maños, y los tres principales rivales para el ascenso consiguieron también los dos puntos en juego. Leones y Logroñés, por el contrario, perdieron sus partidos y, con ello, la poca “chance” que les quedaba.

Con la moral por las nubes llegaba uno de esos encuentros que tienen un atractivo especial, pues el Zaragoza viajaba a tierras riojanas para enfrentarse con el C.D. Logroñés, a la especial rivalidad que da la cercanía, había que añadir la excelente temporada del equipo rojiblanco y, sobre todo, el momento decisivo de la temporada en que nos encontrábamos.

Efectivamente, los de La Rioja llevaban una temporada espléndida; el trabajo de León Lasa estaba siendo excelente, habiendo conseguido un equipo compacto y eficaz que se encontraba con todo merecimiento en la parte noble de la clasificación. El Logroñés no era un conjunto brillante, pero sí tremendamente efectivo y aunque su cifra de goles a favor no era excesiva, su seguridad defensiva le hacía sacar mucho partido de los que conseguía. Su plantilla estaba fundamentalmente compuesta por jugadores procedentes del fútbol vasco, destacando esa temporada de manera muy especial la aportación del centrocampista Mellado, que estaba cedido por el Betis.

El partido era importantísimo y no se podía fallar; Iriondo lo preparó a conciencia y realizó un único cambio respecto al que había goleado al Villarreal, introduciendo a Molinos en lugar de García Castany, medida que acreditaba el respecto que le causaban los riojanos.

A Logroño se desplazó un buen número de zaragocistas, mientras los demás seguidores lo seguíamos a través de las ondas, algunos de ellos mientras veíamos al filial enfrentarse en la Romareda al Salamanca, en un encuentro que terminó sin goles.

El partido respondió a todas las expectativas y sobre el césped de Las Gaunas se vio un enfrentamiento a cara de perro en el que cada equipo puso de su parte lo mejor que tenía. Fue un encuentro muy trabado, en el que hubo pocas oportunidades y muchas interrupciones, con pasión en gradas y césped y una gran tensión. El Zaragoza se adelantó con un tanto marcado por Ocampos, que se convertía así en la auténtica bestia negra de los riojanos, pues ya les había marcado dos goles en la primera vuelta. Pero el Logroñés no bajo la guardia y antes de llegar el descanso empató por medio de su volante Marín. Se llegaba al descanso con las espadas en todo lo alto.

El segundo tiempo resultó no apto para cardíacos y en el tuvo protagonismo el colegiado del encuentro Lamo Castillo, un madrileño que con los años llegaría a internacional. Al poco de iniciarse la reanudación, el citado árbitro pitó penalti a favor del Zaragoza, decisión muy protestada tanto por los jugadores como desde la grada; no se encontraban sobre el césped ninguno de los especialistas de la plantilla se encargó de lanzarlo Armando Martín; recuerdo que en las gradas de La Romareda, donde los seguidores del filial seguían el partido de los mayores por la radio, se comentaba con sorpresa el hecho de que una pena máxima de tanta trascendencia la intentara transformar un jugador que llevaba una temporada plena de desaciertos cara a la portería; se cumplieron las peores augurios y el pequeño exterior argentino lanzó pésimamente el penalti por medio de un disparo raso, flojo y poco colocado que detuvo sin excesivos agobios el meta rival García Hernández. La indignación de los seguidores zaragocistas fue tremenda y, posiblemente, desmesurada e injusta.

Pero el partido no había terminado y el Zaragoza no se desanimó y siguió intentando ponerse de nuevo por delante en el marcador; lo consiguió en una jugada conflictiva: se había pitado una falta a favor de los visitantes y el encargado de sacarla lo hizo rápidamente, sin esperar a que el colegiado tocara el silbato, recogiendo el esférico Galdós que mientras los jugadores rivales intentaban reaccionar batió por bajo al portero riojano. A pesar de las protestas de los locales, el gol subió al marcador, quedando para la polémica de toda la semana la consideración de si era esa la decisión correcta; el local Berasategui fue expulsado y hasta que el colegiado señaló el final del partido, este se convirtió en un correcalles. No se movió más el marcador, consiguiendo el Zaragoza dos puntos vitales. Recuerdo que salí de La Romareda sin escuchar el final del partido de Las Gaunas y que el desenlace final lo comprobé en la quiniela que todas las tardes aparecía en un tablero situado en el exterior de las oficinas que tenía “Zaragoza Deportiva” en la calle Marcial.

El Castellón continuaba dando señales de desgaste y perdió en el Ramón de Carranza, mientras el Elche no pasaba del empate en Mallorca y el Oviedo se imponía al Rayo. Los asturianos se destacaban, mientras Zaragoza y Elche quedaban a tres puntos y el Castellón a cinco. Al vencer en el goal-average a los ilicitanos, el Zaragoza se acostaba ese domingo en el segundo lugar de la clasificación: parecía que el camino de la gloria quedaba despejado, pero todavía quedaba mucho por sufrir.

Faltaban siete partidos para acabar la Liga y el Zaragoza ya estaba situado donde quería: ya podía afirmar que dependía de sí mismo. El día de San Jorge, que en aquella época no tenía la relevancia de ahora, visitaba La Romareda el Real Valladolid; los de Pucela venían realizando una buena temporada y aunque ya no se jugaban nada, eran un conjunto de cuidado. Destacaban los vallisoletanos por desplegar un juego ofensivo, lo que no resultaba nada sencillo en una categoría donde imperaba el juego físico y se especulaba bien poco; solamente el Zaragoza y la Leonesa podían presumir de haber marcado más goles que los de Zorrilla. El goleador del equipo, Alvarez llegaba a La Romareda habiendo marcado 10 goles –llegaría a los 16-, pero sus interiores Lizarralde y Lorenzo no le iban a la zaga, con 11 y 8 respectivamente, un total de 29 goles a los que había que añadir los 6 del extremo navarro Astraín.

Posiblemente el jugador de la plantilla vallisoletana más conocido en el mundo futbolístico era el volante uruguayo Endériz, un jugador dotado de fuerza y técnica que había jugado en el Zaragoza en la época de los magníficos y había dejado un grato recuerdo en La Romareda; había expectación por presenciar su regreso al campo municipal, pero al final Endériz no estuvo en la lista de convocados por Héctor Martín.

Iriondo contó con el equipo que había dado el do de pecho en Logroño, con Nieves de nuevo en la puerta y la repetida ausencia de García Castany; la única modificación fue la entrada de Oliveros por el desafortunado Martín, indicativa de que su fallo en Las Gaunas le había pasado factura.

El Valladolid resultó u n hueso duro de roer y complicó la vida al Zaragoza. El partido se puso pronto cuesta arriba, pues un fallo enorme de Violeta permitió a Lizarralde, un guipuzcoano que había triunfado en el Sevilla, encarar a Nieves y batirle por bajo. El león de Torrero era un fenómeno, pero le gustaba mucho salir con el balón controlado, loable costumbre que le llevaba a veces a recrearse con regates en las cercanías de su propia área, riesgo que esa tarde costó a su equipo ir con el marcador en contra cuando aún no se llevaba un cuarto de hora de partido.

El miedo hizo acto de presencia en las gradas zaragocistas, pero el equipo reaccionó y con la moral que tenía y la verticalidad y potencia ofensiva de su juego supo encerrar al Valladolid y darle la vuelta al marcador antes de llegar al descanso. El gol del empate lo obtuvo Javier Planas de falta indirecta al borde del área, el gol fue idéntico al que había logrado quince días antes frente al Villarreal, aunque en esta ocasión su trascendencia era mucho mayor. Cuando el reloj se aproximaba al minuto 45 hubo una meleé en el área del Valladolid, con intervenciones de Ocampos y Galdós, siendo al final Oliveros quien empujó el balón hasta el fondo de la red, fue el único gol del sevillano en toda la Liga, pero llegó como agua de mayo.

Quedaba todo un tiempo para acabar el partido y el Valladolid no se rindió; su entrenador retiró a Sedano, un jugador cuya edad no llegamos a conocer, pero con unas entradas capilares y un aparente exceso de quilos que hacían intuir muchos partidos en sus piernas y que estaba jugando como falso extremo zurdo, sacando a un entonces jovencísimo Julio Cardeñosa, que en el tiempo que estuvo en el campo dio muestras de la enorme clase que con los años le llevaría a metas mucho más altas. El Valladolid buscó el empate, y, como ya se ha dicho, tenía argumentos para ello, aunque acabó siendo el Zaragoza quien remató el partido con un gol de Ocampos al aprovechar un rechace del meta Llacer.

El 3-1 final supo a gloria a la afición y constituyó un refuerzo para la posición de lujo que ocupaba el Zaragoza en la tabla, además de resultar providencial, pues Oviedo, Castellón y Elche también habían resuelto sus compromisos con victorias.

En el capítulo de lo anecdótico cabe destacar las declaraciones de Héctor Martín, mister vallisoletano, en la rueda de prensa posterior al partido, criticando el juego del Zaragoza y afirmando literalmente que el equipo maño era “muy malo” y que si él jugaba así en Zorrilla “le linchaban”; no había sido el mejor encuentro en casa del Zaragoza, pero las palabras del mister castellano fueron un exceso.

La Jornada 34 era importante, el Oviedo y el Elche se enfrentaban entre sí y el Zaragoza tendría la oportunidad de acercarse al primero o distanciarse del segundo. Se viajaba a Cádiz para enfrentarse a un rival con el que curiosamente no se habían visto las caras, pues como ya se dijo el partido de ida, que tenía que jugarse en Zaragoza, se había dejado para el final.

El Cádiz estaba mal situado en la clasificación y ya había tenido tres entrenadores, iniciando el año con García de Andoaín, sustituido luego por el veterano y viejo conocido Fernando Daucik, que también fue cesado, haciéndose cargo del mismo José Antonio Naya un joven entrenador que presumía de duro y que tenía bastante afición a las declaraciones altisonantes y a marcarse algún que otro farol verbal.

La plantilla del Cádiz no era mala, con jugadores que habían jugado bastantes partidos en primera, como el interior diestro juanito y su goleador Machicha, que lo habían hecho en el Málaga y el extremo Otiñano, que había destacado en el Málaga. También destacaban el meta Paco, que se haría famoso en el Sevilla con el alias de “SuperPaco”, el lateral zurdo Soriano, el central Aguilera, cedido por el Granada y el ratonil extremo Baena, que años después ficharía, con poco éxito, por el Atlético de Madrid. Aunque las dos auténticas estrellas del equipo de la “Tacita de Plata” eran sus dos medios volantes: el más defensivo era Migueli, que dos años después se iría al barça y sería indiscutible en el Camp Nou y en la selección nacional y el medio centro Andrés, que estaba realizando una temporada sensacional, fichando al final de la misma por el primer equipo del Real Madrid, donde no consiguió destacar.

El Zaragoza llegaba enrrachado al Ramón de Carranza, habiendo enlazado tres victorias seguidas, con la moral en todo lo alto y la ambición de consolidar su segunda plaza. Como cuando funcionan las cosas no es bueno cambiar, la alineación que saltó al campo gaditano fue la misma que lo había hecho en casa siete días antes. Pero las buenas perspectivas no se cumplieron y el equipo volvió a las andadas, saliendo de Cádiz derrotado y devolviendo al ambiente zaragocista una incertidumbre que parecía olvidada.

El partido tuvo una buena parte de encerrona; la afición gaditana, consciente de lo mucho que se jugaba su equipo y de la insultante superioridad técnica del rival, estuvo presionante y gritona y los jugadores amarillos usaron, además de una encomiable entrega y un tremendo despliegue físico del mundo, todas las artes lícitas e ilícitas para frenar primero y desquiciar después al Zaragoza. Al descanso se llegó sin goles; el empate no era un mal resultado, pero tal como iban las cosas se consideraba que quedaba todo un mundo por jugar.

Al poco de comenzar la segunda parte el veterano ariete Machicha abrió el marcador, gol que el que ya sumaba 14 e hizo temblar las estructuras blanquillas. El Zaragoza se rehizo y Ocampos empató a los pocos minutos, pero el tanto del paraguayo ni serenó al Zaragoza ni desanimó al Cádiz, que siguió luchando. El partido se calentó muchísimo y al aparecer las provocaciones volvió a caer el de siempre, acabando Felipe Ocampos expulsado. A la expulsión del ariete aragonés siguió el segundo gol gaditano, logrado por su figura Andrés y a partir de allí el partido ya no lo controló nadie, fueron expulsados los locales Migueli y Lara y Rafa Iriondo hizo saltar al campo a Santos y García Castany con la intención de utilizar la veteranía del primero y la calidad de ambos para conseguir cuando menos el empate, pero ya no pudo ser y se regresó a Zaragoza de vacío.

El Oviedo se impuso por la mínima al Elche y el Castellón solamente logró empatar en Mallorca, lo que suponía mantener el segundo puesto, pero la progresión se había cortado de golpe y se temían las secuelas de la batalla de Cádiz.

Comenzaba el mes de mayo y el primer rival iba a ser la Cultural Leonesa; el equipo de León había sido la revelación de la temporada, aunque en la última recta de la Liga se había desinflado. A pesar de ello seguía ocupando un lugar preferente en la clasificación y podía presumir de tener uno de los ataques más goleadores de la categoría.

La Leonesa llegó a Zaragoza en cuadro, con una defensa recompuesta y con la ausencia de sus tres jugadores más brillantes: los interiores Villafane y Larrauri y, sobre todo, su gran estrella, el goleador Marianín, que había marcado 15 goles y era una de las sensaciones del año en segunda división.

Al final la batalla del Carranza no tuvo consecuencias graves, Ocampos no fue castigado con partido alguno y las únicas novedades de Iriondo fueron la vuelta de Villanova a la portería, la presencia de García Castany en el lugar de Planas, que tenía molestias y no fue convocado y el enésimo cambio en el extremo diestro, con una nueva oportunidad para Martín.

Los castellanos notaron mucho sus bajas y se convirtieron en el rival idóneo para que el Zaragoza restrañara sus heridas. En un primer tiempo arrasador los de Iriondo batieron en tres ocasiones al veterano meta Bernardo: la primera en una falta al borde del área resuelta por García Castany con un disparo seco y fulminante, la segunda en una jugada de picardía que culminó Luís Costa y por último con un cabezazo desde cerca de Galdós. Pudieron caer más, destacando el esfuerzo de Martín, a quien la afición acabó aplaudiendo, en una demostración de que el público zaragozano tiene su corazoncito.

El segundo tiempo fue un auténtico “tostón”, el Zaragoza estuvo sesteando los 45 minutos y la Leonesa se estiró, logrando su gol por medio del carrilero Godoy en un disparo que pasó por debajo del cuerpo de Villanova. Con 3-1 acabó un encuentro al que le sobró un tiempo.

Los resultados de los rivales supusieron un cierto aldabonazo para el Zaragoza, pues mientras el Castellón vencía al Rayo Vallecano, el Oviedo caía en Santander y el Elche en Tenerife. No obstante, los de Castalia estaban a un punto y los de Altabix, dos, por lo que no cabían confianzas.

Pero no había tiempo de saborear la victoria ante los de León; quedaban cuatro jornadas y había que visitar el estadio Luis Sitjar de Mallorca; el Oviedo y el Castellón se enfrentaban entre sí en la capital del principado, mientras el Elche recibía a un débil Racing de Santander. Estaba claro que un pinchazo en las Islas Baleares suponía correr un riesgo tremendo.

El Mallorca no tenía el agua al cuello, pero no podía confiarse y necesitaba ganar cuanto antes para asegurar la permanencia; llevaba una floja segunda vuelta en la que solamente había obtenido cuatro victorias. Su entrenador, Sasó, era el tercero de la temporada y presentó ante el Zaragoza un equipo con sin nombres relevantes, con cuatro jugadores de la cantera y otros tantos salidos del fútbol catalán; en el banquillo figuraba Moya, un extremo que había estado en el Zaragoza y que llevaba la temporada en blanco, habiéndose vestido de corto por vez primera el domingo anterior. Cuando comenzó el encuentro nadie podía pensar que Moya iba a decidirlo e iba a apear a su ex equipo de los puestos de ascenso.

El Zaragoza saltó al césped balear con los mismos jugadores que habían vencido a la Leonesa; en ese equipo titular llevaba varias semanas afianzándose Juan José Ruiz Igartúa, un central vizcaíno de excelente planta y un juego muy sobrio y eficaz; accedió al equipo al lesionarse González y había hecho olvidar al granadino.

El conjunto aragonés nunca estuvo a la altura necesaria y se dejó comer el terreno por su rival. El primer tiempo transcurrió sin que ninguno de los equipos hiciera demasiado por ponerse con ventaja y terminó sin goles; el empate era un resultado que satisfacía a los locales y el Zaragoza no parecía aspirar a más.

La segunda mitad transcurría con el mismo tono y daba la impresión de que el Zaragoza consideraba que el empate le bastaba para confirmar en su propio campo el ansiado ascenso, pero cuando se especula en fútbol las consecuencias pueden ser funestas. El ya citado Moya comenzó a calentar en la banda, y por el pensamiento de muchos zaragocistas que lo escuchábamos por la radio apareció ese temor al gafe que no se sabe porqué suele asomar en estos casos, tal vez por esos extraños tópicos que corren por ahí, creo recordar que el propio periodista que retransmitía el encuentro manifestó su reticencia ante la salida del ex zaragocista al terreno de juego. La cuestión es que el maleficio se hizo realidad y a los pocos minutos de entrar en sustitución del inoperante argentino Doval, Moya batió a Villanova y puso a su equipo por delante.

A partir de ahí todo fueron prisas, el Zaragoza se volcó en los pocos minutos que faltaban para terminar el encuentro sobre la portería rival y tuvo alguna que otra ocasión, pero el Mallorca se defendió bien y el marcador ya no se movió. La derrota mínima supuso una decepción enorme y tuvo consecuencias gravísimas.

El Oviedo y el Castellón empataron a cero, mientras el Elche barría al Racing (3-0); el equipo carbayón se destacaba con 51 puntos y pie y medio en primera, mientras sus tres rivales configuraban un triple empate a 45, situación en la que quien perdía era, por desgracia, el Real Zaragoza. Quedaban tres partidos, seis puntos y el equipo aragonés volvía a caer a puestos sin ascenso; era como comenzar de nuevo, aunque ahora las oportunidades eran ya muy pocas. Faltaban tres finales, tres partidos auténticamente a cara de perro.

Envía tus sugerencias, quejas o comentarios.

AupaZaragoza.com pretende ser un sitio totalmente independiente y abierto a la afición Zaragocista, por lo que no se hace responsable de la opinión de sus visitantes y colaboradores. El que salgan publicadas no quiere decir que sean compartidas por la dirección de la web.
Copyright (c) AupaZaragoza.com.