Pero aun había solución,
al domingo siguiente los dos compañeros de
puesto y puntuación, Elche y Castellón
se enfrentaban en Castalia y una victoria del Zaragoza
ante el Rayo Vallecano le devolvería necesariamente
a puestos de ascenso, si bien nadie podía
olvidar que luego había que viajar al campo
del líder.
Los de Vallecas ya no se jugaban
nada, por lo que la afición solamente temía
a los propios fantasmas del equipo, aunque no recuerdo
si también se habló de maletines.
El Rayo solía ser uno de los aspirantes al
ascenso, pero ese año había rendido
un punto por debajo y había pasado la Liga
en tierra de nadie. En La Romareda se presentó
con un equipo poco competitivo, en el que destacaban
el lateral Aráez, el sempiterno Felines y
el goleador Illán.
No sabemos si por el fiasco de
Mallorca o por otra razón, Iriondo realizó
varios cambios: introdujo al canterano Royo en el
lateral izquierdo, devolvió a la titularidad
a Planas en detrimento de García Castany
y volvió a contar con Leirós, que
llevaba varias semanas sin salir, para que se enfrentara
al que dos años antes había sido su
equipo.
El Zaragoza demostró desde
el primer minuto que el mazazo del domingo anterior
no había dejado secuelas futbolísticas
y dominó de cabo a rabo a un Rayo que, todo
hay que decirlo, se tomó el partido a beneficio
de inventario y no opuso resistencia alguna. Ocampos
y Luis Costa resolvieron con puntería dos
de los muchos ataques aragoneses, retirándose
los equipos al vestuario con el encuentro prácticamente
resuelto y con el Rayo pensando en que la cosa se
acabara cuanto antes y el Zaragoza en el partido
siguiente.
La segunda parte fue también
entretenida, el Zaragoza no quiso asumir riesgos
y no permitió que los madrileños se
estirasen demasiado, poniendo Violeta colofón
a una excelente actuación consiguiendo el
gol que cerraba el marcador; el capitán zaragocista
recogió un balón en el centro del
campo rival y se dirigió con él hacia
el área de Samper, lanzando un disparo que
se coló por la escuadra; gran ovación
del público y la felicidad de nuevo a la
sufrida afición, que se quedó satisfecha
con el 3-0 y mucho más cuando comprobó
que el empate de los dos rivales levantinos devolvía
al Zaragoza al segundo puesto de la Liga; el ascenso
volvía a estar a mano.
La penúltima jornada tenía
todos los alicientes para ser de infarto. El Oviedo
había perdido en Pasarón y aún
necesitaba un punto para asegurarse el ascenso matemático;
el gran problema era que el empate podía
no bastar al Zaragoza, pues tanto Castellón
como Elche jugaban en casa contra rivales asequibles,
Santander y Pontevedra, por lo que de ganar ambos
tal empate dejaría a los blanquillos fuera
de la meta.
El Oviedo terminaba la temporada
en cabeza con todo merecimiento; Eduardo Toba había
construido un equipo sólido, con una defensa
inexpugnable que tan sólo había encajado
18 goles y contaba entre sus filas con jugadores
de primerísimo nivel, como Carrete, Galán
y Uría, que con el tiempo serían internacionales,
además de otros con calidad de primera como
Tensi, Javier, Iriarte y el meta Lombardía,
que ese año había sido con diferencia
el mejor de segunda.
El Zaragoza tenía que ir
a Oviedo a por todas; su entrenador decidió
repetir el equipo que se había impuesto al
Rayo e intentó que los jugadores salieran
al Carlos Tartiere concienciados desde el primer
minuto. El día era lluvioso y el estadio
estaba embarrado, circunstancia que todos sabíamos
no beneficiaba precisamente a los blanquillos.
El partido comenzó de la
peor manera posible, pues no habían transcurrido
tres minutos y Galán, en un disparo que no
parecía llevar peligro, batió a Manolo
Villanova, que resbaló en el momento más
inoportuno. Si la empresa era difícil, con
el marcador en contra la situación se aproximaba
a la desesperación. El Zaragoza quiso reaccionar
y de hecho tomó el mando del partido, pero
el Oviedo era un equipo rocoso y demostró
porqué se había convertido en el equipo
menos goleado de las tres categorías. Hubo
varias oportunidades para empatar, pero ni hubo
puntería ni se pudo superar el último
obstáculo que constituía un excelente
Lombardía.
Llegó el descanso con derrota
mínima, a la vez que se sabía que
el Elche vencía con comodidad al Pontevedra,
mientras que aunque el Castellón no podía,
por el momento, con el Racing, la derrota del Zaragoza
le dejaba provisionalmente en el cuarto lugar.
En los segundos cuarenta y cinco
minutos el Zaragoza, como no podía ser de
otra manera, intensificó su dominio; García
Castany salió por un desdibujado Leirós
buscando reforzar el medio campo y llevar creatividad
al juego aragonés, aunque volvía a
ocurrir lo de antes: el Oviedo era muy difícil
de superar atrás. A pesar de todo, cuando
se estaba prácticamente en el tiempo de descuento,
Luis Costa en una embarullada jugada en el área
ovetense acabó introduciendo el balón
en las mallas, consiguiendo un empate que al final
resultó insuficiente, pues el Castellón
acabó ganando su partido y en la tabla volvió
a producirse el fatídico triple empate. Al
acabar el encuentro se mezclaron las caras de decepción
de los jugadores blanquillos que veían el
ascenso más lejos que nunca con la euforia
de los ovetenses, felices al ver al Oviedo regresar
a primera tras prácticamente una década
lejos de la élite del fútbol español.
El partido de Oviedo tiene una
historia paralela; hay quien afirma que las directivas
de ambos equipos habían pactado un empate
a cero; el punto bastaba a los asturianos para asegurar
el ascenso, mientras era considerado un mal menor
por los aragoneses. El primer problema surgió
cuando Villanova patinó y acabo en las redes
un balón que nadie quería que entrara.
A partir de entonces, Lombardía, que no quería
perder el Trofeo Zamora al portero menos goleado
de la categoría, se negó a encajar
gol alguno, y solamente al final, prácticamente
con la colaboración de jugadores propios
y ajenos, se consiguió que se restableciera
el equilibrio. Esta rocambolesca historia aparece
relatada magistralmente por Eduardo González
en su libro “Graznan, luego existo”,
aunque quien como yo habla desde la perspectiva
de un aficionado, que entonces tenía 13 años
y solamente conoce lo que lee en la prensa, escucha
en la radio y ve en la televisión y en el
campo, solamente puede referirse a los rumores.
Personalmente, no me creo la batalla, entre otras
razones porque difícilmente puede pensarse
que Lombardía viera peligrar el Zamora cuando
había encajado diez goles menos que el siguiente
equipo menos goleado, porque el empate no le servía
al Zaragoza –estuvo a punto de dejarle otro
año en segunda- y porque me parece muy difícil
poner de acuerdo a tantos jugadores para admitir
una farsa de ese tamaño.
Solamente quedaba un partido, el
Zaragoza estaba fuera del ascenso y el último
partido se celebraría al cabo de diez días;
era demasiado tiempo para soportar tanta incertidumbre.
Recuerdo que el clima entre los aficionados, al
menos en el reducido ambiente donde me movía
yo era de un pesimismo absoluto. Se suponía
que el Castellón y el Elche, que iban a jugar,
como el Zaragoza, en su propio campo, con todo el
apoyo de sus aficiones, no dejarían bajo
ningún concepto escapar la ocasión;
se tenía, en definitiva, la enorme frustración
que supone en fútbol no depender de uno mismo.
La única esperanza que le
quedaba al aficionado, además de la victoria
de su equipo ante el Cádiz, que se daba por
supuesta, era que el rival del Elche era el Oviedo;
no obstante, era una esperanza limitada y, sobre
todo, desnaturalizada ante la evidencia de que los
asturianos ya no se jugaban nada y difícilmente
saldrían a jugar ni con la mitad de intensidad
que lo habían hecho hasta ese momento. Eso
sí, siempre cabía la posibilidad de
incentivarlos, lo que a la vista de lo que pasó
nadie duda ahora que se hizo.
En el ínterin se jugó
la segunda edición del Trofeo “Ciudad
de Zaragoza”; la primera había tenido
lugar un año antes, en plena agonía
del descenso y había sido ganado por el Colonia
alemán en reñida pelea con Zaragoza
y Anderlecht; este año el torneo volvía
a ser triangular e intervenían, además
del Zaragoza, el Palmeiras, uno de los grandes de
Brasil, que contaba con jugadores del nivel de Leao,
Luiz Pereira, Ademir da Guía, los extremos
Edu y Ney y un joven atacante que pronto sería
un feómeno, Leivinha y un histórico
de la Liga alemana, el Hamburgo.
El Zaragoza estaba reforzado con
un mediocampista chileno llamado Infante, del que
nunca se supo si existía algún interés
en ficharlo, realizando nuestro equipo unos partidos
excelentes. El primer día se enfrentó
con el Palmeiras, con quien empató a dos
goles, con tantos blanquillos de García Castany
y Ocampos, destacando un gol conseguido por Molinos
de un durísimo disparo que el árbitro
no quiso conceder por romper el balón la
red y salir fuera de la portería.
Como alemanes y brasileños
también empataron a dos goles, el último
encuentro se convirtió en la auténtica
final, venciendo finalmente el Hamburgo por 3-2,
dejando una excelente impresión el Zaragoza
y marcando sus dos goles el salmantino Lozano, un
joven ariete que había figurado en la plantilla
del Aragón y que apenas había disputado
partidos con el filial. Por segundo año consecutivo
la copa se iba a Alemania y el equipo local se quedaba
sin ella; de cualquier manera, estaba claro que
no era este el premio que había de conseguirse.
El día 1 de junio era jueves;
debía de ser la Ascensión o el Corpus
Christie, uno de esos jueves que entonces relucían
más que el sol, y fue una fecha que a partir
de ese año ya reluciría para siempre
en el firmamento del zaragocismo. Recuerdo que hizo
un día espléndido, y a pesar de las
reducidas expectativas que había, los aficionados
fuimos a La Romareda con la única ilusión
de alentar al equipo y la oculta esperanza de que
no se impusiera lo que los expertos consideraban
la lógica del fútbol.
El Cádiz que venía
a Zaragoza iba a ser muy distinto que el que tan
solo 30 días antes se había impuesto
a los blanquillos en el Ramón de Carranza;
aunque estaba prácticamente abocado a jugar
la promoción, ya había evitado el
descenso automático y no se jugaba el todo
por el todo, además de ser un equipo netamente
inferior al aragonés. Naya presentó
una alineación valiente, con Otiñano,
Machicha y Baena en el ataque.
En el Zaragoza se produjo la reaparición
de González, siendo la presencia de Oliveros
en el extremo derecho la otra novedad reseñable.
El partido comenzó sin demasiada intensidad,
en el ambiente se respiraba una tensión especial
y los jugadores parecía que tenían
la cabeza más fuera que dentro del rectángulo
de juego. El Zaragoza dominaba, lo que no podía
ser de otra manera, pero no creaba excesivas oportunidades
y el empate sin goles se prolongó hasta el
último tercio de la primera parte. En Castellón
y Elche tampoco había novedades, por lo que
parecía que se daba una prórroga a
la ilusión. Cuando el reloj se acercaba al
minuto 40, el Zaragoza sentenció el partido
con dos ataques prácticamente seguidos, en
el primero un centro desde el extremo lo cabeceó
Galdós en la misma boca de gol, mientras
menos de dos minutos después una pared dejaba
a Luis Costa delante de Paco, a quien batía
por bajo. Se llegaba al descanso con el marcador
resuelto, mientras los rivales para subir no conseguían
levantar el empate. En el descanso el Zaragoza estaba
en primera.
El segundo tiempo no tuvo más
historia que la tensión en las gradas y la
búsqueda de noticias desde Levante. Al poco
de iniciarse, Galdós batía de nuevo
la meta rival y a partir de entonces ninguno de
los dos equipos buscó más espectáculo;
solamente se estaba pendiente de que pasara el tiempo.
En un momento dado se supo que en Castalia se terminaba
la esperanza para el Zaragoza, pues Planelles y
Tonín habían batido la portería
mallorquinista y dejaban a su equipo con los dos
pies en primera, ya solamente quedaba confiar en
el Oviedo.
El canterano Molinos conseguía
el 4-0, su primer tanto como zaragocista; fue a
la salida de un corner y tras batir al meta rival
el zaragozano hubo de ser atendido por las asistencias;
nadie celebró un tanto que era el último
de la temporada ….. faltaba poco para saber
si también era el último en segunda
división.
De Elche no venían excesivas
noticias, en la esquina de infantil donde quien
escribe presenciaba el partido tan sólo se
comentaba que persistía el empate sin goles;
el encuentro en La Romareda concluyó, y tanto
jugadores como aficionados permanecieron en sus
puestos; había un silencio que asustaba.
En una de las cabinas de la prensa estaba el jefe
de deportes en Zaragoza de Radio Nacional, Ramón
Burunat García, “Raimon”, que
haciendo círculos con los dedos pulgar e
índice de ambas manos, informaba que en Altabix
seguía sin haber goles; por fin el citado
periodista indicó que el partido concluía
con empate: el Zaragoza regresaba a primera. Los
espectadores se dieron cuenta de lo ocurrido cuando
los jugadores, con su capitán Violeta destacadamente
al frente, se dirigieron dando saltos de alegría
hacia el centro del campo; hubo un estallido de
euforia y muchos aficionados saltaron al campo.
Se había pasado del pesimismo a la esperanza,
de ésta a la tensión y, finalmente,
al jubilo más absoluto.
Habían transcurrido nueve
meses desde que se iniciara la Liga, se había
sufrido mucho, con momentos en los que parecía
que el ascenso se escapaba de las manos, con frustraciones
notables, derrotas absurdas e inesperadas y, sobre
todo, incertidumbre permanente, pero al final todo
había valido la pena.
Un análisis frío
y desapasionado de la campaña en segunda
podría aportar críticas y comentarios
duros, pero se había cumplido la misión
y había que valorar lo bueno; el Zaragoza
había sido un equipo fuerte en casa, donde
solamente había dejado escapar cuatro puntos
y había machacado a casi todos sus rivales,
a quienes había hecho encajar la friolera
de 49 goles; aunque a domicilio había tenido
pinchazos sonoros que a punto estuvieron de costarle
el ascenso, supo reaccionar a tiempo en los momentos
más críticos –Tenerife, Langreo,
Alicante, Oviedo, …- y supo utilizar la experiencia
cuando parecía que todo estaba perdido.
Aunque “todos los hermanos
fueron valientes”, el ascenso tuvo nombres
propios; el primero el de José Ángel
Zalba, el único que tuvo agallas para creer
en que el milagro era posible, y junto al presidente,
hay que citar a dos hombres que asumieron el timón
de mando en banda y césped: Rafa Iriondo,
un bilbaíno que se hizo querer y acabó
llevando a buen puerto una nave difícil de
manejar y el capitán Violeta, que había
jugado los 38 partidos y había sabido ser
el auténtico líder en el campo y en
el vestuario; el de Torrero ya había pasado
a la historia tras ganar la Copa y la Copa de Ferias,
así como un subcampeonato de Liga, pero su
puesto en la gloria zaragocista no iba a ser menor
por lo realizado ese año.
También cabía destacar
a Manolo Villanova, que aportó veteranía
y seguridad al engranaje defensivo aragonés,
así como a Rico, que había hecho una
temporada portentosa como lateral ofensivo, a Luis
Costa y Ocampos, dos veteranos a los que se quería
jubilar y que acabaron siendo imprescindibles para
lograr el éxito final, a Molinos y Galdós
que llevaban camino de convertirse en dos de los
jugadores con más futuro de España,
a Planas, García Castany, ….. todos
y cada uno habían puesto su granito de arena
en el éxito de la empresa.
El domingo siguiente el club organizó
deprisa y corriendo un encuentro de homenaje al
equipo y su afición por el ascenso conseguido;
el equipo elegido como rival fue la Universidad
Católica de Chile. El Zaragoza alineó
a dos equipos distintos en cada parte, pudiendo
así jugar toda la plantilla disponible; el
resultado final fue de 2-1 a favor de los locales,
marcando los goles Ocampos y Lacruz, el gol de los
chilenos fue obra de Galleguillos, un extremo que
dos años después ficharía por
el Salamanca, con el que llegó a jugar en
la máxima categoría española.
En el equipo andino jugaba como ariete un tal Quetglás,
un goleador de origen español por quien decían
se había interesado el Zaragoza, aunque no
parece que la cosa fuera más que un rumor;
desde luego el delantero regresó con sus
compañeros a Chile y acabó firmando
por el Elche, donde solamente aguantaría
una temporada.