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17 de junio
de 2009
¡Toc, toc! ¿Se
puede? ¡Hemos vuelto! 392 duros
y sufridos días después de aquel fatídico
18 de Mayo, efeméride que otrora fue motivo
de felicidad e ilusión, hemos vuelto. Y lo
hemos hecho como sólo lo puede hacer un corazón
aragonés: levantándonos del suelo una
y otra vez, y sacando, tras cada caída, esa
fuerza inverosímil y rabiosa que, a lo largo
de los siglos, ha hecho inmortal al pueblo de Zaragoza.
Fue aquel 18 de Mayo,
como decía, cuando nos echaron de casa unos
cuantos mercenarios ávidos de dinero, enfermos
de avaricia y ausentes de rasmia y sentimiento. Unos
pocos que, desde el primer y hasta el último
día, demostraron que no eran dignos de portar
tamaña enseña al lado del corazón,
y que fueron, domingo tras domingo, abriendo pequeñas
grietas en el casco de aquel ilusionado barco que
partía, un caluroso día de Julio de
2007, de las entrañas del zaragocismo. Al último
puerto, a Mallorca, llegaron ya con el agua al cuello,
casi ahogados y sin apenas chapotear para intentar
salvar sus vidas, o más bien, las de todos
aquellos que los acompañaron incansables y
leales en el viaje; y fue allí, bajo el cielo
llorón y predictor de las Islas, donde terminaron
de desahuciar a todos los que llevamos al León
en el corazón, y no en la billetera. El barco
se hundió, y como siempre ocurre cuando eso
pasa, las ratas lo abandonaron. A su lado, jurándose
devolverlo a flote, sólo se quedaron los que
el día del descenso vertieron lágrimas
sinceras, los que sabían del fútbol
su forma de vida, y del Real Zaragoza su estado de
ánimo.
Más tarde llegó
un nuevo verano, diferente a los anteriores, un verano
frío y casi obligativo. Un verano en el que
había que empezar de nuevo, traer hombres y
no nombres para no cometer así errores del
pasado, traer esperanzas renovadas, traer prioridad
y respeto al respetable, traer claridad, limpieza,
y, sobretodo, traer intenciones y predisposición,
y es que, para conseguir algo en esta vida, lo único
imprescindible son las ganas y la confianza en alcanzarlo.
Y así ha quedado demostrado: llegaron fichajes
desesperados de última hora y a precios propios
de un aspirante a UEFA, nos robaron un fiero y rampante
león por un estilizado y raquítico “caballo
de carreras”, se vendió oro a precio
de hojalata y 3 meses de movimientos y oscuras operaciones
quedaron expuestos en un escueto comunicado de apenas
8 líneas en la web oficial. Pero aún
con todo esto, con todas las equivocaciones y todos
los sietes en la vestimenta que fue el trimestre de
Mayo a Agosto, no tengo la menor duda de que se pusieron
todos los esfuerzos y se invirtieron todas las horas
posibles. Creo que desde lo más alto de la
institución se hizo todo lo que se pudo, y
estoy seguro de que más de uno allá
arriba pasó agobios y desazones mil por el
futuro de este club. Y me quedo con eso, con esa reflexión.
Nos ha costado dinero, deuda, tiempo, problemas, sufrimiento…,
pero ya estamos aquí de nuevo, gracias al poder
del esfuerzo, de la ilusión, del desprecio
a la capitulación. Eso vale más que
cualquier decisión equivocada.
Hoy el barco de Mallorca
está brillante, exultante, firme, listo para
comenzar otra vez a navegar. Lo han reparado miles
de almas de todos los lugares: desde los 20000 que
no faltamos nunca a nuestra penitencia quincenal en
la Romareda, hasta el loco que sufre a su equipo en
el exilio del más lejano rincón del
planeta; desde el niño que, sin saberlo, se
convirtió este año a la religión
del blanco y el azul, hasta el abuelo que, puro en
mano, recordó por última vez esta temporada
que “ya no se juega al fútbol como antes”;
desde el que hizo 700 kilometros para ver perder a
su equipo en un estadio vacío, hasta el que,
a sólo 73, calló por fin a sus paisanos
sin tener que decir una sóla palabra; desde
el que se enamoró por primera vez en su vida
en un día de partido, hasta el que decidió
cambiar al amor de su vida por este sentimiento inexplicable…
. Todos ellos están ahora subidos al barco,
remando en la misma dirección, cuidando más
que nunca de que no se abran nuevos boquetes que les
hagan naufragar de nuevo y esperanzados con la ilusión
de un horizonte que depare más días
de unión y de gloria. Cierto es que a bordo
no hay grandes riquezas materiales, ni estrellas de
relumbrón y talonario, ni tampoco noticias
espectaculares que ocupen titulares en todo el mundo,
pero eso ya no importa. Lo único que importa
es que el año que viene el Escudo del León
volverá a estar ahí, en lo más
alto, para recordaros que el fútbol no es gastar
el dinero en estrellas, ni postrarse a los pies de
un lucrativo dirigente... El fútbol es orgullo,
pasión y sentimiento. El de una afición,
un club de Primera.
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