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Luis Costa, un auténtico león zaragocista

07 de noviembre de 2012

 
por Falçao

El próximo jueves Aupazaragoza, con motivo de los Trofeos que desde hace seis años se organizan en recuerdo de nuestro inolvidable compañero Juan Carlos Molinero “Memotiva”, entregará a Luis Costa el Trofeo “León zaragocista” con motivo de su larga trayectoria al servicio de nuestro Real Zaragoza. En anteriores ediciones dicho premio recayó en Manolo Villanova, José Luis Violeta, Nayim y los 5 magníficos, nombres de un significado enorme en la historia del club de nuestros amores; no me cabe ninguna duda de que Luis Costa, un alicantino que llegó Zaragoza en el año 1970 tras formarse en la cantera del Real Madrid y jugar en equipos como Elche, Hércules, Córdoba y Mallorca, está a la altura de todos los citados.

Sin duda el nombre de Luis Costa lo vinculamos todos los zaragocistas a las diversas etapas en las que entrenó al primer club de Aragón; ante todo Costa ha sido un gran zaragocista, un hombre fiel a los colores blanquillos y una persona responsable y trabajadora que lo ha dado todo por el Real Zaragoza desde hace muchos años: solamente esto le hace acreedor al galardón que va a recibir. Pero, además, Luis Costa ha sido un entrenador magnífico y su palmarés en el Real Zaragoza nadie lo ha podido igualar, por mucho que por nuestro banquillo hayan pasado nombres como Luis Bello, Leo Beenhaker, Víctor Fernández o Víctor Muñoz. No creo que sea gratuito afirmar que Luis Costa ha respondido siempre y que solamente en la nefasta temporada 2001/2002 la falta de actitud del vestuario le llevó a tirar la toalla.

Con Costa el Zaragoza se impuso en la Final de dos Copas del Rey, pero no podemos olvidar que anteriormente logró un hito que nadie había conseguido antes ni ha logrado repetir después, ascender al filial a la 2ª División. En la temporada 1984/85 el rubio y entonces joven entrenador levantino dirigió la histórica campaña del Deportivo Aragón que terminó con éste en la división de plata; hombres que acabarían debutando en primera como Juliá, Blesa, Roca, Latapia, Pedro Moreno, Abad o Roberto Elvira fueron magistralmente dirigidos por Luis Costa y cerraron una temporada de ensueño. Semejante éxito llevó a la directiva que al mando de Angel Aznar acababa de hacerse con las riendas del club a adjudicarle la máxima responsabilidad del equipo y el mister no decepcionó: con una plantilla que acababa de perder a Barbas, Surjak, Cholo y Raúl Amarilla, con fichajes baratos como los de Fraile, Pineda o un entonces semi-desconocido Miguel Pardeza y la arriesgada apuesta de un Rubén Sosa de 19 años el Real Zaragoza cerró una formidable campaña que concluyó en cuarto lugar y su entrenador tuvo el valor de hacer debutar a Narcís Juliá, uno de los mejores centrales zaragocistas de la época y consolidar en primera a Juan Carlos Justes, amen de sacarle el máximo rendimiento a una media que ya era mítica: Señor, Güerri, Herrera . Como colofón el equipo le ganó la Copa del Rey contra todo pronóstico al Barça de Terry Venables, Bernd Schuster, Archibald, “Lobo” Carrasco y compañía en un partido que un buen amigo mío definió perfectamente: “por cada jugador del Barça que aparecía veías a 3 o 4 del Zaragoza”, una frase que pienso define el trabajo de un entrenador.

Nadie es eterno y Costa terminó dejando el banquillo, pero no tardaría en volver para convertirse en el técnico de confianza de la casa, debiendo de sacar las castañas del fuego en diversas ocasiones. La más sonada fue cuando en la temporada 1996/97, en un traumático trimestre protagonizado por la “trastada” de Mejuto González y Rafa “nomejodas”, el traumático cese de Víctor Fernández, el fallecimiento inesperado de Alfonso Solans Serrano y el error del fichaje del uruguayo Espárrago, hubo de coger a un equipo que había cerrado la primera vuelta con 15 puntos y como farolillo rojo, con una plantilla hundida y una afición en estado casi catatónico. El histórico encuentro de Las Gaunas fue el inicio de una recuperación milagrosa, con una segunda vuelta en la que se consiguieron 35 puntos y una permanencia que parecía utópica, todo ello gracias al trabajo de un entrenador que sin narcisismos, declaraciones llamativas ni provocación alguna supo recuperar para la causa a hombres como Poyet, Morientes, Santi Aragón, Xavi Aguado, Solana, etc y trabajar en silencio y con constancia para rehacer lo que otros habían desecho. Cuatro años después tuvo que volver a repetir hazaña tras la desacertada decisión de traer a Juanma Lillo y la vergonzante humillación de Cracovia. A Luis Costa le hubiera resultado más cómodo seguir en un segundo plano y pedir a la directiva que buscaran otro mister para quemarse, pero de nuevo estuvo dispuesto a jugarse el prestigio y la salud para salvar a su equipo. Una vez más estuvo a la altura y no solamente lo sacó adelante, no sin sufrimiento hasta el final, sino que otra vez en contra de las apuestas volvió a ganar la Copa del Rey en el aún cercano encuentro del estadio sevillano de La Cartuja.

Pero los que tenemos más años y ya peinamos canas aún nos acordamos de la prehistoria zaragocista de Luis Costa; queda dicho que se incorporó al club en el verano de 1970 tras una excelente campaña en el Mallorca, incorporándose a una plantilla en franca decadencia de la que solamente quedaban Irusquieta, Violeta, Santos y Villa de la época dorada de los magníficos. La campaña fue horrible y el equipo acabó en segunda, y de nuevo en el momento del drama, como anticipo de lo que sería su vida ligada al zaragocismo, el alicantino apareció como una de las claves para lograr un ascenso que fue dificilísimo. La liga la había comenzado el club con Rosendo Hernández en el banquillo, quien había decidido prescindir de los jugadores más veteranos como Ocampos y Luis Costa; el experimento fue un fracaso y tras la cuarta jornada la directiva que presidía José Angel Zalba decidió cambiar la dirección técnica del equipo y traer a Rafa Iriondo. Con el bilbaíno al mando Costa recuperó el protagonismo, y aunque aún tardó en entrar en el equipo titular terminó haciéndose sitio, y junto a Violeta, Planas, Ocampos, Galdós y alguno más consolidaron un conjunto que devolvió a los blanquillos al sitio que les correspondía. Estoy seguro de que Costa aún recuerda ese gol que a trompicones metió al Oviedo en el vetusto Carlos Tartiere que mantuvo unas esperanzas de ascenso que se consolidaron una semana después.

La campaña del regreso fue su último año como jugador blanquillo, pero siguió teniendo peso específico en el equipo. La presencia en el centro del campo de tres hombres jóvenes del nivel de Molinos, Javier Planas y García Castany le quitaron minutos a Costa, pero el nuevo mister, Carriega, siempre terminaba recurriendo a él y tanto las lesiones del de Almudévar como la necesidad de oxigenar los partidos cuando se complicaban le llevaban a hacer uso de quien como él nunca fallaba. Recuerdo perfectamente el segundo partido de esa liga, el primero que jugaba el Zaragoza en La Romareda tras el ascenso, un 10 de septiembre de 1972 frente a un modestísimo Burgos; unas anginas habían dejado a Violeta, auténtica alma del equipo, en la cama y el equipo no conseguía desmontar el autobús que habían puesto en su área los castellanos, ya avanzado el segundo tiempo Carriega mandó calentar a Luis Costa, ante cuya presencia el público reaccionó con una gran ovación; el alicantino sustituyó a un ese día desacertado Duñabeitia y a los pocos minutos aprovechó un balón dejado de cabeza por Ocampos para fusilar a Marcos, portero rival. Planas cerraría la victoria blanquilla, pero el héroe del día fue sin duda ese jugador rubio, bajito y veterano que había sabido reventar el partido. Al día siguiente “Zaragoza Deportiva” calificaba a Costa como “la trompeta de Jerusalén”, al haber marcado el tanto en la portería de la zona del campo así llamada. Costa siguió jugando con frecuencia ese año, aunque no siempre como titular, marcando algunos goles más como el que la víspera de San José hizo encajar de penalty al Español, un equipo que se presentaba en La Romareda como líder y que cayó por 1-0 gracias al tanto del 10 del Zaragoza que ese día compartió la gloria con Manolo Nieves, quien le paró al malogrado Jesús Glaría un penalti que hubiera supuesto el empate.

Creo que ha sido un acierto reconocer a Luis Costa una vida de trabajo serio, honrado, abnegado y, también, brillante, al servicio del Zaragoza.

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