Desolación

Por Carlos García de la Peña

Año 2050. Zaragoza, al igual que innumerables ciudades españolas, presentaba un aspecto dantesco. Devastación y ruina por todas partes, barrios enteros desaparecidos bajo la lluvia de bombas, el centro de la ciudad inexistente… Solo dos construcciones quedarían intactas tras el asedio: El palacio de la Aljafería….. y La Romareda.

Mohamed al-Falih, general del ejército del ISIS, acababa de llegar a Zaragoza. Él fue quien organizó y comandó la invasión yihadista en España y de que, ciudad tras ciudad, cayesen en su poder.

¿Qué hacía al-Falih en Zaragoza?. ¿Por qué era la primera ciudad española que visitaba tras el final de la guerra, antes de acudir a Bruselas, a la firma del armisticio en la sede de la OTAN?.

Aunque, en su honor, le prepararon el espectáculo de la demolición controlada de lo que todavía quedaba en pié de la Basílica del Pilar, el general se interesó más por saber dónde estaba el edificio del ayuntamiento que por la ubicación del camarín de la Virgen. Milagrosamente, parte del paño de la fachada de aquel aún se mantenía en su sitio. Las dos puertas del balcón principal, con un pedazo del mismo, miraban como ojos atónitos hacia el caos de la ciudad. La barandilla metálica pendía del trozo del balcón, sujeta al paño solo por un lado. El oficial encargado de la demolición del Pilar le iba explicando al general lo que significaba aquel templo para los cristianos de la ciudad, y porqué se construyó: Para conmemorar la aparición de la Virgen, allí mismo, al apóstol Santiago el Mayor, también conocido por Santiago… “Matamoros”.

– “¿Era guerrero ese ”matamoros”?”. Fue la única pregunta que, sin mirarle, le hizo al-Falih a su oficial.

– “No, mi general”, le contestó. “Pero le llaman así porque en una batalla apareció a caballo ayudando a los cristianos a matar musulmanes Y la perdimos”.

– ¿“Y tiene por ahí ese “matamoros” algún templo en su honor”?, continuó al-Falih.

– “Sí, mi general. Tiene uno colosal en Santiago de Compostela, al que acudían miles de cristianos en peregrinación cada año”.

Sin quitar ni un solo momento la vista a lo que quedaba de aquel balcón, el general se dirigió a su segundo para ordenarle “Que nadie destruya lo que quede de ese templo. Iré yo, personalmente, para hacerlo”.

A continuación, se puso a fotografiar lo que quedaba del paño de la fachada del ayuntamiento de Zaragoza. Nadie de su comitiva lo entendió, aunque tampoco se atrevieron a preguntarle los motivos.

La noche se echó sobre los restos de Zaragoza. Un intenso olor a explosivos y una inmensa nube de humo envolvían a la ciudad, fruto de las detonaciones para demoler sus edificios más emblemáticos y que ahora, incendiados, hacían de antorchas que iluminaban la noche. Todos…., salvo la Aljafería y La Romareda. Ante tanta destrucción controlada, el ejército yihadista había acampado en la antigua zona de Arcosur, rodeados de esqueletos de edificios que, hace años, se empezaron a construir y nunca se acabaron y de otros que solo se habitaron durante un corto espacio de tiempo. Ahora, eran puestos de vigilancia perfectos para los centinelas del ISIS y también para que el muecín llamase a la oración.

Siguiendo la costumbre de los últimos años, tantos como los que llevaban luchando juntos en la yihad, después de la última oración a medianoche, al-Falih invitaba a su segundo, el coronel iraní Mahmed Rohani, a tomar un té en su improvisado despacho. Él mismo calentaba el samovar y, una vez que lo servía, lo tomaban parsimoniosamente, sorbiendo directamente de un platito. Tras mil batallas por medio mundo, llevaban tantos años tomando juntos un té a medianoche que se había creado una buena atmósfera de confianza y mutuo aprecio entre ellos. No siempre estaban solos en la costumbre de tomar el té, pero cuando eso ocurría, se contaban uno a otro confidencias personales. Rohani era fumador empedernido de Bahman, un tabaco rubio iraní. Invitó a un cigarrillo a su superior y éste, con agrado, se lo aceptó, a pesar de que era fumador ocasional.

– “General, durante semanas estuvimos bombardeando Zaragoza y machacándola con nuestra artillería. A diario, nuestros aviones y artilleros recibieron la misma orden de Vd.: “La Aljafería y La Romareda, se respetan”. ¿Puedo conocer los motivos de esas órdenes?”.

– “Sí, coronel. Pero solo el de un objetivo. El del otro, mañana lo verá con sus propios ojos”. Se encendió otro Bahman y sirvió más té. “Yo no había estado nunca en Zaragoza, pero mi padre sí. Antes de nacer yo. Como sabe, nosotros somos tunecinos y, como también sabe, mi padre fue un gran futbolista. De crío, le llamaron para la selección juvenil y con ella fue a Rennes (Francia), a participar en un torneo de selecciones. Mi padre, que ya entonces era un magnífico centrocampista, fue nombrado mejor jugador del torneo. Un ojeador se lo trajo aquí, para jugar en el Real Zaragoza”.

– “Entiendo (interrumpió Rohani, encendiéndose el enésimo Bahman de la noche), ¿pero sus padres no le pusieron pegas para venirse tan joven a esta ciudad?.

– “Muchas. Todas. Pero pudo más su insistencia. Bueno, eso y que unos tíos de mi padre vivían en Zaragoza hacía ya unos años. Se fue a vivir con ellos”.

– “ ¿Y cómo le fue a su padre por aquí?.

– “Siempre dijo que los mejores recuerdos de su vida, aparte de los familiares, estuvieron en esta ciudad. Y también uno de los peores, que luego le contaré. La amó tanto y quiso tanto al Real Zaragoza que su deseo fue quedarse a vivir aquí para siempre. Pero pudo más mi madre, a la que conoció en unas vacaciones en Hammamet. Tenga Vd. en cuenta que fue el único club profesional en el que jugó. Toda su vida deportiva la hizo aquí y con la selección. Todos su triunfos deportivos, todos los amigos y compañeros de aquellos años, los mejores de su vida, son de aquí”.

– “Pero creo que se retiró joven, no?. ¿Se lesionó de gravedad y lo dejó por eso?”.

– “No. Sencillamente, el Real Zaragoza desapareció. Dejó de existir. Mi padre nunca entró en demasiados detalles al respecto. Cuando se le preguntaba por ello, siempre se le rasgaban los ojos y huía de la respuesta: “Cosas de las finanzas”. Es lo único que siempre nos contó. Nadie quisimos indagar por los motivos de aquello. Sabíamos que era uno de los peores recuerdos de su vida, que lo llevaba clavado en lo más profundo de su corazón y jamás ahondamos en ello. Tuvo ofertas de muchos equipos de varios países para seguir jugando, pero prefirió retirarse y volver a Túnez, con un enorme cargamento de magníficos recuerdos en su cabeza”. “Y le contaré más, coronel… Habrá visto esta mañana mi interés por las ruinas del ayuntamiento”…

– “Sí. Todos nos hemos dado cuenta. Nos ha sorprendido, es cierto”.

– “Verá, Rohani. Mi padre era una persona muy seria y poco habladora. Amaba con locura a su familia y cumplía a rajatabla con sus obligaciones religiosas, pero nunca tuvo mucha vida social ni demasiados amigos. Sin embargo, se le alumbraba la cara de alegría contando las gestas que le tocó vivir con el Real Zaragoza. Contaba que estuvo dos veces con el equipo en aquel balcón, celebrando con miles de aficionados el haber ganado un importante campeonato. Se le notaba feliz recordando uno a uno a los compañeros que tuvo en esos equipos y saltaba para celebrarlos cada vez que contaba cómo se metieron los goles que les hicieron campeones. Siempre reconoció que aquella fue la época más feliz de su vida. Comprenderá, coronel, que yo quisiese conocer el lugar exacto donde mi padre vivió tanto júbilo con miles de personas a la vez y que tantas y tantas veces nos contó a la familia. Entenderá ahora que no podía ser precisamente yo, o mi gente, el que destruyera ese campo de fútbol. Por eso sigue en pié”.

Al día siguiente, muy temprano, al-Falih ordenó que lo llevasen a La Romareda. El general no se lo esperaba así. Lo tenía tan idealizado por la de veces que su padre le había contado lo que allí acontecía, que se le cayó el alma a los pies: En estado de semi-ruina, con las columnas de alumbrado desvencijadas y sin los soportes de los focos, sin resto alguno de cristales en las ventanas y con miles de pintadas en las paredes. La sensación de abandono se agravó cuando accedió al interior: No quedaba ni uno solo de esos miles de asientos azules y blancos que (según contaba su padre) eran los colores del equipo, muchas partes de la cubierta o faltaban o se caían a pedazos, dos enormes oquedades mostraban el lugar donde, previsiblemente, estuvieron los marcadores y de las porterías no quedaba ni el recuerdo. al-Falih, con mucha calma, en solitario, haciendo un sinfín de fotos y durante un buen rato, recorrió lo que fue el terreno de juego, intentando imaginarse a su padre corriendo por allí y dirigiendo el juego del equipo, con veinte mil gargantas animándoles o pitando a su propio portero, algo que su padre (por cierto) nunca llegó a entender. Cuando ya iba a desistir de lograr imaginar a su padre vestido de corto, en una pared y entre docenas de pintadas, pudo leer parte de un viejo anuncio que le provocó un vuelco en el corazón. Ponía “Alej…da” donde, sin duda, en otro tiempo fue un anuncio de “Alejandro moda”. Su padre le contaba que el equipo vestía ropa de calle de esa tienda. Dibujando una leve sonrisa en sus labios, sacó del bolsillo de la camisa una cajita metálica y la llenó de tierra de lo que fue el terreno de juego, ahora sin una brizna de yerba. Era un regalo para su padre: la extendería sobre su tumba cuando regresara Túnez tras la yihad. Éste, antes de morir, le hizo jurar por Allah que “Si invades España y arrasas sus ciudades, cuando llegues a Zaragoza respeta a La Romareda”. A la salida del campo de fútbol, dio órdenes estrictas de que se vigilara el recinto y que, en la medida que se pudiese, se conservara. Antes de montar en un vehículo, habló con un mujahidin que había vivido muchos años en Zaragoza. Le preguntó por las causas del abandono del estadio durante tantos años, a lo que le contestó que eso venía de lejos, que durante docenas de años ningún dirigente de los muchos que pasaron por el ayuntamiento supieron qué hacer con él y que cuando desapareció el club, tampoco. Optaron por lo fácil y, sencillamente, lo dejaron morir poco a poco.

Con el vehículo en marcha y dirigiéndose a Rohani, le dijo: “Coronel, ahora va a saber el motivo de porqué la Aljafería aún sigue entera”. Llegaron al palacio y se dirigieron al salón de plenos. “Este edificio lo construyeron antepasados nuestros. Observe, coronel, el enorme tapiz que preside esta sala. Me habían hablado de él, pero no me lo podía creer. Es el escudo de Aragón y esta es la sala donde se reunían los elegidos por los aragoneses para discutir sobre asuntos comunes. Vea el ángulo inferior izquierdo del escudo. Eso que allí ve son cuatro cabezas cortadas de musulmanes y conmemora la victoria frente a ellos en una batalla. Ese escudo lleva representando al pueblo de Aragón varios siglos. Sígame”.

Una estridente sirena comenzó a sonar en el palacio. No había duda: era la forma que tenían los artificieros para avisar de una inminente demolición. Rohani y el general corrieron a la zona de seguridad y esperaron instrucciones del oficial responsable. Pasaron treinta interminables segundos hasta que éste, dirigiendo su mirada hacia al-Falih, levantó el dedo pulgar: estaba todo correcto. El general se dirigió a Rohani y le dijo: “La vida te da pocas satisfacciones. Mi padre tuvo muchas con el fútbol y el Real Zaragoza. Yo, me conformo con menos: Aniquilo a los que nos odian”.

Y apretó el botón.

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