Día de partido en 2017

Por Ángel Euardo Secanella Gracia

Algunas veces sucede que me gusta ver parecidos donde no los hay o busco alguna relación en asuntos que son totalmente independientes uno del otro, como una manera de explicar algo que no entiendo muy bien o que sé muy bien de qué trata pero me gusta darle ese toque personal e intransferible que le dé un sentido más divertido o por qué no decirlo más espléndido.

No hace mucho tiempo, mientras consumía deliberadamente el tiempo, hasta la hora de un partido, veía un documental sobre la historia de España. Concretamente de la época del siglo de oro ¡Qué potencial! ¡Qué conquistas! ¡Qué logros! Seguramente, aunque se hicieran cosas mal… Había tantas que se hacían bien, que quedaban sepultadas por tanto brillo y vivacidad, pero que con el mero paso del tiempo, con monarcas cada vez menos eficientes, que a su vez delegaban en otros dirigentes, llamados no sé si con cierta sorna “válidos”, trajo consigo el derroche, la dejadez, una sensación de invulnerabilidad y, en consecuencia, empezó la decadencia del país y se llegó a otra época menos brillante que José Cadalso definiría muy bien: “España es el esqueleto de un gigante”. No pude contenerme y relacionarlo con el Real Zaragoza. Justo cuando más relaciones encontraba entre esos diferentes y dispersos asuntos, sonó el móvil, era un mensaje de un amigo recordándome que el partido empezaba en veinte minutos; me preguntaba si lo iba a ir a ver. Salí de casa y tomé el camino al bar donde solemos ir.

Al poco me encontré con un conocido que me preguntó si iba a ver el partido.

— Claro que si — le contesté, mientras le ofrecía la mano para saludarle.

— Hoy tocará ya ganar — dijo casi suspirando. Vaya rachita que llevamos…

— El rival es duro —afirmé. En esta categoría entre iguales ya se sabe, es complicado…

— Por desgracia no podré verlo. Se lamentaba a través de una mueca graciosa. Tengo que ir con mi señora a visitar a unos parientes, pero bueno mejor así… No sufriré tanto… Ya veré el resumen más tarde —concluía, mientras retornaba la marcha a la vez que nos despedíamos.

Es curioso, hace no mucho tiempo las excusas hacia su señora hubieran sido interminables para poder ver cualquier partido, aunque fuera simplemente escuchado por la radio. Este encuentro rescató de mi memoria aquellas impresiones que solía darme mi padre después de los partidos; que ganaba el Real Zaragoza: “hijo, qué gran partido hemos hecho”; que perdía el Real Zaragoza: “ vaya partido habéis perdido”.

Reanudando la marcha pensé que era la época que nos tocaba vivir. Cuando llegué a la plaza vi como se acercaba otro vecino que, con una amplia sonrisa en su cara y con la camiseta de otro equipo que juega en otra liga, me preguntó con su perfecto acento aragonés:

— ¿Ande vas? —y antes que le pudiera contestar y entre risotadas gritó: ¡Si quieres ver un buen partido de furgol el partido es más tarde!

— No gracias, yo sólo veo a equipos grandes. Tal comentario le hizo soltar todas las carcajadas que debía tener guardadas para el fin de semana y, dándome una generosa palmada en la espalda, le vi marchar como el labrador ve alejarse las nubes de su sembrado. Es la época que nos toca vivir, pensé de nuevo.

Al entrar al bar también empezaron a brotar nuevas relaciones entre la época actual y las glorias pasadas. Ya no existe disputa por los mejores sitios para ver el partido, no hace mucho tiempo, había que ir con antelación para coger los mejores puestos; en cambio al abrir la puerta solo se veía a los propietarios del local y dos personas ajenas al partido. Quedaban escasos minutos para que comenzara el partido e iban llegando poco a poco los aficionados, “los indestructibles” como a mí me gusta llamarlos y otras personas del todo ajenas a la batalla. Sin orden y sentido los clientes ocupábamos nuestros espacios. En un extremo de la barra estaba un señor que irradiaba un notable optimismo, y estaba tan seguro de la victoria que el mundo entero la alabaría; hoy sería el punto de inflexión que llevaría al equipo a mejores puestos, tan alto que rozaría el Olimpo de los dioses. En el otro extremo estaba sentado tímidamente un chico joven acompañado por un amigo. Imaginé que lo había convencido para que lo acompañara después de una larga negociación.

Ya en la zona de tribuna que, en realidad, es la forma en la que me gusta denominar a la zona de las mesas, se encontraba un matrimonio con sus hijos de corta edad; llamaban la atención gratamente pues era ella quien realizaba un gran esfuerzo por atender a sus pequeños y ver el partido, mientras el marido, móvil en mano, navegaba por los mares de la información. En otra mesa estábamos mis amigos y yo. Al comenzar el partido, también empezaron los primeros comentarios sobre la eterna mala suerte que habíamos tenido en el partido anterior, además de una mala aplicación de justicia. En nuestro caso, parece que su señoría se pone una doble venda cuando debe juzgar nuestras acciones.

Como era predecible, el comienzo del partido no fue el esperado y para aliviar la tensión y evitar el aburrimiento expuse a mis amigos mi ensayo sobre la relación que había encontrado en tales y dispersos asuntos. Fue acogido con cierta curiosidad y con alguna risa, pero en ese momento el partido empezó a animarse.

— Estamos jugando bien —exclamó uno de ellos.

— Vaya como se puede fallar eso? —se oyó al rato.

— Pues hemos tenido más oportunidades que ellos —dijo alguien.

— ¡Ay! Si estuviera esta temporada D.M. o por lo menos B. B. …

Cada partido parece ser una oda a la canción aquella que decía que cualquier tiempo pasado fue mejor. Las ocasiones fueron llegando y, a la vez, crecía la indignación en el personal a la vez que se acumulaban cascos vacíos de cervezas, refrescos y aperitivos con cáscara en la mesa. Era como estar en el viejo campo de la Romareda, la única diferencia es que allí el alcohol suele estar presente ya sintetizado en los cuerpos de los aficionados y es más o menos acusado en el respetable.

Cuando más claras eran las ocasiones para nuestro equipo, cuando parecía que el entusiasmo se apoderaba de todos los que estaban en el bar, el trencilla del partido decidió que la primera parte había llegado a su fin. En ese momento el bar empezó a vaciarse y al mismo ritmo la calle a llenarse de humo. Era fin de semana y había cierto ambiente, pero ni comparación con el de otra época no tan lejana, muchos de los que salían a fumar ya no iban a regresar.

Comenzaba la segunda parte y no había prisa por volver a entrar. El partido empezó como se había acabado, es decir, fallando las mismas ocasiones que se habían tenido en la primera parte y con algún contragolpe del equipo contrario que iba despertando. Por supuesto y a pesar del juego bastante duro del rival, la primera tarjeta amarilla fue para nosotros. Mientras el árbitro anotaba la tarjeta, un señor de la mesa de al lado preguntó qué puesto ocupaba el rival en la tabla. Nos sacaban tres puntos.

Como veía que el partido había entrado en una fase un tanto insustancial, me levanté para ir al servicio. No había hecho más que abrir la puerta cuando un gran bullicio atronó el local, habíamos metido gol, me alegré pero me dio rabia no haberlo visto. Rápidamente volví para unirme al alborozo que se había formado en el local, y mis compañeros de mesa me recibieron con cierta guasa: me tacharon de gafe, me invitaron a salir del local para que marcáramos otro y, al final, me describieron el buen gol que se había conseguido desde el exterior del área.

Los minutos del partido se consumían poco a poco y muy despacio, el rival parecía que atacaba cada vez con más peligro, las ocasiones falladas ahora se convertían en tristes lamentos y los cambios de nuestro equipo parecían tener nulo efecto en el desarrollo del partido. En una jugada que aparentemente no tenía ningún tipo riesgo, llegó el atronador silencio al local, había marcado el equipo contrario. Poco duró ese silencio, pues fue roto por la indignación y la ira en forma de comentarios tan variopintos como comunes: “Pero si estaba solo para rematar”. “¡Qué han hecho!”. “Con lo que hemos fallado.”. “Pero qué celebran tanto, se piensan que han ganado la Champions”. “¡No les vuelvo a ver nunca más!”.

En el tiempo de descuento, el optimista ya no lo era tanto y, entonces, aseguraba a los cuatro vientos que desde el principio él sabía que este partido no se ganaría. Siempre me ha llamado la atención ese tipo de comportamientos puesto que si ya se sabía tal resultado, ¿está justificado pasar tan mal rato?

El joven, mucho antes de que nos empataran ya se había marchado, quién sabe, quizá a ver el otro partido que me sugirieron antes o, tal vez, a encontrarse con la chica que le gustaba o, en el mejor de los casos, a casa a estudiar. La mujer, aún con cara de cierto enfado, ya volvió a ser madre y dejó de ser forofa, ya no miraba el partido y tan solo jugaba con sus pequeños y prestaba atención a su marido.

El pitido final del partido desalojó prácticamente todo el local, dejando una imagen de desorden y abandono apático y rabioso como si fuera un solar del extrarradio. Otro duro golpe a la base que sostiene la fe. Otro día más en la época que nos toca vivir, otra jornada condenados a vagar por este extenso desierto que nos toca cruzar que parece no tener fin. Pero sólo nos queda eso, levantar el ánimo y la cabeza. Limpiar el polvo y sacar brillo a nuestras botas de esperanza y seguir caminando, y caminar juntos, optimistas y frustrados, soñadores y despiertos, propios y ajenos.

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