El festín

Por Sergio Grima Trasobares

Junio de 2017. La Romareda.

El árbitro pitó el final de la primera parte y los jugadores se dirigieron a la boca de vestuarios. Mientras, en los graderíos, la gente se arremolinaba hacia los vomitorios. Rauda compitiendo por un hueco en los bares y en los servicios. Él por contra se quedó pensativo. Impasible a la vorágine del descanso, mirando al marcador. Estático. Con ese sosiego que produce la resignación.

“Este año tampoco habrá ascenso a Primera División”  -pensó.

Abrió la mochila y extrajo de su interior un enorme cilindro envuelto en papel de plata. El bocadillo en forma de cimitarra apenas cabía en el macuto. Empezó a romper el papel por uno de sus extremos del pan. Con suma precisión iba extrayendo uno de los extremos observándolo con sumo interés. Como un avezado cirujano en el manejo del escalpelo separó los dos extremos de la punta de la barra viendo su interior.

“¡Maldición! ¡Otra vez lomo con pimientos!” –se lamentó para sus adentros.

Empezó a analizar la situación metódica e interiormente: “Cada quince días, aquí en La Romareda, en estos infames horarios que nos traen este detestable fútbol moderno, … ¡siempre lomo con pimientos! Bueno, al menos este año, casi todos partidos son a las ocho de la tarde o así” – reflexionó. – “Porque lo que era insoportable era tragarse ese bocata en los partidos matinales. Eso sí que era un sufrimiento.”

“Y lo peor” –continuó con su meditación- “es que la temporada próxima toca más de lo mismo. ¡Más partidos horrendos, más segunda división y más puñetero lomo con pimientos!”

Y se comió el bocadillo cimitarra sin decir ni una palabra. Sin levantar la vista del papel de plata. Tan solo en dos ocasiones bebió dos pequeños sorbos del pequeño botellín que había comprado a la entrada, para poder deglutir los pimientos que tanto odiaba.

Terminó “su festín” en apenas cinco minutos. Comenzó la segunda parte. Se conectó los auriculares y aunque escuchaba la radio, su mente estaba ya muy lejos de allí. Rememoró como nunca le ha gustado el fútbol. A diferencia de su padre, ya casi octogenario, que siempre ha sido un forofo, él nunca tuvo el más mínimo interés.

Se acordó también de aquella tarde de hace cuatro años cuando el Zaragoza descendió a Segunda. Su corazón se compungió aquel día al ver a su padre llorar como un niño pequeño. “Voy a ser el muerto más infeliz de la historia” – se lamentaba su padre. – “Me voy a morir y el Zaragoza estará en Segunda División. O aún peor, desaparecerá.”

“Que no papá. Ni tú te vas a morir ahora, ni el Zaragoza va a estar mucho tiempo en Segunda División, ni mucho menos va a desaparecer” – le trató de calmar.

“Eso me lo dices para que me tranquilice. Pero no es verdad. Tengo ya una edad y sé lo que digo. Pero yo sufro por el equipo, es parte de mi vida y mientras respire seré socio y pagaré la cuota, aunque ese abono se quede en el cajón de la mesilla. Tengo que vivir para ver al Zaragoza otra vez en Primera entre los grandes.” – vociferaba el anciano fuera de sí con el disgusto deportivo.

“Que no hombre, que te lo digo de verdad. Que no va a desaparecer. Y por el abono no te preocupes que si quieres ya iré alguna vez yo con tu abono, y te diré qué tal ha ido el partido”. – replicó el hijo.

Replicó y cometió un grave error. Ya que apenas un par de meses después, en el mes de agosto, su padre le recordó que iba a empezar la temporada. Que el domingo empezaba la liga y que no olvidase de pasar por casa para recoger el abono antes de ir al partido. Así empezó todo. ¡Y cómo decirle a su padre que no le gustaba el fútbol!

Su mente evocó las últimas cuatro temporadas.

El primer día que pasó por casa de sus padres a recoger el abono. El cómo sus longevos padres le esperaban en la puerta de casa. Su padre con el abono en la mano. Su madre con la mochila que él usó para ir a la facultad durante años.

“Cariño, te he preparado la cena para que comas en el campo. Como le he preparado a tu padre toda la vida.” – explicó su madre.

“No hace falta que traigas después el abono después del partido.” – suplicó su padre con la ilusión de un niño al abrir un regalo.- “Pero por favor no tardes mucho que me tienes que contar qué tal ha ido el partido y cómo han jugado los chicos”

Revivió aquel primer partido de aquella temporada. El ambiente en las gradas. El calor de agosto. La ilusión. El empate a cero frente al Mirandés. Las arcadas que le produjo aquel bocadillo en La Romareda.

Y así durante cuatro años.

Aunque los veía casi a diario, la rutina de la semana de partido era siempre la misma. Se acercaba por casa de ellos un poco antes del partido para recoger los accesorios imprescindibles: el abono y el macuto con el bocadillo.

Durante los primeros meses el bocadillo supuso alguna que otra grave discusión con su madre. Le comentaba a ella que no era necesario que le preparara el bocadillo. Que ya era una mujer mayor y no era necesario que se lo hiciera. Ella se disgustaba y decía que ella también quería ser útil. Y le preguntaba si es que no le gustaba el bocadillo. Y él le mentía. Le decía que le encantaba y que no se trataba de eso. Que era por su bien, que no quería que se cansase, que no era necesario. Y entonces la anciana replicó con un argumento lapidario. Que mientras su hijo fuera al fútbol no tendría que cenar esa noche por ahí, ni comprarse bocadillos, que para eso estaba ella. Que mientras su madre tuviera fuerzas para preparar un triste bocadillo de lomo con pimientos así lo haría. Tal y como llevaba haciendo con su padre más de cuarenta años. Y que las madres son así y no hay que replicarles ni contrariarlas.

Tras la recogida del pack abono-bocadillo siempre igual. Asistencia al partido. Unas veces con entretenimiento. Las más con aburrimiento exasperante. Una victoria, derrota o empate para el Zaragoza. Y unas veces regresaba a su casa si es que ya era tarde, y en otras ocasiones si era temprano volvía a la de sus padres para devolver el abono y la mochila y contarles cómo había discurrido el partido.

La mayoría de ocasiones se inventaba jugadas extraordinarias que no habían sucedido en absoluto. Y si daba la casualidad de que su padre había visto la retransmisión por televisión, aducía que eso había sucedido durante alguna repetición porque por la tele no se ve todo lo que pasa en el campo. Y el anciano asentía con la inocencia propia de quien quiere creer que tal cosa ha sucedido de una determinada manera.

Finalizó el partido que nos ocupa y salió de sus absortos pensamientos. Las pilas de la radio habían fenecido hace rato y el pitido del árbitro fue como el chasquido de dedos del hipnotizador. Miró su reloj y vio que no era tarde. Iría a casa de sus padres para llevar el abono de esa temporada que acababa de finalizar. Y la mochila.

Llegó y le esperaban ambos bajo e dintel de la entrada. Su padre con ese gesto característico de brazos abiertos que se realiza cuando alguien te dice ¡qué se le va a hacer!.

“Bueno hijo, ya sabíamos que el partido de hoy había que jugarlo y ya está. Pero la temporada próxima ascenderemos. Seguro. Estoy convencido de que a la próxima sí que sí” – expresó su padre mientras se apartaba dejándole pasar al interior de la vivienda.- “Pasa y explícame algo del partido que haya merecido la pena”.

Sentados en el sofá el hijo empezó a fantasear contándole jugadas del partido. Regates imposibles, tijeretas propias de acróbatas, carreras dignas de Supermán. Su madre le ofreció algo de tomar y él tan solo quiso agua. Se la trajo y fue la buena mujer a recoger la mochila hasta la próxima temporada.

Se quedaron a solas padre e hijo y el anciano le espetó- “Hijo, no quiero que vayas por obligación eh. Sé que va a ser el quinto año del Zaragoza en Segunda División. Solo de pensarlo se me abren las carnes. Si no quieres ir este próximo año no es necesario que vayas.”

“Tranquilo papá que no es obligación. Si tú quieres seguir siendo abonado yo estoy dispuesto a ir.” –respondió él.

“¿Pero entonces te hace ilusión ir a los partidos del Zaragoza?” – inquirió su padre.

“Estoy deseándolo papá. La semana de partido no pienso en otra cosa” – mintió descaradamente.

Cogió el vaso de agua y se lo bebió de un trago como el náufrago rodeado por mar salada o el extraviado en medio del desierto.

“Bebe hijo, bebe. Que esos dichosos pimientos repiten más que el demonio” – alentó el padre.

“Sí que repiten sí. Pero bueno, es tu bocadillo favorito para ir al fútbol. El que has comido durante más de cuarenta años” – sostuvo el hijo.

“¿Mi favorito? – exclamó el padre con los ojos como platos- “¡Odio ese maldito bocadillo! Pero,… ¡cómo decirle a tu madre que no me gustaba el lomo con pimientos!” – gritó el padre mientras ambos carcajeaban y se fundían en un abrazo. Entretanto la madre llegó, sonrió sin comprender nada y se sentó junto a ellos confiada y segura en que al año próximo sí que sí.

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