El sorteo

Por Esteban Cazaña Fernández

Caminaba solitario por las calles del centro de la ciudad con sus manos embutidas dentro de su abrigo. Aunque la primavera apuntaba ya en el calendario y aún más en los anuncios del Corte Inglés, el cielo de la ciudad confirmaba una climatología muy distinta. Miró inquieto su reloj y avivó el paso al comprobar que estaban a punto de dar las doce, la hora fijada para que se produjera el sorteo de la Copa del Rey.

Aunque ciertamente aquel año las cosas no iban demasiado “católicas” en lo referente a la Liga, pues tan solo un milagro les podría ascender a primera división, en el popularmente llamado torneo del K.O. la situación ciertamente era muy diferente. Si bien en un principio habían tenido un tanto de suerte al tocarles rivales de baja entidad, en la última eliminatoria habían conseguido vencer, tras un segundo partido épico con un gol en el último segundo del descuento, a todo un Villarreal, el verdugo del Bilbao y del Sevilla. Y eso, se dijo a sí mismo, eso debía de significar algo. A su entender, mostraba sin ningún tipo de dudas que, con frecuencia, la suerte iba unida al éxito. Cientos de veces se había demostrado ese axioma en el que equipos presuntamente más débiles se habían impuesto a otros poderosos en dinero y jugadores, aunque en el fondo no podía engañarse y sabía perfectamente que la buena suerte había que forzarla.

Avivó el paso decididamente, deseaba llegar lo antes posible al bar del Antonio, un gallego tremendamente particular que había llegado hacía más de veinticinco años a Zaragoza sin que todavía nadie supiera aún de que población y que todavía conservaba su característico acento norteño. Saludó tímidamente y se acomodó en uno de los taburetes de la barra del bar para ver en directo el sorteo, meditó un momento; siempre había sido de barra. Incluso en sus tiempos más jóvenes la prefería antes que una mesa, por muy bien situada que se encontrara con respecto a la televisión o por muchas amigas que pudieran sentarse en ella.  Aquel recuerdo le trajo una sórdida sonrisa a sus labios  y agachó levemente la cabeza mirándose los zapatos tratando que aquel momento fuera lo más privado posible.

Desde que se quedó en el paro, ya hacía más de 19 meses, pasaba mucho tiempo en ese lugar. Demasiado tiempo según decía su mujer, que se había convertido en la auténtica sostén de la casa gracias a su trabajo en Correos. El largo tiempo sin trabajo y la profunda depresión en la que él se había sumido habían desestabilizado profundamente a la pareja de tal modo que en demasiadas ocasiones prefería no estar presente cuando ella llegaba a casa de trabajar. Su situación le hacía sentir culpable  y estúpidamente inútil cuando estaba a su lado y era incapaz de aguantar la mirada de su mujer sin encontrar en ella un reproche o la sensación de estar recibiendo una limosna cuando ella le servía  la comida.

Tan solo aquellos partidos de futbol parecían devolverle a lo que había sido anteriormente, aquel hombre con ilusiones del que ya no quedaba nada. Ese debía ser el poder del deporte del que tanto hablaban los medios de comunicación y que realmente nunca había sido capaz de entender del todo.

Mañana todo sería diferente, se había dicho esa retahíla mil veces mientras apuraba a diario el último trago de cerveza antes de volver a casa… Pero cada día se convertía en lo mismo y esa monotonía solo era capaz de romperla aquellos hombres que semanalmente saltaban al césped a jugar su partido.

Consultó de nuevo su reloj y lo comparó con el que estaba en el bar. Bueno, había llegado con el suficiente tiempo como para acomodarse con tranquilidad. La cosa, en el fondo, no pintaba del todo bien del todo, el sorteo era realmente complicado, estaban el Madrid y el Barça que eran dos auténticos trasatlánticos futbolísticos  en comparación al Zaragoza. Pero, no había que perder la esperanza, les podía tocar el Celta. Ese era un rival asequible aunque fuera un primera división. Aunque mirándolo de forma objetiva, tampoco era tan malo que les tocara uno de los llamados grandes… A estas alturas de la competición se veían con fuerza de eliminar a todo aquel que tratara de cerrarles el camino a la final.

Miró hacia su alrededor, la gente parecía sentirse un tanto ajena a aquello que para él era absolutamente crucial. Tras una interminable batería de anuncios, finalmente la televisión se conectó con la Federación de Fútbol y todo un escalofrío producto de la emoción le recorrió la espalda cuando vio las cuatro bolas de los equipos introducidas en el bombo.

Comenzó el sorteo…

El riesgo, siempre vivo….

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