Epílogo de un fracaso | La Lupa

Epílogo de un fracaso | La Lupa

Real Zaragoza 1 – 2 CD Tenerife

La polvareda que había levantado al frenar la caída se disipó al fin. Todo había terminado. Solo entonces se atrevió a mirar bajo sus pies, allí donde el precipicio lejano y profundo como la boca de un monstruo, se abría ante él. Hasta ese momento no había sido consciente de lo cerca que había estado de morir.  La tormenta había cesado y con ella el riesgo inmediato. Ahora tocaba levantarse y esperar la vuelta a casa, donde podría descansar, restañar heridas, y replantearse el futuro. La gran montaña permanecía ante él, quieta, majestuosa, con su cima en lontananza, brillante objeto de un deseo una vez más, un año más, no conseguido. El sentimiento de horror que la visión del abismo le había instilado fue dando paso poco a poco a la calma del recuerdo de cómo había empezado aquella cuarta temporada en segunda división, aquel cuarto intento de ascensión.

La repesca de ilustres iconos del zaragocismo como Cani y Zapater fueron el motor de una ilusión al principio de la temporada. Milla, el nuevo entrenador, parecía conducir con acierto el equipo. Poco a poco la pésima planificación deportiva empezó a tener consecuencias. El director deportivo, Juliá, trajo a otro entrenador, en una decisión que se revelaría tan errónea como la larga lista de fichajes desastrosos que se habían hecho en verano. Popa, Casado, Barrera, Xumetra, Bagnack o Irureta. Además de eso, jugadores como Fran, Dongou, Isaac, Cabrera, Ros, José Enrique o Lanzarote tampoco aportaban un plus diferencial para sacar al equipo de la mediocridad.

Esta desgraciada temporada estaba lejos de cortar el suministro de infortunios, insensateces, torpezas o muestras de surrealismo. El caos en los temas médicos, con jugadores lesionados una y otra vez (Wilk), lesionados sí o no (Dongou, Xumetra), o el percance sufrido en lo más crucial de su ser por Edu García, un jugador por otra parte, de la casa, comprometido, y que aún no habiendo alcanzado un gran rendimiento, ha sido despachado por la directiva de una manera injusta e ignominiosa, en contra además, de parte de la afición.

La directiva, sea quien sea quien se esconda detrás de las decisiones, nos deja este año un rosario de homenajes al absurdo que ya lo querría para sí Agapito el maldito. Llegado el mercado de invierno, y ante las carencias en la creación de juego, regalan al único jugador capaz, Eric Morán, a un equipo de primera división donde se hace con un puesto de titular. A cambio, traen varios jugadores de complemento y entre ellos, una vieja gloria: Samaras, un gigante campeón de Europa con la Grecia de hace una década, con llegada incluida en loor de multitudes en la estación Delicias. Una estrella declinante que ha tardado varios meses en ponerse en forma, o no, pues me temo que ya no lo sabremos.

Mientras esto sucedía, y acabando el mercado de invierno, Juliá era despedido del club. Las expectativas que el exjugador del Real Zaragoza había creado resultaron ser los cimientos de un fracaso sostenido. El nuevo entrenador, Agné, fue cesado ante la deriva en barrena en la que el equipo había entrado.

Fue en ese contexto en el que surge un hombre de verdad. Un valiente de los de antes, un tipo con la dignidad como seña de identidad, con poco que ganar y mucho que perder. César Laínez, que se arriesgó a convertirse en el último entrenador de la Historia del Real Zaragoza, aceptó el inevitable reto de hacer el sucio trabajo que nadie quería hacer. Un héroe de nuestro tiempo y de nuestra tierra. Junto a él, otro nombre propio, un coloso a cuya mención hay que levantarse y aplaudir. Alberto Zapater, el hijo pródigo que marchó lejos para triunfar y que retornaba este verano desde el calvario físico en el que había estado hacía meses. Ha resultado ser el pulmón y sostén del equipo, ese ancla sin la cual quien sabe qué habría sucedido.

El último partido, contra el Tenerife, cerraba la peor temporada de nuestra Historia, al menos hasta donde llegan las memorias de los más viejos del lugar.  Y hasta el último momento hubo decepción. Dos días antes, el único jugador que junto con Zapater podría haberse dicho que había realizado una gran temporada, marcando 21 goles con el equipo y exhibiéndose como un gran delantero, cometía una torpeza tan simple como grave, tan trascendente como imperdonable. Angel Rodriguez fue un gran jugador y una gran persona, casi era alguien “de la familia”, pero resbaló. No importa que hayas sido un mercenario excelente y que hayas cumplido con los servicios prestados de manera impecable. La familia no puede tolerar la traición.

No descubrimos nada nuevo. Las cosas son así y siempre lo han sido. Cuando era muy joven yo solo veía épica sobre el césped. Héroes los nuestros y villanos los rivales. Escuchaba a mis mayores expresar su decepción sobre los futbolistas cuando se volvían egoístas, indolentes o avariciosos, y no lo terminaba de entender. Poco a poco la vida te va enseñando. Al final, habrá quien venga de fuera a ayudarte pero…seguramente la solución a tus problemas esté más cerca de lo que crees. En casa, en nuestra casa,

Junto al gran Cani, el maltratado Edu García, el coloso Zapater o el héroe Laínez, hay un equipo entero de chavales que se han ganado el ascenso de categoría. Son el futuro. Algunos llegarán al primer equipo y se abrirán camino. Otros, sin merecerlo, serán tratados como perros por los de siempre, ya sea siendo apartados para que jueguen las medianías traídas de fuera, o directamente invitados a abandonar el club. Será un error que no debería cometerse.

Otro año más empezaremos en segunda división. Y no deberíamos caer en la ansiedad demasiado pronto. Los errores del pasado están ahí para enseñarnos. Habrá que tener paciencia, y proyecto. La montaña sigue ahí, desafiante, esperando a ser conquistada. Esta vez casi nos quedamos en el camino, pero seguimos con vida para volver a intentarlo. Por supuesto que sí.

Por Ron Peter.

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