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Por Ron Peter
La tarde, aunque soleada,
se presentaba con el plomizo tono de fondo de las cosas
que se acaban. Todas las tardes de fin de fiestas tienen
un sabor peculiar. Los que las han disfrutado, miran hacia
atrás con pena. Los que odian las celebraciones,
que también los hay, sienten alivio. Unos y otros,
con las energías festivas próximas al colapso,
esperábamos con ilusión al partido del domingo,
del último domingo de fiesta, a rematar faena y a
celebrar.
Pintaba oros la contienda,
con un Zaragoza invicto tras seis jornadas ligueras enfrentándose
a rivales de la talla de Barcelona, Deportivo, Atlético,
Valencia o Betis. Llegaba, parecía, la hora de desquitarse
de tanto empate. Por fin un rival más asequible,
más de andar por casa. Además clásico,
de esos que llevan amarrados a la primera división
desde que se echa el recuerdo a pasear. Un rival que llegaba
en mal momento, con un equipo desvalorizado y con una mala
tarjeta de presentación en los inicios de liga. Vamos,
un torito como para lucirse el torero a puerta gayola.
Pero
lo que son las cosas. Algo pasó que descalabró
el guión. Una jugada absurda, de las que hacen del
fútbol un arte inexacto, dejó marcado el destino
del partido. Una ingenuidad de Alvaro, que día tras
día se muestra más vulnerable a los ataques
de inconsciencia, marcó el destino de un encuentro.
Encajar un gol pronto es un contratiempo importante, pero
un equipo como el nuestro ha de tener recursos suficientes
para superar esa dificultad. Ayer no fue el día.
A partir de ese momento,
todo fue un asedio descoordinado a un enemigo completamente
manso, sin ninguna ambición, con querencia a las
tablas de su propia área y que recordaba a los equipos
recién ascendidos y sin recursos económicos,
cuya máxima ambición al jugar de visitantes
es conservar el empate a cero. El hecho de que Victor decidiese
no sustituir al portero César, presuntamente lesionado
en la segunda parte, da un idea del temor que despertaba
el contrario.
La
Real Sociedad del domingo fue un equipo penoso, pero se
encontró con el peor Real Zaragoza que hayamos visto
esta temporada. Sin ideas, sin circulación de balón,
con una desesperante falta de acierto a nivel individual
en casi todos. Hasta hombres que siempre suelen cumplir,
como Zapater o Savio, parecían haber disminuido en
sus prestaciones habituales. De los demás, mejor
no hablar. Con decir que “Pantera negra” Ewerton
no mejoró al ahora suplente atlético Galletti,
o que Ponzio, sin hacer absolutamente nada especial, pareció
destacar sobre el resto, está todo dicho.
Lo de los arbitrajes es
ya pintar sucio sobre sucio. Al igual que sucedió
el año pasado, parece que nos las tienen que dar
de dos en dos. Tras el robo de Barcelona, llegó el
de ayer. El sicario de turno, por no decir algo más
soez, se encargó de forma contumaz de negar cualquier
suerte de pena máxima en el área donostiarra.
Hay quienes vieron un penalti no pitado. Algunos vieron
hasta cuatro. Da lo mismo. Incluso más que eso, lo
que más encendió mi indignación fue
ver como, tras una falta con evidente agarrón a Savio,
éste se levantaba y se quejaba al árbitro;
y el de negro, que lo había presenciado todo, despreciaba
al brasileño con un gesto lamentable. Fue una jugada
sin repercusión, pero que mostró el viciado
talante con el que llegó este señor. Creo
ya que de nada sirven las protestas, que lo único
que funcionaría sería la unión entre
los equipos, pero es como pedir solidaridad a una manada
de hienas. Mañana, le robarán al Betis, al
Mallorca o al Villarreal, y nosotros seremos los primeros
en reirnos con las chanzas que los cretinos del canal plus.o
de otros medios hagan a su costa. Así es la realidad.
Se terminó el partido,
se terminó el domingo y llegó la hora de recomenzar
la vida normal. Esperemos que este pequeño desastre
sea subsanado y se quede para siempre como el último
recuerdo de un verano que se fue. Y es que, como todo el
mundo sabe, en la inmortal ciudad de Zaragoza el verano
no se termina hasta que no se extingue el último
rescoldo del último fuego artificial, lanzado al
cielo pasadas las doce de la noche del último día
de las fiestas del Pilar.
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