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Por GUALTERIO MALATESTA
"Francamente
querida, me importa un bledo" - Con esa sonora y contundente
afirmación, Red Butler finiquita los lastimeros lloriqueos
de Escarlata O´Hara en el dramón sureño
“Lo que el viento se llevó”
Con una frase parecida me hubiera gustado a mí poner
fin a la enésima decepción que sentía
ayer al salir de La Romareda. Me gustaría que fuera
así de fácil, así de breve, así
de contundente.
Y es que han pasado 24 horas desde que terminó la
nueva pesadilla y el cuerpo me sigue pidiendo dar rienda
suelta a la indignación contenida, al enorme hastío
que suponen tantos años de decepciones ligueras continuadas,
al desmoralizante baño de mediocridad en el que llevamos
sumidos más tiempo del deseable y, me pregunto, si
más del soportable. No puedo evitar lamentarme por
una gestión empresarial que olvidó hace mucho
que este negocio se basa en un deporte y en una afición
que debe disfrutar con él, por una sucesión
de entrenadores lineales y, eso sí, baratos, que
rara vez saben congeniar con el gusto de la grada, ese que
algunos presumen conocer y otros sitúan en la pista
del circo. No puedo evitar sentirme alucinado por las encuestas
que año tras año nos sitúan en puestos
de competiciones internacionales ignorando que ya son muchas
las temporadas en que no quedamos por encima del duodécimo
puesto.
Pero no puedo cortar así. No es posible porque hay
demasiados motivos para trocar esa indignación en
preocupación y me impiden zanjar el tema con la pose
chulesca de mandar a esta institución allá
por dónde, dicen, los pepinos amargan.
Al echar la vista atrás recuerdo noches llenas de
magia y de ilusión, en Madrid, en Sevilla, en Barcelona,
en París. Recuerdo algunos nombres con los que uno
tiene el placer de “forear”, recuerdo a aquellos
que desgraciadamente se quedaron en el camino y para siempre
en el recuerdo, y entonces me siento lleno de este sentimiento
tan habitualmente entristecedor y doloroso, pero ocasionalmente
satisfactorio y emocionante y que nos mantendrá unidos
para siempre, por mucho que me desespere.
La tarde empezó con sorpresas. La primera no hacer
experimentos y poner a un miembro de la plantilla en su
sitio. El debut de Chus Herrero fue una buena noticia para
todos y el canterano estuvo a la altura de las circunstancias.
La voluntad popular acabó imponiéndose y la
rigidez de las alineaciones de Víctor se resquebrajó.
La tan cacareada entrada de Ewerthon por Óscar se
hizo realidad. El brasileño, aportó movilidad
y mejoró el trabajo del pucelano, se acercó
más al área e incluso aprovechó una
extraña jugada del siempre denostado y brillante
Cani, para poner en ventaja al cuadro aragonés.
Pero el inmutable guión estaba, cómo siempre,
escrito, y el final, una vez más, no era feliz. La
sabiduría popular sentenció a Movilla a falta
de diez minutos para acabar el primer tiempo con una sonora
pitada. Su juego está en un terrible bache y necesita
descanso. Pero esa pitada pareció romper los esquemas
de Víctor. Se pasó de la inmutable cabezonada
al cambio radical y la sorpresa con que comenzó la
tarde se completó con el doble cambio en el doble
pivote.
Con la entrada de Celades y Generelo un espejismo de buen
juego se abría ante la afición y parecía
que por fin, algo había cambiado y, ahora sí,
se había dado el paso necesario para cambiar las
desastrosas segundas partes del Real Zaragoza. Pero sólo
fue eso, Un espejismo. Una vez más el conjunto no
estuvo a la altura y se vino abajo, una vez más los
últimos veinte minutos fueron de enorme sufrimiento
con el rival más cerca de marcar que de encajar.
Una vez más fue un fracaso. Otro mal resultado que
nos sitúa en una posición tremendamente delicada,
pero esta vez, las alarmas se disparan porque se hicieron
cambios y los cambios tampoco dieron resultado. Esta vez
no sólo no se disipan las dudas si no que se generan
aún más de las que teníamos. Quitar
a Óscar no fue solución, cambiar a Movilla
y Zapater no fue solución. Una vez más el
rival se nos comió en la recta final del encuentro.
Y si Víctor cambia y no funciona… ¿Es
Víctor el culpable por haber tardado tanto en reaccionar?
¿Resurge el fantasma de la plantilla sobrevalorada
que no da más de sí? ¿Es un problema
de actitud o de aptitud?
Cesar a Víctor es inevitable y me atrevería
a decir que necesario. Más pronto o más tarde
deberá marcharse porque sea cual sea la respuesta
a las anteriores preguntas, todos los caminos conducen a
Víctor. No da señales de tener solución,
está casi tan desorientado cómo la grada y
cae en excusas que empiezan a ser patéticas. Esta
vez ha tocado el desgaste de dos partidos, otras veces es
el árbitro, pero da igual; sólo son eso, excusas.
Lo
único cierto es que, de nuevo, caminamos con paso
firme hacia otra temporada en el limbo de la medianía.
Cada temporada se hace más difícil encontrar
motivaciones para acudir al estadio. El aburrimiento, la
decepción y el desasosiego están incluidos
en el abono del Real Zaragoza desde hace demasiado tiempo.
Una
vez más tenemos que recurrir a urgencias para que
nos saquen de la UCI, pero llevamos muchas temporadas ingresados
porque estamos enfermos, muy enfermos. Y de momento no hay
medicamento a nuestro alcance para curar nuestro mal, salvo
quizá, dejar de engañarnos a nosotros mismos
de una puñetera vez.
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