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Por Ron Peter
Si no fuera por los destellos
de calidad y buen hacer apreciados durante los primeros
partidos de la temporada, habría motivos sobrados
para pensar con rotundidad que se avecinan malos tiempos.
Es cierto que el proyecto deportivo gestado hace dos años
y que convirtió a nuestro equipo en una especie de
Ave Fénix resucitadora de ilusiones, se empezó
a derribar este verano con la venta de Villa, actualmente
cañonero de referencia en la liga española.
Pero eso no debería desanimarnos más de lo
habitual, pues es costumbre y casi dogma de la casa, la
autocastración en cuestiones de construir grandeza.
Aún
con todo, cuando un proyecto muere o se transforma, otro
distinto nace en su lugar, y llega el momento de las manidas
frases: “es lo que hay” o “no vale la
pena mirar hacia el pasado”. Podemos olvidar el pasado
lejano, sí, pues está más “pasado”
que las golondrinas de Bécquer, pero no deberíamos
hacer lo mismo con el pasado cercano, con aquel mencionado
y corto tiempo que hubo al principio de la liga, en la que
el Zaragoza se mostraba como un equipo serio, motivado y
ordenado en el campo. Todo aquello se quebró en Barcelona,
con aquella casquivana sentencia arbitral que nos arrebató
la victoria. Visto lo sucedido desde entonces, se podría
decir que también se nos esfumó el espíritu,
pues el equipo no ha levantado cabeza.
En la visita al Bernabeu,
el equipo aragonés intentó repetir el planteamiento
de aquella tarde, juntando las líneas y ejerciendo
un control del ritmo de partido que maniatase al rival.
La idea no era mala en principio, pero el Madrid actual,
o al menos el del domingo, se maniataba solo. Muy lejos
de la imagen de juego espectacular y brillante que la iconografía
merengue tiene en sus altares mediáticos, fue ayer
un equipo que olía a ocasión idónea.
El Zaragoza, con el sistema grabado en la frente, no supo
aprovechar la oportunidad.
El
gran inconveniente de jugar al control es que es fácil
dejarse la ambición en las alforjas, con lo que se
acaba aspirando al empate, y ya se sabe que una de las máximas
más repetidas en el fútbol es que jugar a
empatar supone derrota segura, y más en el terreno
madridista. El Real Zaragoza pudo haber forzado más
la máquina. Tras encajar el gol, llegaron las prisas.
¿Por qué no antes, siendo que un empate no
aportaba gran valor añadido?
De nuevo penaltis pitados
en contra. Esta vez dos. Prescindiendo de si fueron o no
decisiones justas, es curioso lo que los datos nos ofrecen.
La estadística no es una ciencia exacta. Más
bien es la instrumentación de la medida de aquellas
magnitudes que no son todo o nada, sino que arrojan resultados
intermedios. Sucesos tales como que el Zaragoza lleve más
de un año sin que le piten un penalti a favor; o
sufrir cinco penaltis en contra en seis partidos, o dos
seguidos en tres minutos en el mismo encuentro, muestran
un inquietante alejamiento del simple azar. Si es culpa
sólo de los árbitros, asumámoslo; pero
si no, es preciso tomar medidas: enseñar a los defensas
a defender, o al menos a disimular la contundencia, e instruir
a los delanteros a propiciar el penalti enemigo cuando se
acerquen al área. Vamos, que ya vale de hacer el
pardillo.
El
crédito del entrenador está disminuyendo a
un fuerte ritmo. Ya se oyen en la ciudad voces que insinúan
un relevo. De momento queda mucha liga y la actual crisis
puede ser tan solo coyuntural. Lo malo de encadenar demasiadas
oportunidades perdidas es que, aunque individualmente se
puedan deber a la mala suerte, a alguna mala actuación
o a los árbitros, en conjunto crean una presión
negativa en el jugador, que sale al campo con un plus de
fatalidad en estado de ánimo. Ello propicia que,
ante la más leve adversidad, el equipo sea incapaz
de reaccionar. Ahí entra la labor de V.M., que no
sólo debe probar variantes de los recursos de que
dispone, sino que debe ejercer más que nunca de motivador
y de “espabilador” de los jugadores. Contra
el Madrid era de esperar una derrota, pero hay muchos equipos
(cada vez menos) que no son el Madrid, y están ahí
fuera esperando que les ganemos. No debemos perder más
oportunidades.
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