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Por Ron Peter
Hace
algún tiempo, en un programa de televisión
dedicado a la parapsicología, se expuso el curioso
caso de un tramo de carretera en el que los coches andaban
solos y los objetos como bolas o rodillos, una vez puestos
en el suelo, rodaban cuesta arriba. Semejante trasgresión
de las leyes de la física fue achacada en principio
a magnetismos telúricos incomprensibles, hasta que
a alguien se le ocurrió que lo que el ojo humano
percibía como cuesta arriba, no era tal, y una vez
aplicados los instrumentos medidores definitivos, se determinó
que el camino en cuestión era levemente cuesta abajo.
Los árboles, que crecían ligeramente inclinados,
habían contribuido a dar una falsa impresión.
Al Real Zaragoza de hoy en día, y sin necesidad de
tener que recurrir a explicaciones paranormales, todos los
partidos le resultan cuesta arriba, sean fáciles
o difíciles.
Una
nueva visita a Villarreal, donde nunca hemos ganado y con
el estigma en el recuerdo de aquella asunción de
un descenso merecido hace tres años y medio. Cada
vez que jugamos contra este equipo, más de uno se
pregunta como es posible que un pueblo venido a más,
en el que tan solo hay un hotel y dos pensiones, pueda presumir
de un equipo en champions. Pues es lo que hay, y mientras
el submarino amarillo permanece tranquilo por los puestos
de arriba, nuestro equipo sufre como una máquina
vieja en los bordes del pozo.
El
partido transcurrió en general de forma plana, con
una sensación continua de igualdad no exenta de tensión.
En ningún momento hubo un dominador claro de la situación.
A veces parecía que el Villarreal mandaba en el centro
del campo, pero nunca fue determinante. El ritmo de juego
no resultaba tampoco de lo más aburrido que hemos
visto últimamente. (desgraciadamente nuestro listón
en ese sentido está ya muy bajo) y cualquier cosa
parecía que podía suceder. Pasaban los minutos
y los temores más ancestrales de una nueva derrota
iban aflorando. Algunas jugadas concretas y aisladas suscitaron
momentos de pánico momentáneo, pero nada sucedió.
Absolutamente nada. El partido terminó como empezó,
como si hubiese sido el largo paso de un suspiro que al
final se extingue.
De
poco sirve decir que se ha conseguido un punto en un campo
ajeno, cuando lo que se precisa es bastante más.
Estos días de parada parecían propiciar un
cambio, una especie de renovación anímica
en los jugadores para afrontar este reto, y de hecho, se
apreció una muy ligera mejora en la actitud de los
jugadores con respecto al día de Madrid, pero no
fue suficiente. Es cierto que el equipo muestra una disposición
ordenada y que se consiguió al menos no perder la
concentración en ningún momento, pero eso
sólo es bueno si no estás aquejado de carencias.
El
hecho de llevar ocho empates de doce partidos revela dos
cosas: una es que el Zaragoza es un equipo difícil
de derrotar y la otra es que no sabemos cómo ganar
partidos. La defensa, que sigue siendo de espalda vulnerable,
ya no es el principal problema. En el centro del campo podemos
jugar sin Movilla, pues hay otros jugadores que aún
pueden decir cosas. Es en la delantera donde está
la clave de las victorias, y no sólo es culpa de
los jugadores. Hay que ensayar más. No todo se reduce
a Óscar intentando hacer paredes en medio de los
centrales. ¿Por qué no utilizar la velocidad
de Ewerthon para llegar desde atrás? Quizás
alguna vez fuésemos nosotros quienes pillásemos
desprevenidas a las defensas contrarias.
Un
empate más que apenas suministra unas gotas de agua
en la escasa cantimplora del entrenador, pero que le da
para llegar al próximo partido. La estabilidad es
buena para todos y a nadie le convienen los cambios traumáticos
pero estamos en un estado de urgencia del que hay que salir
como sea, aunque sea con un gol injusto en el último
minuto. El próximo partido contra el Sevilla es vital.
Hay que ganarlo. No hay más.
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