|
Por Jeremy North
Una
de las películas más interesantes de la década
de los 90 del siglo pasado fue “Atrapado en
el Tiempo”. En ella el gran Bill Murray es
Phil, el hombre del tiempo de una cadena de televisión,
que es enviado un año más a un pueblo de Pennsylvania,
a cubrir la información del festival de “El
día de la marmota”. En el viaje de
regreso, Phil y su equipo se ven sorprendidos por una tormenta
que les obliga a regresar a la pequeña ciudad. A
la mañana siguiente, al levantarse, Phil escucha
en el radiodespertador el mismo programa que la mañana
anterior y a la mañana siguiente igual… se
ve condenado a revivir, una y otra vez, el mismo día.
Todo se repite, pero Phil advierte ciertas ventajas con
tanta repetición, puede aprender de los errores que
ha cometido en ese mismo día y al siguiente cambiar
su actuación, con lo que su vida puede resultar mucho
mejor. En la película se crean muchas situaciones
ingeniosas y se asiste al cambio de valores del protagonista
sin caer en la obviedad ni la sensiblería. El Real
Zaragoza también tiene su particular repetición
en su vida, pero con una duración más amplia;
se la podría llamar “El año de la marmota”
y tendría una particularidad negativa con respecto
a lo vivido por el meteorólogo: en su actuación
NUNCA se producen cambios.
En la semana previa al partido
contra el Sevilla hemos escuchado y leído declaraciones
de los jugadores, de Víctor Muñoz, del Directivo
Miguel Pardeza, etc., advirtiéndonos de la importancia
de este partido y de lo mucho que se jugaba el Real Zaragoza
en el envite y nos aseguraban que los ánimos estaban
por las nubes. Pero al comienzo del partido esos animosos
chicos pasaron a ser ánimas, almas del purgatorio,
y su corazón estaba helado como la tarde. Excepto
César y Gaby Milito, el resto del equipo se encontraba
a merced de las robustos y rápidos jugadores sevillanos,
que a pesar del pesado viaje desde la lejana Rusia, parecían
estar más descansados que nuestros atribulados representantes
futboleros de la ciudad.
El partido tuvo poca historia.
Fue un monólogo del Sevilla, superior en todas las
zonas del campo, y lo único que mantenía cierta
tensión era conocer el momento en el que se adelantarían
en el marcador. La desgraciada jugada del minuto 39 de la
primera mitad, que acabó con la expulsión
de César, fue la puntilla para unos jugadores en
descomposición. Sin fuerzas, sin ganas, sin motivación,
el Real Zaragoza fue un juguete roto, descosido por todas
sus costuras, con una indolencia abusiva en sus acciones,
un camino continuo hacia la nada.
Julio,
agosto, septiembre 1997, 1998, 1999, 2000… hasta 2005,
se repite la historia, la misma historia, ilusión
en la pretemporada, fichajes extranjeros vendidos desde
el club como cracks y confianza absoluta en la “maduración”
de los jóvenes valores. Esta teoría anual
fracasa sin paliativos cuando se traslada al césped
el valor aparente de nuestros chicos, las pregonadas pepitas
de oro puro se convierten en hojalata de desguace.
Han sido entrenadores del
Real Zaragoza en estos nueve últimos años
Víctor Fernández, Costa, Rojo, Lillo, Marcos
Alonso, Flores y Víctor Muñoz. Con todos ellos,
excepto con Rojo en su primera etapa, no se ha superado
la duodécima plaza, clasificación paradigmática
de la mediocridad más absoluta, y han sucedido cosas
peores que no quiero ni mentar. Esta acumulación
de desastres en el banquillo puede proceder de la elección
de entrenadores de bajo nivel, o que las plantillas que
se forman tienen más vuelo a priori que a posteriori,
o la combinación de ambas causas. En todo caso los
habituales resultados negativos no proceden de fuerzas ocultas
ni de extraños conjuros, porque hasta el momento
ni Iker Jiménez ni ninguno de los gurús de
lo paranormal están interesados por el devenir zaragocista.
Víctor Muñoz
debe ser cesado, mejor hoy que mañana, ha perdido
completamente el rumbo. Pero el “Alien” que
está gangrenando el cuerpo de la entidad sigue allí,
actuando y destrozando su ser. En gran parte de la afición
zaragocista existe el convencimiento, convenientemente reforzado
por las proclamas de los cercanos al poder, que sin Soláns
el Real Zaragoza irá a la ruina y desaparecerá;
es una hipótesis posible y no descartable. Pero existe
otra hipótesis más posible: con Soláns
vamos a la ruina, tanto deportiva como económica.
Aunque
en el club ya tienen asumido el sufrimiento, si se les pincha
en su epidermis no sienten nada, como nos lo indicó
esta semana el Sr. Pardeza Pichardo: "no estamos
asustados, porque esto ya lo hemos vivido muchas veces".
Pues que bien, todos tranquilos.
|