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Por Ron Peter
En
el Zaragoza actual hay cosas buenas y cosas malas. Sus jugadores
poseen una calidad individual que permite confiar en que
jugadas aisladas ayuden a resolver partidos. Sin embargo,
resulta cara de ver la conjunción de los ritmos y
momentos de cada uno de ellos. En el partido contra el Español,
jugadores que estaban funcionando recientemente como Ewerthon,
César o Gabi Milito, tuvieron actuaciones mejorables.
Por su parte, el “bueno” del equipo continúa
sin destacar demasiado y es comprensible pues su calidad
se basa en la genialidad, y esta no surge fácilmente
desde donde Savio se encuentra ahora mismo. Hay que darle
tiempo y todo llegará. Otros jugadores, en cambio,
como Generelo o Diego, con sus goles respectivos, recuperaron
puntos en su particular tarjeta anímica. Eso es bueno
e implica que si un día no están unos, estarán
los otros y que los recursos del Zaragoza existen aunque
a veces haya que registrar con ahínco para encontrarlos.
La
presión sobre el entrenador se ha aliviado de forma
notoria con los últimos resultados, que le están
manteniendo cierto crédito para continuar al frente
de la nave. Victor aprovecha el tiempo prestado para seguir
investigando sobre cómo conseguir el equipo ideal,
con la calma de un analista de laboratorio sometido a la
sorda pero intensa obligación de obtener algún
producto rentable. Entre prueba y prueba, ya descubrió
el poder curativo del ingrediente Ewerthon en la delantera.
Ahora intenta encajar el efecto Celades en la pócima,
sin conseguirlo de momento. Casi nadie entiende la suplencia
inicial de Movilla viendo como cuando sale a jugar el equipo
mejora en prestaciones. Quizás sea esa la idea de
Victor: ir dando minutos a un jugador que los necesita y
que puede llegar a ser necesario, y aprovechar su relevo
por el pelado para dar un latigazo al partido y sorprender
al rival.
Tras
dos victorias seguidas, a punto estuvo el Zaragoza de llevarse
otros tres puntos para casa, pero no pudo ser. Todavía
recuperándose de sus heridas más recientes,
el equipo está tierno y sin el oficio suficiente.
Se supo mantener el intercambio de golpes durante una anodina
primera parte, tanteando al rival y dándole tiempo
a ponerse nervioso, aunque una vez más apareciese
Tamudo, que viene a ser como una especie de duendecillo
socarrón que siempre gusta de mojarnos la oreja.
Parece mentira el tiempo que llevamos y aún debemos
resignarnos a que no se le sepa marcar a este señor
con la adecuada atención.
En
la segunda parte, parecía repetirse la historia de
la victoria de Cádiz, con los dos goles que remontaban
el tanto rival. Pero el conjunto maño pecó
de candidez y pareció no creerse semejante premio.
No se supo enfriar el partido adecuadamente y en una desgraciada
falta, el de siempre volvió a marcar. Ya llevamos
varios partidos en esta temporada en los que, próximo
el final del partido, la ventaja se diluye ante un despiste.
La falta de estatura en nuestros centrales titulares es
algo que está ahí y no se puede cambiar, pero
hay que suplir esa carencia con concentración y colocación,
y recordar sobre todo que hasta el rabo todo es toro y que
los partidos duran… efectivamente, noventa minutos.
Una
verdadera lástima, pues una nueva victoria hubiera
supuesto una proyección seria hacia la zona media
de la tabla y sobre todo, una tremenda inyección
de autoconfianza. Pero es lo que hay: empate fuera y punto.
Un vistazo a la tabla clasificatoria revela cómo
hay equipos que aparentemente están fuera de su lugar,
como Betis, Bilbao, Celta o el Osasuna de los milagros.
También se ve cómo empieza a partirse la tabla
en dos partes. El Zaragoza está cerca de la mitad,
pero es engañoso pues son sólo cuatro los
puntos que nos separan del descenso, por once de la zona
europea.
No
hay que descuidarse, pues. Se ha salido de un shock, pero
la situación continúa siendo delicada y hay
que seguir creciendo. El equipo sigue con su tendencia de
recuperación, justa y necesaria si se quiere optar
a algo mejor en esta Liga.
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