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Por Ron Peter
Al
término de la primera vuelta, el Zaragoza de nuestros
amores se nos presenta como una auténtica e inmisericorde
potencia de la naturaleza deportiva, ganando uno a uno a
cuantos rivales le salen al paso con más efectividad
que sabor, pero con una sensación de seguridad de
la que hasta hace muy poco carecíamos. Del fútbol
se ha dicho mucho y muy variado, con tantas definiciones
como sesudos pensadores han intentado dejar su voz en el
amplio bestiario de este nuestro deporte rey. Una en especial
surge ahora: el fútbol es un estado de ánimo.
De nada le sirvió al Mallorca acudir a La Romareda
con la esperanza de hacer un buen partido y sacar algo positivo.
Un conjunto no desdeñable en lo físico, con
una estructura de contención que también propiciaba
algún pequeño zarpazo atacante, podría
haber aspirado a algo en nuestro campo hace dos meses, cuando
la situación era más fea que la mascota de
la Expo, pero no ayer. Tras el primer gol los jugadores
isleños volvieron a recordar en sus respectivos fueros
internos: “Dios mío, otra vez”, “Hoy
tampoco es el día”, “No salimos del pozo”,
etc…, y así es como se escribe el devenir de
las cosas. Un fallo en defensa, bien aprovechado por Oscar,
rasgó la frágil vestidura enemiga, que ya
jamás pudo recomponerse.
El partido careció de brillantez. El Zaragoza se
limitó a varear a su rival hasta que cayeron las
olivas, y a controlar el resto del partido. Otras veces
se ha comentado esto de nuestros rivales, pero ayer daba
la impresión de que el Zaragoza tenía una
absoluta confianza en sí mismo, en poder hacer lo
que quisiera y cuando quisiera, con parsimonia pero con
decisión. Fue así como el segundo gol llegó
para apuntalar al primero, y el tercero tan solo cinco minutos
después del gol del Mallorca.
Esa confianza, esa seguridad, la dan las victorias. No es
que se juegue mejor que antes. No, lo que sucede es que
la confianza da resultados y los resultados dan confianza.
Los jugadores van cogiendo esa fuerza interior que les era
antes escasa, y están creciendo. No hay partido en
el que no presenciemos como tal o cual jugador ha tenido
un buen día. Si los días pasados era Ewerthon
el hombre de moda, el domingo pudimos ver como Oscar se
envalentonaba gracias a su balsámico gol, o como
Cani conseguía arrancar un aplauso unánime
de la parroquia local tras su sustitución. Además
de esto, pudimos disfrutar de dos golazos de un auténtico
matador del área. El acierto en el fichaje de este
hombre se hace patente con cada piña que les hace
tragar a los rivales. Ya está entre los goleadores
de cabeza en la liga española, y su techo aún
no es conocido. Por aquí han pasado grandes delanteros
centro, pero es complicado establecer comparaciones. En
todo caso, Diego responde al perfil de ariete de envergadura,
no exento de técnica, y con un punto de rabia en
el quehacer y la lucha en el área.
El conjunto está, sin duda, en un momento dulce.
Es casi inaudito pensar que hace tan sólo seis semanas
a la cabeza del entrenador le quedaba menos que a King-kong
en lo alto del Empire State , pero la magia del fútbol
tiene estas cosas. Empezaron a llegar los equipos situados
en lo bajo del tabla, y el Zaragoza hizo lo que tenía
que hacer: ganarles. Aún con todo esta racha actual
que nos ilumina no ha hecho sino compensar la desmantelada
mala racha que acaeció entre Barcelona y Cádiz,
con lo que nos quedamos en la tabla en una posición
de medianía algo escorada hacia arriba.
Y es hacia esas posiciones de arriba hacia las que todos
debemos mirar. Quizás estemos ante un falso llano.
Quizás, en el momento menos pensado, vuelvan las
bonanzas a trocarse en pepinos amargos. Hasta que eso llegue,
si llega, debemos aprovechar el viento a favor. Casi todos
los jugadores tienen una especial motivación para
crecer. Unos, porque quieren ir al mundial, otros porque
quieren encontrar su lugar en el universo mediático.
Otros, los canteranos, porque quieren a su club como siempre
lo han querido y siempre lo querrán. A todos les
aguardan pronto retos más fuertes y más gratificantes.
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