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Por Ron Peter
Cuando me disponía
a presenciar el inicio del partido, un aficionado próximo
soltó el siguiente comentario: “¿Otra
vez estos?”. Con esta frase venía el seguidor
a resaltar la curiosa circunstancia de repetir enfrentamiento
con el mismo equipo tres veces en doce días. Vamos,
como para acabar harto de ver siempre las mismas caras.
Cuando estas cosas suceden, nunca sabes si es bueno o es
malo, porque aunque se aprenden cosas del rival, también
el rival aprende cosas sobre ti. No es normal que uno de
los dos equipos se lleve el gato al agua en todos los partidos,
aunque siempre nos quedará la feliz excepción
de aquel Celta del 2001 contra el cual salvamos la categoría
y ganamos la Copa de España, todo ello en pocos días.
A lo largo de este triple roce entre atléticos y
zaragocistas, los primeros han experimentado una clara dinámica
de mejoría, desde la decadencia del perdedor, tufo
último de pervivencia de un entrenador condenado,
hasta la construcción de un equipo estructurado y
mucho más motivado. El Atlético de Madrid
hizo su partido con seriedad: se anticipó en el marcador
en una jugada aislada y se dedicó a defender la ventaja
con sobriedad. El Zaragoza, en cambio, acabó mostrándose
como un equipo embotado, sin ideas, sin fluidez, y con un
punto menos de velocidad, fuerza y acierto que le impidieron
superar la adversidad.
El partido pintaba para el cero a cero, si bien el Zaragoza
gozaba de más aproximación al área
rival. Los madrileños tan solo se defendían,
hasta que llegó el gol. En un error de concentración,
Toledo no guarda la distancia de seguridad con Maxi, y no
puede impedir que éste se le coma la espalda con
patatas. César, que momentos antes ha tenido una
salida espectacular, elige la opción de salir, en
vez de aguardar, y el delantero envía sin piedad
a las mallas. A partir de ese momento, el paraguayo se vuelve
un flan. Si a ello sumamos el recuerdo de pasadas actuaciones
de Ponzio, nos queda la explicación de la idea generalizada
entre toda la afición, de que los laterales habituales
necesitan un recambio.
El Zaragoza de los milagros, el conjunto enrachado, aún
podría haberse levantado del bache, pero entonces
se topó con el elemento inesperado. Durante todo
el partido el encargado de impartir justicia, el amigo Iturralde,
se tomó tal labor con una ligereza cuando menos curiosa:
ignoró casi todas las faltas cometidas sobre Savio,
sacó una desproporcionada tarjeta amarilla a Ponzio
e ignoró dos penalties, uno de ellos en sus mismas
narices. Cierto es que no se debe justificar la derrota,
pero poniéndonos en el papel de los jugadores, hay
que admitir que hace falta tenerlos cuadrados para presenciar
una actitud así por parte de quien ha de juzgarte
y seguir realizando tu trabajo de forma impávida.
El desánimo y el desconcierto son inevitables. Mucho
me temo que el Zaragoza, en este vertiginoso mes y medio,
vuelve a acercarse a una zona peligrosa, donde hay que ir
poniendo ya la señal de: “peligro: zona de
malos arbitrajes”. El Barcelona, que espera en Copa,
no debería ser un equipo temible para el Zaragoza
en lo estrictamente deportivo, pero cosas como esta hacen
que algunos temamos más a los árbitros que
a las estrellas rivales. “Dura Lex sed lex”
Este empujón se vino a añadir al tropiezo
que ya llevaba el Zaragoza. Nada de lo que se intentó
a partir de ese momento funcionó. El recambio de
Celades por Movilla no sirvió esta vez. Las conexiones
arriba nunca prendieron. Esa carga extra de rabia y pundonor
que hubo contra el Bilbao, el sábado pasado no se
apreció, (si bien el rival era superior). Se echó
de menos la aguja mágica de Cani, capaz de sorprender
con su incertidumbre, y ni los delanteros ni un Savio que
retornaba, fueron capaces de evitar el desastre. Con esto
se trunca la racha que llevábamos. Esperemos que
sólo haya sido un accidente y que podamos pronto
volver a ver al Zaragoza ganador, o por lo menos con algo
de regularidad, cosa que se está echando de menos
en esta temporada.
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