|
Por Jeremy North
En vísperas de un
día grande se suele estar menos atento a los pequeños
detalles, aunque no sean tan nimios. Se prepara con devoción
y esmero una boda, una comunión, un bautizo, una
despedida de soltero, etc., y algún acontecimiento
que se tenía preparado con antelación de menor
importancia resulta incómodo, pero se debe resolver
de la mejor forma posible. Así tuvo que encarar el
Real Zaragoza el partido del sábado.
Pronto pintaron bastos para nuestro equipo. A los dos minutos,
el gran oso balcánico Savo Milosevic remataba plácidamente
de cabeza un centro lejano, mientras Gaby Milito y Aránzabal
ejecutaban dos perfectas estatuas.
El Osasuna es un equipo diseñado y trabajado perfectamente
por Javier Aguirre, un magnífico entrenador. La presión
que realiza el equipo navarro es asfixiante y sincronizada,
su lucha por cada balón es digna de elogio y su sistema
de ayudas y de repliegues es fenomenal. Su único
pero gran problema radica en que esto del fútbol
se sigue jugando con una cosa redonda llamaba balón
y hace falta calidad para manejarlo, y de esa “cualidad”
no andan muy sobrados los osasunistas. Por eso, cuando pasado
el chaparrón inicial los zaragocistas, liderados
de nuevo por Cani, empezaron a mover el esférico
con sentido y rapidez, el dominio del encuentro cambió
de dueño, y sólo con faltas consiguieron los
navarros controlar la superioridad zaragocista. En una de
esas faltas, Leonardo Ponzio consiguió un golazo
y con eso reestableció la igualdad en el marcador.
El comienzo de la segunda parte fue similar al de la primera,
pero afortunadamente sin gol en contra. El dominio osasunista
fue aplastante y Víctor Muñoz decidió
que había llegado el momento de reservar fuerzas
para el decisivo choque copero y ordenó varios pasos
hacia atrás a sus jugadores, renunciando a las operaciones
en la vanguardia. El empuje de los de Aguirre siguió
inalterable pero el sistema de contención zaragocista
funcionó a la perfección y no concedió
apenas oportunidades a los navarros. La defensa rayó
a gran altura, excepto por el despiste inicial mancomunado,
y esa es una gran noticia, después de unos cuantos
partidos con la retaguardia en el reino de Babia.
Me quedó la sensación al finalizar el encuentro
de que no se intentó plasmar la superioridad técnica
zaragocista en una mayor concreción ofensiva, que
se estuvo demasiado tiempo con el freno echado, intentando
regular los esfuerzos y evitando un excesivo contacto físico
con los duros y animosos navarros. Esperemos que los dos
puntos que se perdieron ayer no sean decisivos en un futuro
y no tengamos que lamentarnos de ello, pero al menos el
equipo sigue intacto y preparado para el infierno que le
espera en el Coliseum madridista, leviatán futbolístico
acostumbrado a gestas similares a las de Pelayo o a las
del Campeador, pero que no van a tener continuación
el próximo martes.
Una visita desagradable: El cambio de nombre
del antiguo “Sádar” por “Reyno
de Navarra” no ha modificado los hábitos de
la mayoría de los aficionados pamplonicas. Es cierto
que no es toda la afición la que insulta, humilla
y calumnia al Real Zaragoza y a los símbolos más
queridos de nuestra ciudad, pero gran parte de ella muestra
un seguidismo alarmante a la actuación de los ultras
de ese estadio, los “Indar Gorri”, gente de
la peor calaña que sienten un acerado odio por lo
que significa el Real Zaragoza y la ciudad de Zaragoza.
Es más fácil que un grupo numeroso de energúmenos
controlen las reacciones de la afición en un estadio
pequeño, pero también es de ley que esa misma
afición sepa distinguir entre el ánimo a su
equipo y las chanzas al equipo contrario con esa caterva
de barbaridades que sueltan desde sus gargantas, que hacen
daño a su imagen, no sólo en Zaragoza, sino
en todo el fútbol español. Los incidentes
con la expedición zaragocista es una más de
las ofensas que llevan realizando esos ultras en los últimos
años. Es inútil seguir pidiendo la reconciliación
entre aficiones cuando está claro que un grupo numeroso
de una de ellas no lo desea.
|