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Por Ron Peter
La
visita de uno de los grandes del fútbol español
y mundial siempre debería ser motivo de alborozo
entre los espectadores, hambrientos de espectáculo
y diversión. Desgraciadamente, las cosas no siempre
transcurren por los derroteros deseados, y a veces la emoción
esperada acaba siendo de naturaleza muy distinta a la puramente
deportiva. La cita nocturna del sábado en La Romareda
empezó como partido de fútbol, y acabó
convertido caprichosamente en una grotesca pantomima.
El Barcelona se presentó con una actitud distinta
a la de la Copa. El equipo alegre y arrollador, cuya defensa
era de papel ante las avalanchas de nuestros delanteros,
vino transformado en un conjunto sólido, armado desde
atrás, más preocupado de asegurarse la protección
de su propia meta, que de atacar. Fue también una
muestra del respeto que el Zaragoza se ha ido labrando en
los últimos tiempos. El partido devino en un enfrentamiento
táctico sin demasiadas incursiones ofensivas, contra
lo que en principio era de esperar. Ningún jugador,
ni en un bando ni en otro, brillaba con luz propia. Con
empate a cero se llegó hasta bien entrada la segunda
parte.
Fue entonces cuando de repente, de forma totalmente inopinada,
surgió la figura del impresentable Samuel Eto’o.
Motivado supuestamente por la indignación debida
a unas actitudes racistas que percibió entre el público,
mostró sobre el terreno la decisión de abandonar
el partido. Ello provocó una extraña situación,
con este hombre caminando como un niño enrabietado
hacia los vestuarios, perseguido por el resto de desorientados
jugadores de ambos equipos y por el árbitro que intentaba
disuadirlo. Resulta absolutamente indecente tanto la actitud
insolente del jugador, como el servilismo mostrado por el
árbitro, quien debía haber aplicado con rigor
el reglamento permitiendo al entrenador barcelonista sustituir
a Eto’o. El abandono del resto de sus compañeros,
insinuado posteriormente por Ronaldinho, debería
haber concluido con la sanción ejemplar correspondiente
al club, aunque mucho nos tememos no hubiera habido en la
federación los órganos genitales suficientes
para tal medida.
Este hombre, Eto’o, es un personaje maleducado, miserable,
y por completo alejado de la ética deportiva. Su
trayectoria a base de escupitajos, desprecios e insultos
graves en público, tiene una de sus perlas en la
provocación sistemática de las aficiones rivales.
Es de una bajeza moral extrema utilizar un tema tan serio,
grave y condenable como es el racismo, para obtener un beneficio
en provecho propio, y eso es lo que hace este hombre, que
primero enciende y luego recoge el fruto de entre las cenizas
de la hoguera que él mismo ha prendido. Tras su patochada
inicial, el público de La Romareda, soberano como
cualquier otro, reaccionó con indignación
ante la permisividad arbitral y la inmunidad del delantero.
Fue entonces cuando se oyó el sonido del uh-uh-uh
que tanto gusta a los oidos del camerunés. Pero a
Eto’o se le habían terminado las ganas de quejarse.
Su equipo había conseguido el primer gol. Objetivo
cumplido.
Fue una victoria rastrera e inmerecida la del Barcelona,
que no necesita de estas añagazas para ser campeón.
Las chulerías y prepotencias deberían ser
algo inexistente en los equipos grandes, pero ya no hay
estilo ninguno. El equipo catalán no sólo
se lleva los tres puntos, sino que deja tirada a los leones
(y a las hienas) de los medios de comunicación, a
una afición noble como es la nuestra, a la que tan
sólo los creadores de crispación como Eto’o
y los buscadores de culpables, tacharían de racista
o xenófoba. Esta semana se nos dirá de todo.
Los guardianes de lo políticamente correcto nos pondrán
en el disparadero. No hay que hacerles ningún caso.
No pasa nada por esta derrota, por lo demás asumible.
No era el de hoy el rival más adecuado para sacar
puntos. El Zaragoza tendrá otras oportunidades para
ir sumando e ir haciendo granero, pero deberá aprovecharlas
con valentía y decisión.
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