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Por Jeremy North
El
sentido del estudio de la historia es aprender cosas que
han sucedido en el pasado y que muchas de ellas nos son
desconocidas. La historia es parte de nuestro mundo y de
nuestra herencia cultural, para bien o para mal, y no podemos
darnos el lujo de olvidarla, porque si lo hacemos, corremos
el riesgo de repetir errores probadamente evidentes y evitables
si se cuenta con una memoria histórica. El ser humano
tiende a negar la evidencia o es obcecado por naturaleza,
e insiste en provocar situaciones que facilitan el rencor
y el odio. Las personas en su mayoría somos conocedores
de la receta balsámica que evitaría la repetición
de guerras, hambrunas y desastres, pero somos incapaces
de ponerla a la práctica. El Real Zaragoza, desgraciadamente,
no aprende de los errores de su pasado y sigue insistiendo
tercamente en convertirse en el rey de la tierra de nadie.
Lamentable
es el único calificativo posible para definir la
primera parte del encuentro. El Getafe, un equipo modesto
hecho de retales, se plantó bien en el césped
y defendiendo muy arriba, desbarató la estructura
creativa de los zaragocistas. En todo caso el gran problema
no fue el quehacer de los madrileños sino la apatía
generalizada de un Real Zaragoza, vago y previsible, que
ni presionaba, ni defendía ni creaba. El dominio
del Getafe fue evidente y sólo el enésimo
chispazo genial de un excesivamente barroco Cani proporcionó
otro gol de Diego Milito, pero era una ventaja injusta,
y Paunovic, otra de nuestras bestias pardas, aprovechándose
de un error de César Sánchez, equilibró
el marcador. Incomprensible la actitud de los jugadores
zaragocistas, actuando con una suficiencia falsa que sirvió
para desnudar sus carencias.
La
galvana de la primera parte se convirtió en siesta
al comienzo de la segunda y sólo se desperezó
el equipo con la impresentable actitud de Álvaro
Maior, que dejó al equipo con diez jugadores por
una chiquillería que tendría que ser objeto
de sanción disciplinaria por parte del club. La inferioridad
de número llevó a la superioridad en juego
y el equipo demostró que era superior al Getafe en
todas las facetas, aunque otro fallo monumental de la zaga,
en especial de la conexión argentina Ponzio-Gaby
Milito, propició el segundo gol de Paunovic. El trabajo
excepcional de Diego Milito en la punta no fue recompensado
y el travesaño y un desconocido Luis García
finiquitaron las ilusiones zaragocistas.
Todo
es cuestión de carácter. Desconozco qué
sucede en las “tripas” de esta entidad, que
induce a los jugadores a creerse figuras antes de tiempo,
a tomarse los partidos como trámites que se sacarán
adelante sin mucho esfuerzo, que no consiga el entrenador
transmitir su ambición a sus acomodados pupilos.
El caso es que pasan las temporadas y se repite la historia
una vez tras otra, los aficionados pensamos que la plantilla
puede llegar muy lejos y realizar un campeonato de Liga
pleno de éxitos y el resultado final es la mediocridad
de la media tabla. Un equipo se hace grande en el torneo
de la regularidad, que mientras no se diga lo contrario
es la Liga, no la Copa. Los jugadores parecen más
preocupados en concentrar sus esfuerzos en el más
dinámico y compulsivo torneo del K.O. y olvidan que
la entidad que representan necesita un impulso que le lleve
a los grandes certámenes europeos, como la Champions,
que es el asidero económico que puede llevar a cuadrar
cuentas, y cada temporada que pasa es una muesca más
de un fracaso continuo.
Falta
un mes para la Final de Copa del Rey y ya nos hemos quedado
sin objetivos en Liga. Víctor tendrá que pensar
en dar descanso a ciertos jugadores a los que se les ha
subido el pavo y otros que han hecho méritos suficientes
para contar con más minutos aparezcan asiduamente
en las alineaciones, con un Savio obligatorio como titular.
A los aficionados nos queda esperar esa jornada de Madrid,
porque el lento deambular de un equipo sin carácter
en la Liga sólo puede producir somnolencia.
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