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Por Ron Peter
En
un entorno competitivo cualquiera, enfrentarse con el peor
clasificado, es decir contra quien hasta el momento peor
lo ha hecho, supone para los demás equipos una ocasión
estupenda para ganar y seguir sumando puntos, pues en el
deporte de alta competición no existe sitio para
conceptos como la piedad. Contra un equipo colista, el partido
se puede intuir tosco en sus principios, pero también
debería suponer una oportunidad de lucirse, de desarrollar
un juego ambicioso, donde la teórica superioridad
se hiciese sólida en el terreno de juego.
Ese espíritu combativo, esa ansia irracional por
ganar “a todo” que vemos en los niños
cuando juegan a cualquier cosa, se pierde con frecuencia
cuando el jugador se hace adulto y se convierte en un ser
analítico, que pondera recursos, esfuerzos y que
ve las victorias con una frialdad capaz de congelar el músculo
accionador de las mismas. Lo mejor es encontrar el equilibrio
entre fuerza y pensamiento. Por lo que se ve no resulta
nada fácil.
El
Málaga apareció revestido de ese infortunio
tan característico de los equipos en posición
de descenso. Como si fuese un nadador braceando infructuosamente
en aguas cenagosas, el equipo andaluz intentó de
forma alocada y estéril una aproximación al
área del Zaragoza. Un eje de la defensa distinto
de lo habitual, algo nervioso pero responsable; un César
consciente de la situación y la propia impericia
de los malagueños, bastaron para alejar el aparente
peligro. Pudo haber llegado, pero los gafes ayer tenían
la mirada puesta en otro sitio.
El Zaragoza nos volvió a obsequiar con un ejercicio
de desmotivación. Otra vez como la primera parte
de San Sebastián. La parroquia aragonesa, acostumbrada
ya a esta forma de jugar como visitante, aguardaba con paciencia
a que el buitre cansase a la presa y acabase cayendo sobre
ella. Pero eso no parecía que fuera a llegar. El
juego era cansino y deshilachado, impropio de una competición
de importancia y los parámetros por los que transcurría
el partido eran los de un tostonazo de antología.
Las
cosas siguieron igual tras el descanso. El cambio de un
apagado Celades por Movilla, peléon pero desacertado,
no supuso ningún incremento de las opciones. Los
noventa minutos se cumplían cuando llegó el
inesperado regalo del portero malacitano. Sólo desde
el atenazamiento del que se sabe con el agua al cuello se
puede entender semejante desbarajuste. Claro está
que hay que saber aprovecharlo, y para eso estaba el viejo
y sabio Savio robando y pasando a Ewerthon el hacha del
verdugo. Tan sorprendente fue la jugada, que el mismo árbitro
se quedó sin saber qué hacer con su propio
pito. Si Julio César dijo aquello de “Veni
vidi vinci”, ayer Supermaño podría haber
dicho: “Vine, sentadico esperé, y vencí…”
Son tres puntos de oro que se suman a las alforjas de la
esperanza, sentimiento que se empeña en no desaparecer.
Pero la victoria pírrica, obtenida en el único
tiro entre los tres palos en todo el encuentro, no debe
disfrazar lo intolerable de la situación: El Zaragoza
no mereció el premio, y eso debe inducir a una seria
reflexión: no se puede jugar de esa forma tan deshilvanada
y carente de motivación. Es necesario recurrir a
la agresividad, a las ganas de vencer, de demostrar que
se es superior. Hay que apelar al orgullo, a la autoquerencia,
al pundonor del maestro torero, al ahinco egoista del que
mata o muere.
Cuidado con fiarlo todo a una final de Copa del Rey que,
debemos recordar, se puede perder, y más si el equipo
se acostumbra demasiado al adocenamiento en los partidos
oficiales. A ver si va a resultar que cuando llegue la motivación
para hacer las cosas, nos hayamos olvidado de cómo
hacerlas.
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