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Por Jeremy North
“Se
las ponían como a Fernando VII”, es
una frase hecha que se dice al respecto para desprestigiar,
generalmente con ironía, aquello que se presenta
tan fácil que no hay ninguna dificultad para resolverlo.
Alude a la anécdota que cuenta cómo Fernando
VII, gran aficionado al juego del billar, solía disputar
partidas con sus camarillas. Estos contrincantes, deseosos
de agradar al soberano, procuraban siempre fallar sus golpes
y hacer que las bolas quedasen en inmejorable situación
para que el monarca hiciese sucesivas carambolas. En el
partido de ayer el Villarreal le presentó a nuestro
equipo un panorama casi limpio de obstáculos, con
las ausencias de Riquelme y Senna y el comienzo en el banco
de Sorín. Sólo con interés y algo de
acierto hubiera sido suficiente para derrotar al equipo
castellonense, que tenía la mente puesta en el encuentro
de Champions del martes próximo. Pero héteme
aquí que el Real Zaragoza aún ha puesto su
mente en letargo hasta una fecha más alejada, el
12 de abril, y salió a jugar con el freno puesto
y el sueño por bandera.
La primera parte fue un atroz despropósito de dos
equipos incapaces de hilvanar una jugada de mérito,
con todos los números para dar combate nulo por falta
de agresividad de los combatientes. El engendro primerizo
acabó con triunfo del Villarreal al apuntarse César
a la fiesta del terror, ejecutando una perfecta estatua
en una faltita lanzada por Roger.
Como es norma en los últimos partidos, nuestros jugadores
se pusieron las pilas en la continuación, aprovechando
la entrada del gran Savio Bortolini por el lánguido
Óscar, que abrió la banda izquierda al máximo,
ayudado en el otro lado de la cal por un hiperactivo Cani.
Las oportunidades se sucedieron, pero el desacierto de los
dos puntas y un curiosamente afortunado Vieira impidieron
que se hiciese justicia debida en el marcador, la que reclamaba
la segunda parte zaragocista.
Los presuntos ensayos para la Final de Copa van de mal en
peor. La portería contraria se sabe dónde
está, pero existe una gran atracción por tratar
al guardameta del contrario como un muñeco de feria
al que se le tiene que golpear para obtener un premio inexistente.
El presunto equipo titular no se sostiene en varios de sus
pilares, como Óscar (su presencia se hace irritante
para un aficionado al fútbol teniendo a Savio recuperado)
o Toledo, pero el mister zaragozano, terco como una mula,
insiste con los mismos jugadores.
El final de una buena etapa: la de Víctor
Muñoz en el club de sus amores compartidos. Pienso
que es un buen entrenador, que nos ha dado dos títulos
y que puede conseguir un tercero, que nos salvó del
desastre en su primera temporada y que ha trabajado con
la máximo honestidad y honradez, pero me temo que
ha llegado a su límite para manejar la plantilla,
que tiene más argumentos que la de su competitividad
en la Copa, y hace falta un salto hacia delante, en ambición
y riesgo, y Víctor no parece estar capacitado para
ser el timonel de un barco más grande.
La historia se repite… y las lupas también.
El pasado 12 de marzo se disputó en La Romareda el
encuentro entre el Real Zaragoza y el Getafe, que finalizó
con un desastroso 1-2, y en ese artículo señalé
una de las constantes de la historia reciente zaragocista:
“El Real Zaragoza, desgraciadamente, no aprende de
los errores de su pasado y sigue insistiendo tercamente
en convertirse en el rey de la tierra de nadie”.
Es una lástima, pero este comentario vale para esta
Lupa y parece que valdrá para cualquiera de las que
quedan de esta temporada y, si las cosas siguen en el plúmbeo
rumbo actual, en las venideras, salvo que “el
cabeza” de la entidad decida que
“ambición” tiene que pasar a
ser la palabra clave, y se consiga trasladar su significado
a una acomodada dirección deportiva y a los jugadores.
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