|
Por Ron Peter
De
vez en cuando surgen partidos que, por diversas circunstancias,
parece como si no existiesen. La gran magnitud de ciertos
acontecimientos, deportivos o no, que coinciden en el tiempo,
hacen que se nuble la perspectiva del partido más
próximo. La proximidad de la Final de Copa hacía
prácticamente transparente el enfrentamiento liguero
contra el Sevilla. Tampoco la marcha en liga del equipo
ha colaborado a que los aficionados hayamos visto alterados
nuestros ritmos biológicos esenciales. El baile de
horarios previo, que si en sábado, que si en domingo
por la mañana, que si por la tarde, terminó
por quitarle expectativas al evento.
Pero todo partido, por descolocado que sea, por nimio que
parezca, ya sea un solteros contra casados, heteros contra
gays, o una selección de ebanistas contra el resto
del mundo, tiene o puede tener su historia y ofrecer puntuales
chispas de realidad con las que quedarse. El domingo se
vieron cosas, se vió un gran gol y un gran fallo,
se vio un equipo sólido aún desde las suplencias
y por dejarse ver, hasta el árbitro tuvo su aquel.
El entrenador, que cada vez se perfila más metódico
y planificador, quiso contagiar a sus pupilos en la seriedad
y la responsabilidad del momento, convenciéndoles
de la importancia del choque. Así debería
ser siempre, pues todos los partidos son importantes. Algunos
buscarán sólo la relevancia de los puntos,
pero la profesionalidad es o debería ser una propiedad
intrínseca, residente en el interior de uno mismo
cuando hace su trabajo, independientemente de la influencia
que en el ánimo puedan tener los factores externos.
Dado que los puntos valían ya poco por sí
mismos, el partido contra el Sevilla era un partido para
demostrar ese íntimo sentido del deber.
La alineación resultó novedosa, pues Victor
se aplicó con denuedo a componer el Sudoku liguero-copero:
alineando a unos para no cansar a otros, pero cuidando de
no hacer descansar demasiado a algunos otros. Empezar jugando
con seis no titulares puede ser arriesgado, pero también
muy gratificante si sirve para estimularlos, para hacer
que se crezcan, y para comprobar como hay equipo. El combinado
resultante no reflejó desconcierto, sino por el contrario,
una consistencia y ganas de agradar que no se esperaban
a priori. El Sevilla jugó el rol de equipo local
atacador y sin suerte, sobre todo cuando llegó el
formidable gol de Sergio García, un hombre que contribuye
de forma satisfactoria a componer una gran delantera. Su
ratio de goles/minutos jugados, es envidiable.
No es en la delantera en donde el Zaragoza ha demostrado
este año sus mayores carencias, sino en la zona de
cobertura, en las líneas destinadas a salvaguardar
el marcador de goles contrarios. Es curioso como el Zaragoza
de esta temporada, a la hora de desarrollarse como equipo
ha conseguido lo más difícil: tener gol, y
ha dilapidado ese potencial como el que maneja arena entre
los dedos. No es solo por el partido de ayer, en el que
los de Hispalis empataron en el tiempo añadido. Más
bien diríase que el partido, ese mismo partido que
no iba a existir, resultó en sí mismo un símbolo
o paradigma concentrado, de toda una temporada: un buen
equipo que mete, que está ahí, y que al final
se deja la merienda tirada en el camino. Siempre la misma
historia. Intentar pensar a estas alturas lo que hubiera
sido nuestra liga de evitar la sangría de tanto empate
a deshora, no es más que una invitación al
sufrimiento y al rasgado de las propias vestiduras
Tras el tono de pesimismo que surge al echar la vista atrás,
llega el momento de mirar hacia el miércoles, donde
nos espera la última mano de una partida que se nos
ha dado algo mejor este año. En el Santiago Bernabeu
nos jugamos la temporada. Y hay que ganar. Todos debemos
contribuir a ello. Planchemos nuestras banderas, afinemos
nuestras gargantas, y… ¡A por ellos!!!!!
|