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Por Ron Peter
En
una de sus canciones, Joaquín Sabina nos relata la
amargura interior que sienten las personas al perder aquello
en lo que habían depositado ilusiones: la mujer que
se ve abandonada por su marido, o la muchacha que ve con
ojos llorosos el cuaderno en que escribió tantas
veces el nombre de su amor adolescente. La decepción
les invade cuando se preguntan quién les robó
ese mes de abril, ese símbolo de la primavera de
la vida, que ilumina de esperanza y de ilusión los
tiempos que han de llegar. A los aficionados del Real Zaragoza
también alguien o algo nos robó el mes de
abril, y todo aquello que podíamos desear, se esfumó
como el viento.
A pesar de la tendencia que tiene la ilusión a mirar
hacia el lado optimista, las señales de que algo
no iba bien ya estaban presentes antes de la final. Como
decíamos “ayer”, en la lupa del día
del Málaga (partido que se ganó): “Cuidado
con fiarlo todo a una final de Copa del Rey que, debemos
recordar, se puede perder, y más si el equipo se
acostumbra demasiado al adocenamiento en los partidos oficiales.
A ver si va a resultar que cuando llegue la motivación
para hacer las cosas, nos hayamos olvidado de cómo
hacerlas.”
El
Zaragoza había ganado las últimas cuatro finales
que había disputado y alguna vez tocaba perder. Habrá
más ocasiones en el futuro de triunfar en este torneo
puntual, pero lo importante es el sustrato del equipo, su
devenir cada domingo en una liga a la que no se había
dado la consideración suficiente. Frente al Cádiz
no vimos más que lo mismo que habíamos visto
contra otros equipos, con el agravante anímico que
supone tener tan reciente una derrota histórica.
La asistencia de público fue exigua. ¿Dónde
estaban los 35.000 del Bernabeu? El Zaragoza como institución
se esmeró al comienzo del partido en un gesto de
agradecimiento a la afición, aunque los acontecimientos
posteriores no validarían semejante demostración
de conciliación. La diferencia teórica entre
ambos equipos apenas se vislumbró algo durante la
primera parte, cuando el Zaragoza todavía mantenía
cierta dignidad sobre el terreno de juego. El gran Savio
nos regaló un soberbio golazo, quizás el último
de su andadura entre nosotros, pues desea marcharse. Otra
señal de descomposición: Otro a quien añoraremos,
como a ese mes de abril que no pudo ser.
Así como un barco que se sostiene endeble y al pairo
de las circunstancias, el Zaragoza aguantó hasta
el primer revés, y ahí empezó la cuesta
abajo. Una vez más, aparecieron esos errores defensivos
impropios de profesionales avezados, y un Cádiz en
posición de descenso, logró darle la vuelta
al partido casi sin proponérselo. Un poco de coraje
le bastó para aferrarse a la victoria. La segunda
parte fue un infierno: el equipo maño se desintegraba
por momentos, con los jugadores desaparecidos, difuminados
en una vorágine de desacierto y descoordinación,
con un entrenador incomprensible, con todo el público
rescatando del baúl de la historia el cántico
no usado desde los tiempos de Chechu “el infausto”
El tiempo de Victor Muñoz Manrique en el Real Zaragoza
ha llegado a su fin. Vino en un momento difícil,
cuando el equipo aún buscaba quitarse la etiqueta
de recién ascendido, logró triunfos, y dio
al equipo cierta estabilidad, pero no supo nunca dar ese
salto que abandonase la mediocridad en la liga. Esa tendencia
a la medianía y al conformismo, ha castrado todos
los intentos de conseguir un equipo destacado y con regularidad.
Pero la culpa no es sólo de él. En algún
sitio más alto habrá que buscar la causa de
ese amodorramiento visceral, de esa resignación abúlica
a ser la mitad de la mitad, el punto fijo inencontrable
que buscaban los personajes de Umberto Eco en “La
isla del día de antes”. Así somos lo
que somos: en la liga nada, y en la copa subcampeones de
nada. Mientras desde arriba no se enteren de lo que debemos
ser, de lo que tenemos que exigir a un equipo, por ciudad,
por afición y por historia, jamás dejaremos
de preguntarnos aquello de “¿Quién me
ha robado el mes de Abril?”
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