|
Por Jeremy North
El
Real Zaragoza, ese equipo tan simpático que afortunadamente
pulula por la primera división, siempre está
dispuesto a hacer buenos amigos. Los rivales con problemas,
necesitados de un amigo que los comprenda y al que puedan
contar sus cuitas sin que les maltraten física y
mentalmente, desean que los zaragocistas acudan prestos
a la ayuda, porque se sienten reconfortados. Los equipos
maltratados en la Liga, los jugadores depresivos en lucha
contra el mundo, las aficiones centenarias en crisis, saben
que nuestros venerables y venerados peloteros serán
magnánimos con ellos. Y así sucedió
ayer en San Mamés, y así sucederá siempre.
El Athlétic de Bilbao actual es un grotesco caricato
de su fama señera. Sus jugadores siguen manteniendo
el espíritu guerrero, pero están faltos en
un 95% de la calidad necesaria para formar parte de un equipo
normal de la primera división, pero la tradición
manda, aunque sea para mal. Contra el Real Zaragoza se jugaban
la permanencia, y los bilbaínos, tanto los del césped
como los de la grada, lo entendieron así, con toda
la grandeza que conlleva. Pero ser conscientes del peligro
no significa evadirlo directamente, porque para saltar por
encima del fuego hacen falta buenas piernas y mente inspirada,
y el Athlétic no posee ninguna de las dos cualidades.
El Real Zaragoza, tras superar un ataque descabezado inicial
de su rival, pasó a dominar el partido, sencillamente
porque es superior técnicamente y tiene mejores futbolistas.
Así, al tran-tran, china-chana, fue dominando el
partido y acumulando oportunidades, con un fantástico
Zapater y un extraño Óscar participando activamente
en la elaboración. Pero Diego Milito hace tiempo
que perdió la inspiración y se dedicó
a golpear la madera como si de la tala de un árbol
se tratase, mientras Ewerthon se movía por todos
los lados y sin definir en ninguno, por lo que, incomprensiblemente,
el marcador permaneció exánime.
La segunda mitad comenzó como un calco de la primera,
Diego Milito rematando de nuevo al poste y Ewerthon fallando
ante un Lafuente inspirado. Poco a poco, la furia bilbaína
se fue imponiendo al tranquilo equipo zaragocista, y aunque
sin crear peligro, su dominio causaba inquietud. Llorente,
un delantero tanque en apariencia y un fino esgrimista en
la práctica, se inventó la jugada perfecta
y sirvió en bandeja el gol definitivo a Yeste. Estaba
claro que sería un fallo defensivo el que sentenciaría
el partido y como no, nuestros defensas mostraron su endeblez
congénita y permitieron que el Athlétic ganase
un partido que no mereció por juego pero si por voluntad
e interés, al revés que los zaragocistas,
jugadores perdedores, que recobraron algo de su dignidad
perdida pero que al menor golpe contrario del destino vuelve
a su camino errante hacia la nada más absoluta.
Una temporada más, otra muesca que hacer a la pared
del fracaso. Pero nos estamos acostumbrando y eso es bueno,
los mensajes conformistas enviados desde todas las instancias
del club han calado hondo en prensa y aficionados y cualquier
resultado final es considerado como un objetivo cumplido,
por lo que el enfado de temporadas anteriores y que podía
desembocar en una úlcera estomacal se ha sustituido
por la indiferencia actual, y eso es positivo para la salud.
|