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Por Ron Peter
El
Real Zaragoza cerró su intervención en la
liga con un partido en Mallorca. En realidad, su liga había
terminado muchas semanas antes. Un equipo que, sin correr
peligros, ve como se le terminan todas las aspiraciones
de mejora, tiene dos opciones: olvidarse de historias y
jugar al fútbol por placer, o sumirse en la apatía
y en el dejar correr el tiempo. Salvo el día del
Alavés, se eligió este segundo camino, y así
fue hasta el final. El último partido de esta liga
resultó aburrido, complicado de deglutir, y con poca
cosa en la que fijar la atención. Hasta el último
momento de su ejercicio como profesional de la casa, el
entrenador mantuvo su línea grisacea y contumaz para
con sus planteamientos.
Victor
Muñoz Manrique ha sido muchas cosas en este Real
Zaragoza. Los veteranos recuerdan sin duda ese derroche
de facultades físicas que le hizo destacar en este
deporte, en nuestro equipo, en el Barcelona, y en la Selección.
El paso de los años, que es inmisericorde con la
juventud y benévolo con la sabiduría, propició
que Victor cambiase el césped por el banquillo. Entrenó
a varios equipos antes de recalar de nuevo entre nosotros,
en un momento especial, casi hasta crucial, para cumplir
el doble objetivo de asegurar la permanencia de un tierno
Zaragoza recién ascendido, y de dotar al juego del
equipo de una alegría más acorde con los gustos
del público de La Romareda. Consiguió ambas
cosas, además de un histórico triunfo copero
sobre un Real Madrid galáctico, un gigante con pies
de merengue, que aún hoy no ha vuelto a ser el mismo.
Con
Victor como capataz, el Zaragoza se asentó de nuevo
en la categoría, pero igual que llegaron los éxitos,
llegó la mediocridad y la decepción. Todos
los entrenadores de fútbol, tienen un momento, cumplen
un ciclo. El final puede llegar tras una decadencia prolongada,
tras una guerra continua con la directiva, con el vestuario
o con la grada, o tras un fracaso deportivo puntual. Este
último caso fue el de Muñoz. La derrota en
la Copa supuso pasar de viajar en el carro de los elegidos
por la fortuna, a probar la amarga hiel de los arruinados.
Tras aquello, los problemas menores que había, emergieron
con entidad propia. No fue un mal entrenador, pero no pudo
acabar con los errores defensivos y tampoco supo manejar
o interpretar correctamente a los jugadores que tenía
entre manos ni transmitirles la motivación de la
que carecían en la liga. Entre todos podían
haber hecho algo realmente grande, podían haber hecho
Historia. Lamentablemente, no fue así.
Una
jornada final de liga es un tiempo de mirar al pasado, de
reconocer en él los aciertos y los errores y de preguntarse
hasta qué punto se consiguió lo que se deseaba,
de aprender y de pensar en el futuro. En esta misma sección,
“La lupa” en ese último partido del año
pasado (contra el Madrid) se decían cosas como esta:
“Se cierra el tercer año del proyecto Pardeza.
Ha sido un ciclo ascendente que no debería frenarse.
La temporada que viene se abre una nueva oportunidad histórica
de dar un profundo paso hacia delante. El antaño
joven e inexperto equipo alcanza ya su momento ideal de
desarrollo futbolístico. La base de la plantilla,
aunque corta en cantidad, es buena en calidad y posee una
adecuada combinación de juventud y veteranía.
Pero es necesario apuntalarlo con tres o cuatro grandes
fichajes y para lo demás contar sin titubeos con
la cantera, tanto con los que están como con los
que vienen empujando. Si se mantiene el bloque, no se cede
a las presiones financieras, y se hace un planteamiento
correcto y ambicioso, el Zaragoza debe imponerse como objetivo
a acabar entre los cuatro primeros.”
Más
allá de quienes sean los jugadores o el entrenador,
de las tácticas, de los fallos o aciertos puntuales,
incluso de los fichajes (que este año han sido acertados)
el gran problema de fondo en esta entidad es ese conformismo
viscoso que nos inventamos para autojustificarnos y evitar
la frustración. Esa ambición, ese empuje que
hubo en el club por salir del pozo de la segunda, se ha
paralizado. ¿Por qué? ¿Es que no podemos
aspirar a algo más? Hace ya tres años que
se ascendió y nuestro objetivo no puede ser siempre
la permanencia. Los muros siempre estarán ahí
y quizás nuestra pértiga sea corta, pero no
nos quiten la ilusión por saltar.
Desde
aquí, me gustaría envíar un saludo
a todos los zaragocistas, así como recordar a aquellos
que siempre llevaron muy dentro el escudo del león
y que este año nos dejaron. Hasta siempre, amigos. |