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Por Jeremy North
El
terremoto accionarial y presidencial zaragocista que se
produjo el pasado mes de mayo ha cambiado mucho el panorama
de la entidad. La ilusión se ha apoderado del zaragocismo,
desde las altas instancias del club se transmite optimismo
y esperanza, el máximo accionista parece conocer
el significado de la palabra “ambición”
y se han ampliado las miras en cuanto a los objetivos del
equipo. Hasta ahora buenas palabras e intenciones ciertas,
pero ya estamos en faena y comienza el espectáculo,
“That´s the entertainment”.
La
sesión continua de nueve meses y medio comenzó
ayer en Riazor, ante un correoso y disciplinado Deportivo
de La Coruña. El inicio de partido de nuestro equipo
fue interesante, con control del juego y rápidas
basculaciones entre líneas. Un pase magistral de
D´Alessandro habilitó a Ewerthon para que éste
cediera amigablemente el gol a Diego Milito: inmejorable
comienzo. Víctor Fernández debió recordar
el dicho sobre que los gitanos no quieren a sus hijos con
buenos principios, puesto que a pesar del dominio del juego,
se empezó a vislumbrar una fragilidad por la banda
derecha, con Diogo en la órbita lunar, que fue aprovechada
por un incisivo Riki para crear un agujero negro en la defensa
zaragocista. El error masivo de nuestra retaguardia en el
empate fue terrible, pero más inadmisible fue la
actuación arbitral, con un nefasto Pérez Burrull
a partir de entonces.
Desde
esta sección de la Lupa en muy escasas ocasiones
se ha hecho hincapié en la labor arbitral para justificar
equivocaciones propias, no somos amigos de lanzar balones
fuera cargando contra el trencilla de turno ni ponernos
vendas en los ojos. Pero el arbitraje de ayer fue otra muestra
más del nulo peso específico que tiene nuestro
equipo en el organismo arbitral. Las decisiones de Pérez,
como mínimo precipitadas y como máximo absurdas,
resultaron decisivas para el transcurso del partido, tanto
en sus “toques” más sutiles (pasar por
alto la persecución a patadas a Aimar), como en los
más chuscos (¿qué hizo Juanfran para
ser expulsado? ¿qué pasó en la jugada
del penalti?). Quizás sería interesante que
Eduardo Bandrés, una persona que ha demostrado su
capacidad como gestor en el Gobierno de Aragón, demuestre
también su firmeza en la defensa de los intereses
zaragocistas frente al corporativismo arbitral y los manejos
federativos, y cuánto antes mejor.
La
segunda mitad tuvo un mayor dominio, si cabe, de los zaragocistas,
ante un Deportivo consciente de su inferioridad técnica.
Aimar combinó con los dos puntas y las ocasiones
y las faltas al borde del área se sucedieron, pero
las buenas intervenciones de Aouate y la mala puntería
no permitieron equilibrar el marcador. La extraña
expulsión de Juanfran y una desesperante mala lectura
de una jugada de estrategia de los coruñeses supusieron
el finiquito al encuentro, aunque Ewerthon, demostrando
su hambre de gol, maquilló el resultado.
El
equipo expuso sus cartas fundacionales al más puro
estilo de Víctor Fernández, presentó
la alineación prevista y su juego también
tuvo las maneras previstas: aseado, intenso en ataque y…
desgraciadamente pánfilo en defensa. La alineación
de Diogo fue un error mayúsculo del míster
del Barrio Oliver, el uruguayo tuvo escasísimo tiempo
para asimilar los conceptos tácticos y estuvo perdido
en la banda. También se deben apuntar los problemas
de contención en el centro del campo, puesto que
la labor que se le va a exigir a Zapater y Ponzio ante la
falta de presión de los “trescuartoscanchistas”
les obligará a trabajar más que el fontanero
del Titanic. Asimismo se debe trabajar la coordinación
en las jugadas ensayadas de los contrarios y quizás
sería oportuno pensar en la presencia en determinados
partidos de un mediocentro de “manija”, como
Movilla o Celades, aunque eso afectaría negativamente
a la capacidad destructiva. Son aspectos importantes que
deben pulirse, pero la materia prima del equipo de esta
temporada se presume más preparada para alcanzar
metas elevadas, aquéllas a las que deberíamos
estar acostumbrados la afición zaragocista, que esperemos
deje de ser sufridora y pase a ser partícipe gozosa
de unos tiempos mejores. Que así sea.
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