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Por Ron Peter
Al
fin llegó el momento tan esperado. Varios meses después
del cambio en la cúpula accionarial y directiva del
club y tras vivir tiempos de mudanzas a nivel interno, comenzaba
a rodar el balón de la liga en el estadio de La Romareda.
Olvidado en el archivo de la memoria, queda el esqueleto
polvoriento de la era Solans-II, como la muda traslúcida,
inmóvil y carente de vida, que los insectos y otras
criaturas dejan atrás cuando inician una metamorfosis
hacia otros destinos. Un nuevo Zaragoza, fresco y repintado
de ambición, se presentaba ante sus fieles. Y no
defraudó.
El partido se encaminó desde sus inicios hacia un
corte clásico: el de equipo local dominador que toma
el control del juego ante la pasividad del rival. El Español
se dejaba rondar de forma sumisa, sin oler tan apenas el
balón, pero sin tampoco permitirse demasiados riesgos.
El Real Zaragoza dejó enseguida entrever las diferencias
respecto al equipo del año pasado. Una de las principales
apuestas personales del entrenador: el famoso rombo del
centro del campo, mostraba su consecuencia más inquietante:
la ausencia de un mediocentro organizador justo por delante
de la defensa. Ni Zapater ni Ponzio subían el balón,
y las bandas, al principio, no respondían demasiado
bien, lo cual obligaba a Aimar a bajar demasiado a por el
cuero, haciendo su presencia menos peligrosa para el marco
contrario. De esta manera, se dominaba, pero no se pinchaba.
Todo cambió con la brusca e inesperada expulsión
de Ponzio, un jugador que tendrá sus defectos, pero
no está entre ellos el ser conflictivo ni indisciplinado.
Sea como fuere, el fantasma arbitral apareció de
nuevo sobre nuestras cabezas. Entonces sucedió algo
curioso: el equipo empezó a jugar mejor, ya fuera
por la propia reacción de rabia entre los jugadores,
ya fuese por la descompensación que el propio Ponzio
inducía en el rombo. Al final el mentado polígono
hízose triángulo, con Zapater de vértice
mayúsculo y todo el equipo se echó hacia delante.
Cuartero se hizo dueño de su banda, y con altanería
y sencillez ofreció el pase de gol a un Aimar que
no perdonó. Es bueno, muy bueno, que el nuevo ídolo
de la afición se estrene tan pronto. Aunque en la
segunda parte acusó el cansancio, el argentino demostró
su calidad técnica y su espíritu de equipo,
factores que construyen el perfil de un mediapunta ideal.
Tras el descanso, el Español tomó la iniciativa
pero no le sirvió de nada. Ni siquiera el recurso
de Tamudo, ese inacabable tormento nuestro, pudo cambiar
las tornas del encuentro. Un Zaragoza desmelenado y cada
vez más autoconvencido, acabó masacrando al
rival. Aunque la victoria de ayer no sea un consuelo adecuado
para aquello, uno recuerda el pasado y ve que hay heridas
difíciles de olvidar. El domingo oí una voz,
proveniente de ese público anónimo y sin rostro
del que todos formamos parte y que decía: “Aún
no entiendo como pudimos perder esa final”.
Fue un bello partido, un partido de esos para ir nombrando
uno a uno a todos los jugadores, pues todos realizaron su
labor con gran profesionalidad. Zapater: un gigante que
envuelve el centro del campo, ayudado por Movilla en la
segunda parte, el cual supo encajar su suplencia con espíritu
de equipo. Cuartero, que reivindica un lugar bajo el sol.
Diego Milito, matador de engañoso aspecto, que despierta
ante la víctima confiada y muerde sin piedad. De
entre los nuevos, gustó ver a un Diogo más
acoplado ofrecer un derroche físico, y ¿Qué
decir de la contundencia de Sergio en defensa? Sorprendió
ver la soltura con la que se anticipaba un hombre de su
envergadura. D’Alessandro fue otro de los más
observados el domingo. Sin duda se le adivinan maneras de
gran jugador, con un control de balón en ocasiones
desconcertante, y con talento en el pase. Futbolista de
los que gusta ver.
El retorno al hogar, al sitio de donde uno se fue años
atrás, no siempre es fácil. Pero el domingo
no pudo ser mejor para él. Quizás, aún
en medio del fulgor de los flashes y de la tensión,
el hoy maduro entrenador Victor Fernández Braulio
recordase a ese joven atrevido que un día fue y que,
vestido de gabardina, cosechaba éxitos para el altar
del zaragocismo. Unos éxitos que la afición
no olvidó. Las vicisitudes del equipo en los últimos
diez años lo convirtieron en un hombre añorado.
Pasó a ser considerado por la afición como
un símbolo de los buenos y viejos tiempos. En su
lucha por vender la ilusión necesaria para afrontar
el futuro, Agapito Iglesias encontró el abanderado
ideal.
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