|
Por Ron Peter
Decía
un viejo chiste infantil que lo más parecido a medio
queso no era otra cosa que el otro medio queso. Uno se preguntaba
ayer por qué tantas diferencias entre el primero
y el segundo tiempos del partido que el Real Zaragoza jugó
contra el Levante. Es cierto que un partido de fútbol
no es un queso, pero la diferencia entre ambas mitades fue
excesiva. La primera parte fue sencillamente una pérdida
de tiempo. No se vio fútbol en absoluto y encima
se encajaron dos hirientes goles. La segunda, en cambio,
fue toda una concesión al espectáculo.
Por primera vez en La Romareda esta temporada, volvimos
a ver un equipo ramplón, falto de ambición
y con la comodidad de un anfitrión tranquilo, como
si solo eso fuera garantía de victoria. Esa falta
de actitud y ese exceso de confianza no hubieran tenido
más consecuencias si la calidad de los hombres de
arriba hubieran abierto primero la lata. Pero no fue así.
El Levante planteó una táctica defensiva correcta,
con una presión en el medio del campo que bastaba
para neutralizar las ideas blanquillas y para robar peligrosos
balones con los que elaborar contragolpes.
A pesar de ser de nuevo uno de los mejores del partido,
Alberto Zapater, el titán de Ejea, no podía
por sí solo contener a todo el enemigo. Había
momentos en los que parecía el único que mantenía
la concentración, y eso es algo esencial en una competición
de este nivel. Estar atento es lo mínimo que se puede
pedir a jugadores como Juanfran o D’Alessandro, aunque
éste se redimió con una gran segunda parte.
Pero a pesar de todo lo mencionado, hay un problema de base
y es que aunque parezca un juego de palabras, el rombo no
cuadra. Efectivamente, la soledad de Zapater en el centro
del campo fue la causa de la escasez de ideas y de circulación
de balón hacia delante. Cuando se juega con un sistema
como el que estamos viendo en casa, si se juega sin mediocentro
creador, o aplatanas el rombo haciendo que el vértice
Aimar se implique en la distribución, o empleas descaradamente
a los laterales y a los otros dos vértices: D’Alessandro
y Ponzio en la subida del balón. Ninguna de las dos
cosas sucedieron en los primeros 45 minutos. La entrada
de Celades junto a Zapater solventó esa carencia.
¿Qué conclusiones habrá extraído
Victor? ¿Seguirá con sus ideas iniciales cuando
juegue de local? ¿Seguirá muriendo al rombo,
o por el contrario se dejará seducir por el doble
pivote?
Tras el descanso, los espectadores presenciamos un cambio
de tercio brutal. El entrenador prescindió de un
central, sentó a Ponzio y puso a Celades y a Oscar.
La valentía del técnico fue una respuesta
desesperada a la derrota en ciernes, y a la vez fue una
llamada a la emoción y a la épica. El equipo
se puso en marcha y empezó a funcionar. Pudo haber
sido un suicidio deportivo, pues el Levante tuvo hasta cuatro
ocasiones de gol, pero flotaba en el estadio el convencimiento
de que no se iba a perder. Al final, se cumplió aquello
de que la suerte sonríe a los audaces y se obtuvo
el empate a dos, dejando el desastre en simple traspiés.
La afición, en todavía luna de miel con el
nuevo proyecto, se fue a casa con un sabor agridulce. Si
hubiese llegado el tercer gol, el estadio se hubiera venido
abajo.
Acabamos de presenciar todo un ejemplo del espíritu
futbolístico de este nuevo Real Zaragoza de Victor
Fernández: la noche y el día, el bajón
y el subidón, la abulia y el espectáculo.
Somos el equipo en cuyos partidos más goles se han
visto, tanto a favor como en contra. Lejos ya parecen las
épocas de entrenadores monocordes, más preocupados
por sujetar el ritmo del partido, de controlar la situación,
que de ir claramente a por el toro de la victoria. Cuesta
imaginar a Chechu Rojo, Luis Costa, Paco Flores o Victor
Muñoz, tomando decisiones como la de ayer. Es el
Zaragoza de esta temporada, de esta nueva época.
No sabemos si saldrá mejor o peor, pero será
diferente, y ya hora de cambiar un poco. ¿No creen?
Un incidente empañó algo la tarde. Un desaire,
como cualquiera de los que se pueden producir a lo largo
de un partido, por parte de un jugador rival, propició
que un sector del público volviese a proferir el
famoso e incívico grito “uh-uh-uh”. El
árbitro, en cumplimiento de sus órdenes, dio
curso al protocolo para estos casos. Es necesario hacer
todo lo posible para terminar con esta lacra que sólo
puede resultarnos perjudicial. Hay otras muchas formas de
expresar una indignación. No caigamos en más
trampas.
|