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Por Gualterio Malatesta
Hace
poco más de mil años, según cuentan
las Eddas nórdicas, sólo los guerreros que
morían en combate tenían el honor de ser convidados
al Walhalla, la más bella de las mansiones de Odín
en Asgard, el mundo en el que residían los dioses
Aesires. Una vez allí, día tras día,
luchaban sin descanso hasta el atardecer, momento en el
que, cesado el fragor de la lucha, las virginales Valquirias,
con sus esmerados cuidados, les curaban las heridas, preparándoles
para asistir al gran banquete nocturno presidido por el
propio Odín. El orgullo del guerrero era morir luchando
para poder seguir combatiendo eternamente.
Pero hace bastantes años el Real Zaragoza fue expulsado
del reino de Odín por su desidia y cobardía.
Sólo los más viejos del lugar recuerdan a
un Real Zaragoza combativo y ambicioso, luchando por conseguir
un objetivo. El equipo con el tiempo había mutado
en un triste espectro de conformismo y mediocridad por obra
y gracia de algunos ladrones de ambición que ni tan
siquiera el infausto recuerdo merecen.
Afortunadamente, ayer continuó la catarsis. Este
equipo llama con fuerza a las puertas del paraíso
de los elegidos. Es un equipo aguerrido, conjuntado, serio
y ambicioso. Por momentos practica un fútbol precioso,
marca auténticos golazos una semana sí y otra
también, da espectáculo y por si no era bastante
combina a la perfección la estética y la práctica
resultadista. ¿Alguien da más? Sólo
el temor que deja el lastre de la costumbre y el plomizo
pasado reciente nos impide frotarnos los ojos y disfrutar
plenamente de lo que estamos haciendo. Cierto es que esto
acaba de comenzar, pero dudo que alguien no hubiera firmado
esta situación con los ojos cerrados antes de comenzar
la liga. Olvidemos el vértigo y disfrutemos del momento.
El partido se presentaba cómo una partida de Risk
en la que dos grandes estrategas, Víctor Fernández
y Bernardo Schuster, iban a dirimir sus diferencias en un
encuentro presumiblemente táctico y preciosista.
Los pregoneros anunciaban un homenaje al fútbol espectáculo
que a algunos, debo confesarlo, nos generaba más
miedo que ilusión. Pero las cosas no son lo que parecen
y no necesariamente concluyen cómo se espera. La
temprana expulsión de pulido trastocó las
previsiones y cambió el escenario esperado. Algunos
se han apresurado a definir esta expulsión cómo
la piedra angular del triunfo, pero sería injusto
no reconocer que la jugada no fue un lance aislado del juego,
sino una consecuencia del mismo. El Getafe se quedó
con diez, porque el Real Zaragoza le ganó el mano
a mano, porque Pulido sólo pudo derribar a Sergio
para impedir que los maños dieran el primer zarpazo.
Sin
embargo, sólo retrasaron lo inevitable. A pesar del
momentáneo atasco y del juego algo insulso del Real
Zaragoza al ponerse en superioridad numérica, los
aragoneses eran los dueños del envite y el abrumador
dominio de la posesión concluyó con un magnífico
voleón del Uruguayo Diogo, cada día más
serio, contundente y físicamente sobresaliente que
rompió la resistencia getafense y puso en franquicia
a los locales.
Al comienzo del segundo tiempo el Real Zaragoza intentó
dormir el partido, sacar de sitio a los visitantes que acumulaban
hombres en defensa y sólo iban a responder mediante
el contraataque, pero una vez más la táctica,
ajena a un equipo tan creativo, fracasó y una estúpida
pugna de Diegol en el área en la que es un extraño
concluyó con el estrambótico penalti pitado
por el trencilla de turno. Pero lejos de ser el fin, sólo
fue el principio, el punto de partida de una comunión
catártica entre la grada, ansiosa de triunfo, y un
equipo valiente e inconformista. Nadie pitó, ni protestó
el empate. Todo lo contrario, los gritos de ánimo
y los aplausos empujaron a los aragoneses para reanudar
la batalla. Los guerreros deben morir con la espada en la
mano. Y así el dominio del partido se hizo insultante
y arriesgado. Una contra del Getafe podría habernos
roto, pero el empate no nos valía. La grada quería
más y el equipo estaba dispuesto a dárselo.
Y el ataque triunfó sobre la especulación.
Una forzada asistencia de un magnífico Sergio García,
que está en un estado de forma envidiable, llegó
al Príncipe que, demostrando que su liderazgo de
la clasificación del pichichi no es una casualidad,
bajó el balón con el pecho y cruzó
un espectacular estacazo a la escuadra del Pato Abbondazieri
que veía desesperado cómo su compatriota volvía
a marcar, cómo siempre ha hecho, en la portería
que él defiende.
Pero la fiesta no paraba ahí, Ewerthon, que había
salido sustituyendo a Sergio, despedido por La Romareda
con una atronadora y merecida ovación que premia
el sensacional comienzo de temporada del delantero, quiso
unirse al festín con un sensacional cañonazo
desde fuera del área que hizo que el pato recogiera
de la red en tan solo noventa minutos casi tantos balones
cómo los que había recogido en los ocho partidos
anteriores y de paso nos recordaba que en el banquillo hay
también un magnífico delantero preparado para
salir y rendir cuándo el entrenador lo considere
oportuno.
El partido fue una fiesta, y es que este principio de temporada
es un sueño hecho realidad. La unión entre
la grada y el equipo es sensacional, el propio equipo es
una piña y disfruta jugando al fútbol. Los
abrazos que los jugadores se dieron en el centro del campo
mientras recibían la más que merecida ovación
de una Romareda entusiasmada con los suyos, así lo
constatan. Somos el equipo más goleador de primera,
tenemos al pichichi, estamos en Champions, la grada está
encantada y hasta los medios de prensa nacionales, que habitualmente
nos despreciaban, empiezan a hablar de este equipo que tan
buen fútbol despliega y se va colando paso a paso,
jornada a jornada, entre los grandes.
Y es que además hay plantilla. Ewerthon, salió
y marcó, ayer pudimos ver a tres aragoneses en el
campo, además del siempre cumplidor Zapater, Longás,
que agradó en los minutos de los que dispuso, algo
alocado y blandito al principio, pero demostrando maneras
y madera que sólo los minutos de juego pueden curtir
y Lafita que, tras cuajar un gran partido en el calderón,
dejó su sitio a la amenaza fantasma de Oscar el único
jugador desequilibrante que, desgraciadamente, desequilibra
más a su propio equipo que al rival (no todo podía
ser perfecto.)
Pero
poco más podemos pedir porque la tan manida regularidad
es un concepto reñido con el talento de los creadores
y debemos comprender que no se puede jugar precioso todo
el partido. Quizá sólo que nos dure, que este
sueño no termine y sigamos invitados al festín
en el Walhalla de la liga de las estrellas durante mucho,
mucho tiempo… Cómo Platero y tú cantaban
hace unos años: “y es que es tan alucinante,
que hace días que no duermo, por si acaso al despertarme,
veo que todo ha sido un sueño”
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