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Por Jeremy North
Volvió
Rafa. De nuevo Iturralde. Dos fantasmas que nos persiguen.
Están quietos, no aparecen durante un tiempo, pero
sus apariciones resultan letales siempre. Una pareja indómita,
presa del sensacionalismo y satisfechos de su papel estelar,
que saben como tocar las teclas del famoseo futbolero sin
molestar a los poderes fácticos. Su relación
con el Real Zaragoza no es de amor-odio, simplemente es
de escándalo o de cómo ser más chulo
que un ocho con los pobres y un simpático alguacil
para los ricos.
El partido tenía muy buen aspecto: dos equipos en
la parte alta de la clasificación a la búsqueda
del liderazgo de la Liga. El comienzo azulgrana fue poderoso,
con dominio total del balón y profundas incorporaciones
ofensivas, mientras el Real Zaragoza únicamente podía
ofrecer la resistencia de una defensa segura. Pero hetéme
aquí que en la primera llegada zaragocista, Gaby
Milito aprovecha la desidia en el marcaje de los azulgranas
para anotar. El FC Barcelona quedó tras ese gol como
un boxeador sonado y más cuando el peligrosísimo
Leo Messi sufrió una importante lesión. El
control del partido era maño, a pesar de la lesión
de Celades, pero evidentemente no estamos libres de los
fallos individuales y Ronaldinho se aprovecha de un estrepitoso
error de César en una salida por alto para empatar.
Las espadas quedaban en todo lo alto, el Real Zaragoza no
profundizaba mucho pero impedía con un importante
trabajo defensivo las llegadas rivales.
El segundo tiempo aparentaba un aspecto similar a la primera
entrega: estéril dominio azulgrana, control zaragocista
en las maniobras del centro del campo y escasas pero peligrosas
llegadas a la meta de Valdés. Pero Rafael Guerrero
es muy grande, el Nou Camp también y la repercusión
de una de sus “Rafadas” en tan magno Coliseo
iba a ser colosal. Su super-visión de rayos ultravioleta
le permitió ver una doble agresión de Motta
a Diego Milito, no especialmente violenta pero sí
cierta. Su indicación a Iturralde sobre el hecho
delictivo fue contundente y obligó al árbitro
vasco a expulsar al brasileño. Desgraciadamente ese
fue el fin del partido para el Real Zaragoza. Hasta el más
infeliz del universo sabía que en cinco minutos se
produciría una expulsión zaragocista, y Gaby
Milito, en uno de esos fallos que le han convertido en un
buen defensa en vez de uno de los centrales mejores del
mundo, le ahorró el trabajo de búsqueda infractora
a Iturralde, que se vio obligado a expulsarlo.
Pero el 1-1 seguía campando y no era un resultado
visible ni aceptable para los azulgranas, mandamases absolutos
del fútbol español en este país de
lo políticamente correcto y con la mano firme de
Villar y del sumiso Colegio Arbitral siempre dispuesta a
lanzarles un cable. Dos decisiones erróneas de Iturralde,
preocupado por el disgusto que pudo producir a sus jefes
la decisión de Rafa, y la enorme calidad del mejor
jugador de fútbol actual, Ronaldinho, bastaron para
destruir las ilusiones de un encorajinado Real Zaragoza.
El partido se perdió en parte por nuestros errores
(César y Gaby Milito), pero no se puede ni se debe
obviar el enésimo atropello arbitral sufrido en el
Nuevo Campo de Barcelona. Para ser un equipo “grande”
se va por el buen camino en el terreno deportivo. Víctor
Fernández muestra en cada choque una enorme madurez,
la de un entrenador que sabe lo que quiere. El juego puede
ser mejor o peor, pero se percibe un trabajo en el dibujo
táctico, en la presión, en las evoluciones
ofensivas, algo de lo que carecía este equipo en
muchos años. Pero la grandeza de un club se define
mucho mejor a través de los despachos y en ese proceloso
mundo estamos aún lejos del poder intimidatorio de
los verdaderamente poderosos, y el equipo que no es fuerte
en los despachos no lo será nunca en el césped.
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