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Por Ron Peter
Una
vez conocido el resultado del partido, no resulta sencillo
recordar la trascendencia que a priori tenía la victoria.
Tras la caída, esperada e inducida, en Barcelona,
el equipo no se podía permitir una nueva derrota,
por muy casual o injusta que ésta hubiera sido. Dos
encuentros seguidos sin sumar son el fulminante ideal para
un ataque de pesimismo y para un cambio a peor. El Real
Zaragoza tenía que ganar este domingo, por lo civil
o por lo criminal, y así fue. De nuevo vimos a ese
equipo fuerte y poderoso, titubeante en apariencia según
ratos, pero mortal y definitivo al fin y al cabo: todo un
síntoma de la efectividad del conjunto que tanto
nos gusta ver jugar.
El equipo crece con cada partido que pasa, ganando una solidez
recia que no radica en un solo factor, sino en el conjunto
de todos ellos. No es algo que se pueda definir con facilidad,
pues se trata de algo que no se ve, que se intuye. No es
que se ejerza un dominio apabullante sobre los rivales,
ni que se presione de tal forma que se cercene el juego
contrario. De hecho, aunque hemos vivido momentos brillantes,
en casi todos los partidos surgen también minutos
somardas, de esos en los que el control desaparece y la
pelota adquiere erráticos destinos alejados de cualquier
estrategia coherente. No, se trata de una sensación
altamente positiva de que el equipo va a ganar. Es una cuestión
de confianza.
El equipo empezó deshilachado, acusando las bajas,
no tanto en lo individual como en lo colectivo. Al principio
se notaba algo de descoordinación de medio centro
para arriba, así como la ausencia de D’Alessandro
y su felina imprevisibilidad. Movilla, que empezó
completamente obtuso, acabó ganándose poco
a poco el sitio. Ponzio, que estuvo bastante bien, no se
salió de su guión, y los dos centrales de
la ocasión, altos como mallos, cumplieron.
Aún tragándonos una primera parte de juego
escaso, flotaba en el ambiente del estadio la intuición
de que en cualquier momento, alguno de nuestros matadores
profesionales perforaría la meta contraria. Fue Aimar
el encargado de demostrar al mundo y durante un fugaz momento,
la belleza de la geometría tridimensional del disparo
parabólico, que se convierte en una recta en nuestras
retinas, frotados los ojos de estupor ante tanta excelsitud.
Una belleza que encuentra su cúspide más diáfana
en el retemblar de las redes visitantes cuando atrapan el
balón misil, acogiéndolo como a un niño
veloz y travieso que ha llegado a su destino, más
allá de las espaldas del portero visitante.
La Gimnástica de Tarragona, representante futbolístico
de una provincia muy frecuentada en verano por los aragoneses,
luchó con orden y pundonor. Afortunadamente para
nosotros, sus delanteros se mostraron completamente negados.
Hasta tres veces marraron ocasiones de alto peligro. Por
momentos parecía como si realmente hubiese una capa
protectora, un manto de fortuna. Ningún balón
entró en la portería de César. En cambio,
tres goles como tres soles cayeron en la portería
de Jerusalén, como para contradecir esa leyenda urbana
que dice que el Zaragoza marca sus mejores goles en la otra.
Y es que la estadística tiene muchas cuentas que
compensar…
No hay duda de que existe algo especial entre Victor Fernández
y el Real Zaragoza. Algo hay en esa querencia que trasciende
los años, y la afición lo sabe. Sea por lo
que fuere, el equipo rinde incluso cuando no funciona bien.
Hoy por hoy cuesta mucho derrotar al Real Zaragoza, a menos
que utilicen a los árbitros. Los resultados nos han
colocado ahí, entre los grandes de España,
y hay que saberlo llevar con responsabilidad y firmeza.
Hay que seguir luchando, en el campo los jugadores, y Bandrés
en los despachos. Pero esa…es otra historia.
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