|
Por Jeremy North
Uno
de las dichos que más se suelen utilizar en todos
los aspectos de la vida es el de “la experiencia es
un grado”. Para pertenecer al mundo del fútbol
profesional son necesarios conocimientos que se adquieren
por el paso del tiempo y también por la práctica
de ese deporte, sea en un grado máximo, sea como
simple competidor. Los árbitros son un elemento esencial
en el espectáculo del balón como poder legislativo
de la competición, son unos jueces de guardia, deben
decidir en un escasísimo período de tiempo
y tienen que buscar el acierto dentro de los parámetros
de la justicia. Pero cada vez es más evidente que
desconocen los sentimientos y lo que se juegan los profesionales
en el césped y de ese lastre quieren hacer su principal
virtud, por lo que su capacidad para destrozar partidos
por su incompetencia y su protagonismo es suma.
En Balaídos se presentaron un competente Real Zaragoza
y un doliente Celta, reñido con la victoria ante
sus aficionados. El partido comenzó con los mejores
augurios para nuestro equipo, superior y letal en su ataque,
forzando a Pinto a realizar dos grandes paradas, pero un
genial centro de Pablo Aimar y al contundente remate de
Diego Milito, que supuso el gol zaragocista. La fiesta hubiese
continuado pero un invitado que debía haber mantenido
su papel secundario quiso lucirse él solito, y Rubinos
rompió el partido con una expulsión por doble
amonestación a un Zapater incrédulo. El Celta
vio el cielo abierto y Víctor decidió pertrechar
el mediocentro con la entrada de Movilla. A partir de entonces
vimos un quiero y no puedo de los vigueses, muy poco sinuosos
y con movimientos atacantes repetitivos y controlables y
un Real Zaragoza de defensa ordenada y poco más.
Sólo disfrutó el Celta de dos oportunidades
claras para empatar en la primera mitad, y en la segunda
parte ni eso. Más no lo hizo falta crear más
ingenio para equilibrar el marcador; César, de nuevo
con la mano blanda, cometió un error de bulto que
permitió a Baiano lograr el empate. A partir de entonces
el Real Zaragoza se lanzó a por la victoria y Diego
Milito en dos ocasiones estuvo en un tris de acertar con
el marco de Pinto, pero no fue así. La impresión
final es que si el partido se extiende unos cuantos minutos
más nuestro equipo hubiese acabado, a pesar de las
adversidades, con el triunfo final.
El equipo maño se está convirtiendo en un
“grande” con el paso de los partidos. La solvencia
en el correcto manejo del tiempo en el de Vigo fue importante,
con entrega e inteligencia a partes iguales, capacidad para
solventar grandes problemas y buena capacidad resolutiva.
Estos partidos son los que acaban pesando en la balanza
imaginaria de los hechos de una plantilla, son los que marcan
una impronta, la de un equipo en crecimiento y sin un techo
visible. En ocasiones un aficionado encuentra más
atractivo en la demostración de la solidez que en
la fantasía exagerada, y puede que veamos a nuestro
club en el camino de conjugar ambas propuestas.
César Sánchez: era un grandísimo
portero pero… quizás se ha pasado su tiempo.
A un guardameta se le debe exigir que pare lo parable y
que sea seguro en los balones por alto y el cacereño
lleva sin cumplir ambos requisitos durante esta temporada.
Sus salidas a destiempo en los balones que vuelan del cielo
nos han costado algún gol y en ocasiones se muestra
inseguro en el blocaje. Puede ser un bajón ocasional,
puede ser definitivo, pero lo cierto es que duele mucho
perder dos puntos como los de ayer por un fallo tan mísero
como el de César. Por el bien del Real Zaragoza ¡recupérate!
|