|
Por Ron Peter
Una vez más, como
en todas las temporadas, llegó el momento de recibir
la visita del equipo al que todos, tal cual si se tratase
de una mascota, hemos adoptado como rival preferido, como
ese querido enemigo que nos sirve de referencia tribal.
Un enemigo nacido de la proximidad, que suele ser abastecedora
y no escasa, de semejantes circunstancias. Una vez más
se invocaron las buenas intenciones institucionales y una
vez más, en ambas aficiones, no faltaron los elementos
discordantes dispuestos a no dejar crecer esa frágil
y aún lejana paz deseada por muchos. En fin, una
vez más, nada nuevo bajo el sol.
Salvo en el resultado, claro,
porque ahí sí que hubo novedades con respecto
a lo que estábamos acostumbrados, no tanto en los
enfrentamientos con Atlético Osasuna como en la propia
marcha de la liga en sí. Un Real Zaragoza poderoso,
dotado de altas prestaciones, y con un rendimiento eficiente
en la liga, de hasta dos puntos por partido, se encontraba
otra vez ante la oportunidad de dar ese paso fuerte hacia
la cima, dados los tropezones de Barcelona y Sevilla. Pero
no supo estar por entero a la altura de las circunstancias.
Además, tampoco la suerte jugó a su favor.
Era un partido aparentemente
fácil, una ocasión para sumar puntos y de
hecho empezó según el patrón clásico
de dominio local, plasmado en ataques sucesivos, uno de
los cuales fructificó en un gran gol de Diego Milito.
Osasuna jugaba a lo suyo: estructura defensiva, contragolpe
y a ver qué pasa. La segunda parte fue melón
amargo. El aparente dominio zaragocista se transformó
en intermitente y declinó como el ocaso hasta convertir
el encuentro en un grisáceo y nada halagüeño
presagio.
Faltando media hora ya se
le hacía al equipo tan cuesta arriba el juego, que
parecía que no ibamos a llegar. El equipo resultaba
por momentos ahogado ante los navarros, a quienes les bastó
dar un paso adelante en el centro del campo para acabar
con las ideas locales. Se notó la ausencia de Zapater,
siempre concentrado y combativo. Movilla estuvo bastante
activo, pero desgraciadamente, no está en su mejor
nivel, y la suplencia, lejos de estimularle, parece restarle
ánimos. Ya fuera por la presión del rival,
por un mal momento, o por su natural, Movilla no pudo echarse
el equipo a las espaldas. Por su parte, Leonardo Ponzio,
a quien no se le puede exigir más derroche y esfuerzo,
parece marcado por el signo del gafe. El segundo gol es
un injusto castigo a su sacrificio. Pero así es la
vida.
En
casi todas las temporadas sale un partido horrible (al menos),
para olvidar, que permanece en el recuerdo de los aficionados
como una muestra de lo mal que puede ir todo. Esta vez no
podemos echarle la culpa al árbitro, que no necesitó
emplear contra nosotros las negras artes. Cierto es que
ni el Zaragoza mereció perder, ni Osasuna mereció
siquiera empatar, pero también es cierto que llevábamos
algunos partidos como local, tentando a la fortuna (recuérdese
al Tarragona) y que algún jarro de agua fría
podía caer.
Lo importante es que este
partido quede como didáctica muestra para envites
venideros, y que las lecciones recibidas no caigan en saco
roto. Máxime ahora cuando aguardan en el calendario,
de aquí a mitad de liga, contrincantes como Madrid,
Sevilla, Valencia o Bilbao. De los resultados de esos enfrentamientos
(y por supuesto del próximo contra Racing) dependerá
mucho que lo del domingo pasado fuera un simple y momentaneo
despertar, una simple interrupción y no el final,
de ese sueño de gloria del que todos los zaragocistas,
los que somos y los que serán, querremos seguir disfrutando,
y al que no estamos dispuestos a renunciar.
|