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Por Jeremy North
Un golpe de suerte, estar bien situado en el momento preciso,
tener la “carta” decisiva en la partida final;
esos son los momentos puntuales que diferencian a los aventureros
de éxito de los simples aprendices. En “Casino
Royale”, la última entrega de Bond, éste
juega una partida de cartas de las de alto standing en un
lujoso casino de Montenegro. Durante esa partida suceden
una caterva de incidencias, desde un envenenamiento de James
(que se soluciona drásticamente), el ataque de un
par de violentos y musculados agentes de un país
africano e incluso la pérdida de todo el crédito
monetario aportado por la Gran Bretaña. Pero…
al final, en esas jugadas del todo o nada, en las que se
demuestra qué hombre es más valiente y osado
y quién tiene el santo de cara, triunfa Bond, James
Bond. La diferencia entre el Real Zaragoza y un grande es
que todavía ni tenemos suerte, ni controlamos la
importancia de esos momentos puntuales y además nos
arrugamos ante el poderoso.
Jugamos como nunca, perdimos como siempre: noooo, ya sé
que esta frase tan negativa no se corresponde con la actitud
de esta temporada de nuestro equipo, pero sí en sus
enfrentamientos con el Valencia. No se puede jugar mejor,
intentar más cosas, ser más profundos y realizar
un trabajo colectivo tan intenso como el del Real Zaragoza
de la primera parte. El juego era de tiralíneas,
con dos laterales magníficos entrando constantemente
por ambas bandas, con Aimar sobremotivado e híperpeligroso
y con Sergio y Diego Milito combinando hábil y ferozmente
en el borde del área. Únicamente careció
el equipo de lo que ha ido tan sobrado en esta Liga hasta
ahora, de remate, de gol. El Valencia se defendía
lo mejor que sabía, que es bastante, y a la espera
de tiempos mejores, que desafortunadamente llegaron pronto:
un disparo de Angulo desde más allá del Estrecho
de Gibraltar pilló a César más lejos
aún en sus pensamientos, al menos en la soñada
Atlántida, y ante el estupor de la mayoría
de los aficionados zaragocistas acabó en las redes.
Un regalo envenenado que se pagó a precio de oro.
Al equipo más italiano de la Liga Española
le venía de perlas esa facilidad para adelantarse
en el marcador con el mínimo esfuerzo ofensivo; el
esfuerzo defensivo no tiene problemas en efectuarlo hasta
la saciedad. En la segunda parte el sobrino de Lola Flores,
planteó esos campos de minas que tanto le gustan
y en ellos los zaragocistas cayeron una y otra vez, incapaces
de sortearlos. Patadas, pérdidas de tiempo, balonazos
sin sentido e interrupciones varias fueron una “constante”,
que desvirtuaron el espectáculo futbolístico
al máximo y que convirtió en inanes los arreones
orgullosos de Aimar, Diego Milito y los espléndidos
Gaby Milito y Juanfran.
Para ser un grande hace falta jugar bien si es posible,
pero son necesarias la suerte y la practicidad en el juego.
El Real Zaragoza está por debajo en prestaciones
de otros equipos mucho más sólidos, como el
Valencia, lo que lleva a pensar que el sueño de la
Champions está muy lejano, aunque no en el infinito,
queda la mitad de la Liga y siempre se puede aprender de
estos garrotazos futbolísticos que recibimos.
Tenemos el mejor Real Zaragoza de los últimos once
años, con un equipo titular de cierta garantía
y suplentes muy interesantes, pero hace falta mucho más
carácter ganador, que supere a los rivales a base
de goles y no con “bobas” y artificios similares,
que quedan muy bien en televisión pero son escasamente
efectivos para el marcador. Hace falta creerse que somos
un equipo grande, sólo es necesario que algunos jugadores
se olviden de gustar y gustarse y busquen el bien del conjunto.
Intensidad, practicidad, experiencia y goles son los términos
necesarios para ser grandes o lo que es lo mismo, para ganar.
El buen fútbol está muy bien pero a veces
no sirve para ganar. Al final de temporada nadie se acordará
de la cantidad de paredes complicadas que se hicieron contra
el Valencia en zona semipeligrosa sino que el resultado
fue 0-1. Eso duele.
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