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Saladeporte

La Lupa del R. Zaragoza - Atl. Madrid (1-0)

 
¡No dejéis de cantar!
 


Por Gualterio Malatesta

Aquel domingo 20 de marzo de 1.932, en el descanso del encuentro, tras arriarse definitivamente las banderas del Iberia S.C. y del Real Zaragoza C.D, sólo unos colores, una bandera, ondearían a partir de ese momento para aunar la ilusión y los sueños de miles y miles de personas. El blanco y el azul se convirtieron desde ese instante en el símbolo del Zaragoza F.C. y dieron comienzo a una hermosa historia con mayúsculas plagada de pequeñas historias personales y colectivas, de éxitos y de fracasos, de momentos duros y otros felices, casi sublimes, que compensan con creces cualquier mal trago que nos haya tocado vivir.

75 años después muchas cosas han cambiado. Ya no se juega en el antiguo campo de Torrero, aunque el "nuevo" campo del honor sea igualmente viejo. El Zaragoza F.C. es hoy el Real Zaragoza S.A.D. Rolloso ya no marca goles, los marca un Príncipe venido de ultramar, D. Elías Sauca ha cedido su sitio en el banquillo al "deseado" Víctor Fernández y en el palco ya no está D. José María Gayarre sino D. Eduardo Bandrés, que ha llegado a la entidad para dar el paso definitivo a la gran transformación tan ansiada cómo necesaria.

Pero algo permanece ahora y siempre. El espíritu del fútbol en el sentido más "Shanklyano" de la palabra. Es difícil determinar en que punto ese sentimiento tan puro y probablemente tan irracional, da paso a la pasión. Quizá D. José Pérez García, socio número 1 del Real Zaragoza, que ayer recibió el sincero y caluroso homenaje de toda La Romareda, pudiera explicárnoslo desde la sabiduría que conceden 75 años de entrega a unos colores. Lo cierto es que ayer, o al menos así lo percibí yo, se vivió uno de los más hermosos momentos de exaltación del Zaragocismo que yo he visto en mi vida.

Uno que con el paso de los años se ha ido volviendo, si cabe, aún más maniático y supersticioso en estas lides del pelotón, no las tenía todas consigo. Tanto homenaje, tanto tifo, tanta entrega y tanto colorido eran según el acerbo de la costumbre el anuncio de un descalabro que ayer, quizá cómo bengala luminosa que señala el comienzo de una nueva era zaragocista, quebró todos los miedos culminando con el éxito y con la trabajada victoria. Ojalá sea verdad y sea sólo el principio. Esta afición se lo merece. Hoy se lo merece todo.

El Atlético de Madrid es un grande mediático acosado por una realidad mucho más menguada y menos esplendorosa de lo que sus ínfulas proclaman, pero no deja de ser un equipo incómodo y correoso, con un certero juego a la contra y lo que ayer era más importante, no deja de ser uno de os rivales más serios en la consecución de nuestros objetivos.

No perder era esencial, ganar era dar un paso de gigante. Por eso desde el primer momento el partido fue angustiosamente táctico, un ejercicio de concentración y de tesón con dos rivales que tenían muy claro que era exactamente eso, RIVALES. Sólo había premio para uno de los contendientes y la derrota, nefasta de por sí, venía esta vez aderezada por que entregaba en bandeja de plata el triunfo al enemigo, cerrando de un plumazo gran parte de nuestras posibilidades de lograr el éxito por el que suspira la afición.

Los dos equipos tenían tan clara la situación que el partido se atascó hasta la parálisis futbolística. El empeño en mantener el esquema para dificultar el juego del rival mermó las opciones de ataque y tensionó el partido hasta el límite de lo razonable. La grada destilaba nerviosismo, consciente de la importancia del envite y de que el equipo está jugando al límite de su capacidad y de que además, ayer había perdido por el camino a Ewerthon, y a Gaby Milito. Y, por si no fuera poco, Pablo Aimar estaba ausente, fuera de sitio, sin llegada y sin veneno…

La mínima ventaja que nos otorgaba la magistral definición que Diego Milito había realizado del gran pase de Andrés D'alessandro, nos ponía en franquicia, pero todos éramos conscientes de lo endeble de la ventaja. El balón apenas circulaba y el Atlético igual de ansioso y rígido que el Real Zaragoza, moría una y otra vez en el entramado táctico que ambos equipos habían tejido sobre el césped. Quizá tuvimos suerte, no podemos negarlo, pues el único gol llegó en una de las poquísimas oportunidades realmente claras que los blanquillos tuvieron de marcar… claro que lo de ayer trascendía lo habitual. Eran más que tres puntos, más que un simple partido, era casi una final…

Pero la preciosa comunión entre la grada y sus colores, entre los jugadores y la afición nos puso a la gran mayoría la carne de gallina. La afición se plantó de repente en el campo y decidió reforzar las fortificaciones de los suyos. Fueron más de 7 minutos hermosos, para el recuerdo y la emoción. El himno sonaba a pleno pulmón una y otra vez, nadie permanecía indiferente y el mensaje estaba claro. Estamos donde estamos por casta, por orgullo y por ambición. Y hemos venido para quedarnos. Porque 75 años nos unen, porque tenemos un sueño común y la afición quiere creérselo y quiere conquistarlo y si alguien quiere privarnos de él, tendrá que hacerlo por la fuerza y tendrá que ganárselo luchando no sólo contra once jugadores sino contra toda la grada, contra miles de zaragocistas repartidos por toda España, por todo el mundo…

No será fácil, claro que no. El Real Zaragoza está rozando su actual techo y todos somos conscientes de ello. Pero mientras quede una posibilidad nos aferraremos a ella con todas nuestras fuerzas, porque ayer se demostró que la grandeza sólo se gana luchando, que la afición es grande y este equipo quiere llegar a serlo. ¡Que no pare el himno!

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