|
Por Ron Peter
Cuando las personas se encuentran en los primeros pasos
de una nueva etapa, ya sea porque inician un largo viaje,
afrontan una relación que se presume gratificante,
o se ven ante un proceso del que se esperan sorpresas y
recompensas, es la ilusión lo que llena las mochilas,
haciendo de combustible vital ante las adversidades. El
inicio de una nueva temporada futbolística nos retrotrae
al concepto primigenio de inicio de curso, cuando éramos
tiernos infantes que acudíamos al colegio en septiembre,
presos de esa mezcla de ánimo por estar de nuevo
con los compañeros, y de temor por ver de que lado
caerían los chuzos dirigidos aviesamente por los
maestros y profesores, esos seres tan abyectos que sólo
pensaban en inculcarnos el conocimiento en clase, cuando
lo que realmente nos gustaba era que llegase la hora del
recreo, fuente de solaz y esparcimiento.
Para
todos, el inicio de un curso ha sido siempre y continúa
siendo hoy, una oportunidad maravillosa de dejar atrás
la maleza de nuestro pasado, de empezar con buen pie, sin
lastres ni cartas marcadas. En la liga, además, es
la ocasión para empezar codeándote con los
grandes, puesto que todos empiezan con cero puntos, sin
ventajas, sin excusas. Pero este Real Zaragoza de nuestros
anhelos, no estuvo atento el primer día del curso,
cuando se ponían en juego los primeros tres puntos
de valor. Quizás –nos decíamos- la cosa
cambie ante la parroquia propia, en el feudo nuestro, y
ante un rival de la zona media. Aunque la imagen mejoró
ligeramente, tampoco se consiguió el objetivo de
esa primera victoria.
El
Real Zaragoza empezó mostrándose tocador del
balón, con cierta prepotencia típica de equipo
local, frente a un contrincante muy concentrado y táctico,
consciente de sus carencias y adaptado al medio, cual especie
animal superviviente. No vinieron a montar el autobús,
pero tampoco dispuestos a perder de vista a ninguno de nuestras
figuras. Es curioso observar como disponer de grandes y
renombrados jugadores no es garantía de ganar siempre.
A veces, un grupo de desconocidos basta para aguarles la
fiesta. Esto ha pasado siempre y siempre pasará,
puesto que si no fuera así, se acabaría la
magia de este deporte, esa excepción milagrera que
ensalza lo inesperado y lo convierte en noticia.
A
priori, con dos elementos arriba con Oliveira y Diego Milito,
era como para imaginar el temor de los defensas cántabros,
y como para esperar que aunque sólo fuera por el
propio paso del tiempo, el discurrir de las oportunidades
terminaría por inclinar la balanza a nuestro favor.
Pero el reloj marcaba y la cosa no avanzaba. El engañoso
dominio territorial no se traducía en fruto alguno,
y el Rácing no mostraba atisbo de nerviosismo. Al
contrario, cada minuto quemado era un listón más
que le acercaba a su objetivo. Cuando además en una
jugada desafortunada y mal gestionada por nuestros defensas,
llegó su gol, se acabó la historia. Vuelta
a empezar. Si ya era complicado antes tomarse este amargo
café, pues toma dos tazas. Solo entonces vimos al
equipo volcarse con rabia, con auténticas ganas.
Por unos instantes apareció ese rodillo implacable
de la voluntad, esa estampida de animal desesperado que
sabe que la única huida es hacia delante. Ahí
llegó entonces Oliveira, que se ha convertido en
los últimos tiempos, en nuestro particular clavo
ardiendo al que agarrarnos, para arrancar ese gol que nos
da el primer punto.
Mal
inicio. El Zaragoza no empezará a dar alegrías
hasta que no termine de salir de la pretemporada mental
en la que se encuentra, y todos los jugadores alcancen su
nivel normal de prestaciones. Ayala, Diogo, Aimar, Diegol,
Zapater, entre otros, son jugadores que pueden hacerlo mejor.
Si es cuestión de forma física, de conjunción
colectiva o de pura fortuna es algo que se irá revelando
con el tiempo, pero que confiamos en que se supere. Todos
esperábamos que llegase lo bueno este sábado,
pero lo bueno, a veces, se hace esperar. |