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Por Ron Peter
Tres partidos seguidos sin
ganar, en este año de penitencia deportiva en el
que nos encontramos, con las premuras que el objetivo del
ascenso impone, empezaban a fabricar algo parecido a una
mala racha. Y las malas rachas son feo negocio si no se
atajan pronto, pues suelen desembocar en crisis y en bailes
de nervios. Afortunadamente, también pueden evaporarse
o minimizarse, sobre todo si hay recursos, y el Real Zaragoza
cuenta con ellos de sobra. Otra cosa es que se lo crea.
De momento, jugando en casa, se lo cree, y este sábado
tuvimos buena prueba de ello.
En esta ocasión, un clásico de la segunda
división nos visitaba, el ferroso Eibar, paradigma
por lo que cuentan del fútbol duro, presionante y
voluntarioso. Y tal se mostró, aunque recibiese una
buena andanada nada más empezar. Un gran pase de
Zapater acabó en las botas de Ewerhon, quien ejecutó
con profesionalidad de verdugo. Para combatir a los equipos
apiñados, nada como un buen y tempranico puntazo.
Ni aún así se abrió el equipo vasco,
aunque el partido se volvió extraño como un
atardecer de nubes inciertas. Por un lado parecía
más o menos encarrilado, pues el Eibar no llevaba
peligro, pero tampoco el Zaragoza progresaba, y la trabazón
en el centro del campo resultaba cada vez más espesa.
Para acabar de rematar, el árbitro se encargaba,
con sus desconcertantes decisiones sobre algunas faltas,
de cortar el juego.
Y así estaba la cosa, como en el cuento del lobo
cojo, donde un cazador solitario se ve acosado por un lobo
cojo que no tiene fuerzas para atacarle, pero que le persigue
implacablemente, esperando un momento de debilidad del cazador
para asestarle la dentellada. El despiste llegó,
pero fue reparado a tiempo por un espléndido López
Vallejo, con un despeje increíble, de ese que suelen
hacer otros porteros que nunca son el nuestro. En esta ocasión,
para quitarse el sombrero. Y ahí estuvo una de las
claves del partido. Llegar al descanso con empate hubiera
supuesto un partido distinto y mucho más angustioso.
En nuestro cuento, el cazador no se desconcentró,
y terminó sepultando las esperanzas del lobo Eibar
con otro gol de la flecha, a pase de Jorge López.
Magníficos.
El trabajo del equipo mejoró respecto a otras veces,
y se podría hacer hincapié en muchas pequeñas
historias individuales, historias que nos hablan de progresos
personales que se van cimentando día a día
y que juntos van conformando el buen camino. Ayala, que
se esfuerza en cambiar un destino de fracaso por el de un
nuevo resurgir y que marcó un espléndido tercer
gol. Zapater, bastión incansable en el centro, a
quien unos pases desafortunados no deben quitarle el valor
de esa gran labor de reobtención de balones y por
ende, de nuevas jugadas de ataque. Chus Herrero, que parece
asentarse y coger la tan necesaria confianza. Oliveira,
a quien la suerte no acompañó, pero que supo
agradecer el gesto de generosidad de su compañero
Ewerthon. Su mutuo abrazo tras la jugada del poste mereció
un caluroso y humano aplauso por parte de la parroquia.
No fue para menos.
Al final, una victoria que se hizo cómoda con el
paso de los minutos. Es lo que suele suceder cuando un equipo
es superior a otro y no se duerme. No hay más, y
los jugadores deberían aprender mucho de esto. Una
vez superados en apariencia los problemas de forma física,
si juegan concentrados, sin dejarse seducir por la confianza
ni por la relajación, terminan ganando. No sabemos
hasta qué punto habrán influido los videos
de Marcelino sobre errores pasados. Personalmente encuentro
muy nutritiva tal práctica, pues en cualquier proceso
en el que hay errores la realimentación de la información
es algo imprescindible para suprimirlos. Queda pendiente
la actitud como equipo visitante, esa especie de marasmo
acomplejado que a veces se produce. Ya sea dominando la
bola, o jugando a la contra, el Real Zaragoza tiene armas
para vencer en cualquier terreno, y debe aplicarlas. La
próxima en Tenerife. Como diría el bueno de
Ben Grimm, más conocido como “La cosa”
en los cuatro fantásticos: “Ya basta de palabras.
Es hora de machacar”
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