Por
Ron Peter
No sabemos por qué
sucedió ni por qué fue cuando fue. Tampoco
sabemos por qué todo lo que se intentó para
evitarlo, falló, ni por qué ni siquiera el
paso del tiempo tantas veces reparador sirve para recuperar
lo que ya no se tiene. En algún momento inconcreto
de nuestra Historia reciente, cuando aún estaba en
Primera División, el Real Zaragoza, nuestro equipo
de siempre, perdió su alma. No sabemos si la arrojó
al mar, si la olvidó en un desierto, o si simplemente
la cambió por nada en un mal trato con algún
falso dios. Lo que se vió en La Romareda hoy no es
sino otro síntoma más de la decadencia, del
desorden, de un aborto subsiguiente a un engendro de mil
leches.
Podríamos decir que
lo de hoy fue el acabose, si no fuera porque nos tememos
que lo peor, aún está por llegar. Efectivamente,
lo que vimos fue un partido mediocre más, donde el
Zaragoza nunca se llegó a imponer y en el que solo
jugó realmente durante los diez minutos en los que
el rival se relajó. Hoy nos visitaba con el nombre
de Rayo Vallecano, pero no es sino el mismo rival de siempre.
Todos los equipos de segunda son iguales. Todos, hasta nosotros,
porque jugamos igual de mal que todos, y al igual que todos,
unas veces ganamos, otras empatamos, y otras, como hoy,
perdemos.
Eso es lo que ha conseguido
el entrenador Marcelino. Si quería un equipo mimetizado
con la abulia y la vulgaridad de esta categoría,
por supuesto que lo ha conseguido. Ha convertido al Real
Zaragoza -a un equipo que podría llevar ahora mismo
de seis a diez puntos de ventaja sobre el segundo en esta
liga tan igualada- en todo un señor equipo de segunda
división: un equipo que sólo se sostiene por
el hecho diferencial de los dos brasileños, un equipo
sin centro del campo creador porque su entrenador renunció
a ello, un equipo sin gente capaz de dar pases hasta aburrir
al contrincante para dominarlo, un equipo en el que los
jugadores están quietos sin desmarcarse, sin hacer
diagonales, sin intercambiar posiciones y sin salirse de
un guión maquinal, un equipo al que nadie le monta
el autobús porque no hace falta, porque todos saben
ya que nos pueden presionar en nuestro campo sin temor a
que nos vayamos con el balón controlado. Eso somos:
un equipo vulgar, que no impone respeto y que no tiene alma.
Entre las pocas cosas que
aún aportaban dignidad estaba el concepto de inviolabilidad
del feudo propio. Era el consuelo para las humillaciones
sufridas como visitante, pensar que podíamos contar
con esa especie de hechizo protector que ungía a
nuestros jugadores de confianza y seguridad en la victoria.
Pero eso se acabó hoy, y aunque sólo sean
tres puntos más, tienen el poder simbólico
de un virgo desflorado.
El estado de ánimo
de los aficionados está por los suelos. Somos como
pequeñas hormigas maltratadas que nos miramos con
desconcierto entre nosotros. Dan ganas de dejarlo todo.
Intentamos buscar las razones de un desastre y lo que encontramos
nos produce vértigo. Si además, llevados por
ese vértigo, nos empeñamos en pensar en las
consecuencias, nuestro análisis acabará en
pura desolación, porque hacia donde vamos no hay
nada. Absolutamente nada.
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