por
Ron Peter
Se consumó el desenlace
de la rocambolesca historia a la que los aficionados asistíamos
desde hace unas semanas. El zaragocismo asiste a un nuevo
cambio traumático en su historia, con la marcha de
un hombre al que muchos creíamos bueno, un hombre
que cuando vino, fue recibido con gran esperanza, un hombre
que iba a aportar ilusión, capacidad y trabajo. Ese
hombre, Agapito Iglesias, el Agapito en que todos creíamos,
termina ya por quitarse la careta y desaparecer. Nos queda
el otro, el Agapito de verdad, un tipo que ha terminado
por creerse Marlon Brando en “El Padrino” (“Yo
solo quiero respeto. ¿Quién se ha creído
que es ese Marceloni?”) y que se conduce como un capataz
chusquero ascendido a echacuentas de lápiz en oreja,
de esos que dicen: “El que no vale, pa cascala”.
Pues no, Don Agapito, no. Quizás si Vito Corleone
existiera de verdad le diría que sólo hay
dos cosas importantes: los negocios y la familia. Los negocios,
por lo visto, no se hacen bien, y la familia zaragocista
ha sido ignorada, despreciada y ninguneada. Empezando por
la estúpida decisión de alterar el escudo
familiar y terminando por pasarse por el forro de la hormigonera,
el veredicto del pueblo, que el sábado fue lanzado
alto y claro, con gritos y con pañuelos blancos,
en La Romareda.
Al final, Agapito y su corte
se salieron con la suya y consiguieron librarse de esa molestia
en la que se había convertido el entrenador Marcelino
García Toral. El mismo Marcelino al que ficharon
de relumbrón, pagándole una buena tostada,
para realizar una labor difícil y necesaria: el ascenso
desde la categoría de plata, una categoría
a la que se llegó merced a una contribución
evidente y desdichada de estos directivos. Ya hace dos años
de aquello, y se ve que quieren repetir la misma jugada.
Primero fichamos a un entrenador de campanillas, querido
por la afición, nos hace un buen añito, y
en el segundo, en cuanto haya unas cuantas pifias, nos lo
cargamos para poner a un interino de la casa, que se pasee
un poco mientras viene algún desesperado al que meterle
todo el marrón de entrenar a unos jugadores desorientados
y a quien meterle toda la estopa que podamos. Si es de fuera,
le pagamos un pastón, y si es de la casa, al final
lo echamos y nos enredamos en juicios con él. ¿Cómo
se puede ser tan inepto?¿De donde ha salido tanta
estulticia, tanta capacidad para el absurdo?
Se me ocurren dos opciones.
Una es que existe una conspiración para acabar con
el Real Zaragoza, desde dentro. Alguien, una mano negra
poderosa y desconocida, cual jefe de secta judeomasónica,
decide hace cuatro años que Solans es un buen Presidente,
y que esto ha de terminar. Pero ha de parecer un accidente.
No ha de ser cosa de un año, ni de dos. Entre cinco
y seis años. El tiempo suficiente como para descender,
ascender, y volver a descender esta vez ya para permanecer
de forma definitiva en la ignominia más absoluta.
¿Quién está detrás de Iglesias?
Buuufffff, demasiada enrevesada esta opción. No me
convence.
La otra opción es
que, simple y llanamente, Agapito Iglesias, el empresario
de la construcción con cierta ambición que
un día es seducido por este mundillo, es gafe. Así
de claro. Todo lo que intenta, ya sea desde la desmesura
del general ansioso de victorias que no repara en gastos,
o ya sea desde la humildad del que tiene que administrar
cuidadosamente sus ahorros, todo, todo se le torna chusco
y estéril. En lo deportivo, claro.
En cambio, Agapito es el
“one” a la hora de fichar directivos; empezamos
con un presidente de juguete experto en retruécanos
contables y en oratoria salvamuebles, copiada por cierto
de libros de gestión como “¿Quién
se ha comido mi queso?”, luego los Prieto y Porquera,
descolocados espectros deambulando en el organigrama. Seguimos
con el fichaje del intermediario Gerald Poschner o como
se diga, que huele a intercambio de favores pasados y es
toda un tomadura de pelo para los aficionados. Pedro Herrera
sigue, por supuesto, hasta la eternidad, pues dice una vieja
leyenda que, si él se va, se hundirá La Romareda,
desaparecerá el club y la ciudad entera será
consumida por las llamas del Apocalipsis. Para rematar con
la orgía de nombramientos, tenemos de cara a la galería
la creación de un consejo de sabios, al que por supuesto,
harán siempre caso, y la ascensión al parnaso
gerencial de un hombre de la casa, Cuarterico el majo.
Al final, a pesar del esfuerzo
de nuestros jugadores, ganó el Bilbao gracias a un
cerrojo y a algo de fortuna y les hizo el favor a toda esta
recua. Excusa perfecta para la anunciada ejecución
del único personaje al que la afición ha percibido
en esta historia como profesional y honesto. Un entrenador
que se va de Zaragoza dejando un camino a medio recorrer,
un entrenador que consiguió revertir el aura de negatividad
que envolvía este equipo (y que, recordemos, duró
hasta mitad de la temporada pasada, cuando parecía
imposible el ascenso). Sin querer tildar tampoco de genio
a Marcelino, viene a la memoria la frase de Jonathan Swift:
“Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo
reconoceréis por este signo: todos los necios se
conjuran contra él".
¿Qué podemos
esperar ahora de estos directivos paladines de la incoherencia,
que no saben confíar en quien ya una vez le hizo
el trabajo sucio? Directivos que se despachan con bajunas
soflamas canallescas en la web y con radiofónicos
manifiestos de autojustificación ¿Dónde
quedó nuestro buen nombre, nuestra dignidad, nuestro
prestigio como equipo? ¿Qué podemos esperar
de ellos?, ¿un milagro, una resurrección?
No, no podemos esperar nada. Si esto sale adelante será
por los jugadores. Y si no sale, pues, compañeros,
a prepararse para lo peor. Desde ya.
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