El partido que nunca existió | La Lupa

Sevilla 1 – 1 Real Zaragoza

De vez en cuando surgen partidos que, por diversas circunstancias, parece como si no existiesen. La gran magnitud de ciertos acontecimientos, deportivos o no, que coinciden en el tiempo, hacen que se nuble la perspectiva del partido más próximo. La proximidad de la Final de Copa hacía prácticamente transparente el enfrentamiento liguero contra el Sevilla. Tampoco la marcha en liga del equipo ha colaborado a que los aficionados hayamos visto alterados nuestros ritmos biológicos esenciales. El baile de horarios previo, que si en sábado, que si en domingo por la mañana, que si por la tarde, terminó por quitarle expectativas al evento.

Pero todo partido, por descolocado que sea, por nimio que parezca, ya sea un solteros contra casados, heteros contra gays, o una selección de ebanistas contra el resto del mundo, tiene o puede tener su historia y ofrecer puntuales chispas de realidad con las que quedarse. El domingo se vieron cosas, se vió un gran gol y un gran fallo, se vio un equipo sólido aún desde las suplencias y por dejarse ver, hasta el árbitro tuvo su aquel.

El entrenador, que cada vez se perfila más metódico y planificador, quiso contagiar a sus pupilos en la seriedad y la responsabilidad del momento, convenciéndoles de la importancia del choque. Así debería ser siempre, pues todos los partidos son importantes. Algunos buscarán sólo la relevancia de los puntos, pero la profesionalidad es o debería ser una propiedad intrínseca, residente en el interior de uno mismo cuando hace su trabajo, independientemente de la influencia que en el ánimo puedan tener los factores externos. Dado que los puntos valían ya poco por sí mismos, el partido contra el Sevilla era un partido para demostrar ese íntimo sentido del deber.

La alineación resultó novedosa, pues Victor se aplicó con denuedo a componer el Sudoku liguero-copero: alineando a unos para no cansar a otros, pero cuidando de no hacer descansar demasiado a algunos otros. Empezar jugando con seis no titulares puede ser arriesgado, pero también muy gratificante si sirve para estimularlos, para hacer que se crezcan, y para comprobar como hay equipo. El combinado resultante no reflejó desconcierto, sino por el contrario, una consistencia y ganas de agradar que no se esperaban a priori. El Sevilla jugó el rol de equipo local atacador y sin suerte, sobre todo cuando llegó el formidable gol de Sergio García, un hombre que contribuye de forma satisfactoria a componer una gran delantera. Su ratio de goles/minutos jugados, es envidiable.

No es en la delantera en donde el Zaragoza ha demostrado este año sus mayores carencias, sino en la zona de cobertura, en las líneas destinadas a salvaguardar el marcador de goles contrarios. Es curioso como el Zaragoza de esta temporada, a la hora de desarrollarse como equipo ha conseguido lo más difícil: tener gol, y ha dilapidado ese potencial como el que maneja arena entre los dedos. No es solo por el partido de ayer, en el que los de Hispalis empataron en el tiempo añadido. Más bien diríase que el partido, ese mismo partido que no iba a existir, resultó en sí mismo un símbolo o paradigma concentrado, de toda una temporada: un buen equipo que mete, que está ahí, y que al final se deja la merienda tirada en el camino. Siempre la misma historia. Intentar pensar a estas alturas lo que hubiera sido nuestra liga de evitar la sangría de tanto empate a deshora, no es más que una invitación al sufrimiento y al rasgado de las propias vestiduras

Tras el tono de pesimismo que surge al echar la vista atrás, llega el momento de mirar hacia el miércoles, donde nos espera la última mano de una partida que se nos ha dado algo mejor este año. En el Santiago Bernabeu nos jugamos la temporada. Y hay que ganar. Todos debemos contribuir a ello. Planchemos nuestras banderas, afinemos nuestras gargantas, y… ¡A por ellos!!!!!

Por Ron Peter

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